Carta 93 - Sensaciones


Eran unos chicos rebeldes que quisieron ser siempre libres. Ese era el eslogan, Juan, que inventó la agencia de publicidad para promocionar nuestra película Sensaciones. La hicimos en 1990, la estrenamos en 1991. Hace casi 30 años.


La saco a relucir porque el jueves pasado fue proyectada en la Cinemateca de la Casa de la Cultura. Verla en pantalla grande, rodeada de los actores y parte del equipo técnico, me impactó muchísimo. Es más, creo que nos impactó a todos los presentes, incluyendo al público que la vio por primera vez.


¿Cómo empezó esta aventura? Todavía no lo tengo claro. Una mañana, Juan, me anunciaste que íbamos a hacer una película. Yo, que en todo te seguía, pregunté, medio asombrada, ¿una película? Sí, me contestaste, una película musical. ¡Wow! Yo no acostumbraba a cuestionarte mucho, así que acto seguido empezamos a escribir el guion. De películas, yo sabía solo lo que había visto en París, la catedral del cine. Tú, como de costumbre, ya habías aprendido, por tu cuenta, todo lo que era menester. Esta primera charla fue en febrero y, para agosto, ya estábamos filmando.


La historia de la producción de Sensaciones es digna de un libro. Algún momento atrás, alguien me propuso escribir sobre este making, o sea, sobre cómo producimos esta película. Tengo unas cien páginas escritas a mano, pero, para efectos de este blog, me contentaré con lo que se me viene a la mente.


Nos recuerdo viajando a Miami para averiguar cuánto costaba una cámara de 35 mm. Juan, tú querías lo mejor, así que sería Panavision. Teníamos un dinero, herencia de mi padre, y nos lo gastaríamos para hacer la película. Seguro, ¡sería el mejor negocio! ¡Triplicaríamos nuestra inversión! Tú tenías 22 años, yo 25. Era así.


Juan, eras súper exigente. Te levantabas a las 4 de la mañana para componer la música. Ibas al estudio de sonido, un sitio pequeñito cuyos socios eran Santiago Luzuriaga y Sebastián Cardemil, un chileno que había llegado hacía poco lleno de pasión y ganas y a quien vi con mucho cariño en esta proyección.


Recuerdo con todo cariño y gratitud a Lourdes Endara Tomaselli, nuestra productora. El equipo de producción, encabezado por un director de fotografía muy reputado, había renunciado dos o tres semanas antes de iniciar el rodaje, todavía no sé por qué. Sospecho que, por un lado, era porque no éramos tan ideológicamente de izquierda como se estilaba. Y, por otro, porque no accedimos a pagarles lo que pedían. Ya nos habían sacado un montón de dinero para gastos inexplicables, pero reflexiono que probablemente querían más para ir a financiar su “revolución”. Nos tildaban de “niños ricos”. A nuestro favor, puedo afirmar que, si bien nos vestíamos con extravagancia, trabajábamos más que nadie, sin descanso. Los técnicos bebían y acababan borrachos. No creo haberles pillado un solo día con ropa limpia, así que siempre olían mal. Y poco, muy poco, les veía yo trabajar. Les encantaba pasar el tiempo hablando del “Che” y cantando aquellas canciones de la época que ensalzaban las revueltas. Curioso, pero pasaron los años y ahora casi todos manejan buenos carros y poseen grandes casas. Y, ante cualquier propuesta de trabajo, lo primero que piden es su pago por anticipado. Casi ninguno hizo su propia película. Abandonaron el cine hace rato. Supongo que no basta hablar, también hay que amar lo que se hace.


Faltando días para iniciar el rodaje, nadie quería ser parte del equipo de producción. Luis Miguel Campos, quien interpretaba al personaje de Ricardo, propuso: ¿“Y por qué no la Lourdes? Ella es genial”. La conocía porque había trabajado con ella en otra producción, pero Lourdes acababa de dar a luz, así que era casi imposible que aceptara. Sin embargo, lo hizo. Entró y se metió con toda la fuerza. Fue capaz de encontrar la manera de meter los equipos de filmación (que no resultaron Panavision, mas sí una Arri 1, luces Arri y un dolly Panther) atravesando la frontera a lomo de mula, gracias a un experimentado contrabandista colombiano. La pregunta obvia del lector: ¿por qué traer equipos de Colombia, si seguro los había en el Ecuador? Sencillo, las productoras nos cerraron las puertas y nos anunciaron que, a los “niños ricos” no se les alquilaría. De esto me enteré muchos años después, cuando yo me había convertido en la primera mujer presidente de la ASOCINE, el gremio de cineastas. Un miembro, que a esas alturas ya me respetaba profesionalmente, me lo contó. Ingenuamente, yo había pensado que, en realidad, no había esos equipos en Ecuador porque, a cada productora que llamábamos, respondían que no tenían. “No creíamos en ustedes”, me confesó. “De verdad, les tratamos mal”. Juan, lo que más recuerdo es que no te dejabas bajonear. “Siempre hay una solución”, respondías ante cualquier problema. “Ya la encontraremos”. También estuvo presente el jueves pasado Ricardo Contag, el chico más guapo de Quito a la época. Creo que no había mujer que no estuviera enamorada de él. Sin embargo, él se había casado pocos años antes con una mujer preciosa, que también trabajaría en la película, y estaba muy prendado de ella. Tal vez eso lo hacía aún más atractivo, así que muchas éramos, y aquí me incluyo, las que suspirábamos por sus ojos claros y su sonrisa cautivadora. Él no era para nada artista, más bien con ansias de triunfar en el mundo de los empresarios. Hasta ahora me pregunto qué hizo, o qué lo hizo, embarcarse en este sueño. No lo veo mucho, pero el cariño es el mismo, y es como que no hubiese pasado el tiempo. Y como que hubiese entendido lo que yo quise hacer en un momento dado: lo convertí en el arquetipo para un personaje de una de mis novelas. Él siempre sonríe ante mis locuras: “La Vivi…”, exclama, con una gran sonrisa. Me ha encantado su fuerza, su pasión por la vida, su alegría. Creo que no lo he visto deprimirse ni una sola vez, excepto cuando falleció su abuelita, vísperas del rodaje de Sensaciones. Ricardo creyó y se arriesgó, y eso vale mucho. En este proyecto muchos se retiraron. Él fue uno de los que se quedó.


Adriana Uribe, mi pana del alma de esa época, se lanzó con nosotros. Cuántas locuras vivimos juntas. Felipe Portilla, el maravilloso Manuel, quien entró poquísimos días antes del rodaje, pues mi hermano Sebastián, quien iba a interpretar ese personaje, tuvo que marcharse porque el rodaje estaba retrasado y él ya empezaba su universidad. Ximena Torres, la cantante, Isabella bella, no dudó. Gustavo Brianza, con apenas 16 años, era “el Chacal”, con una voz que nos recordaba a Jim Morrison. Luis Miguel Campos. ¡Qué épocas! Todos juntos, todos soñando. No nos paraba nadie. Íbamos a hacer una película. La primera en 35 mm. en el Ecuador.


Lástima a veces los desencuentros. Recuerdo a Fernando Vicario, quien codirigía con nosotros y quien logró mi personaje de Quiara. A veces me miraba y me decía, tu hermano es un genio. Lo volví a ver hace pocos años y le di un abrazo. Me dio pena que una cierta vanidad impidiera que nos quedáramos juntos. 

Mucha gente del mundo del cine le tenía rabia a esta película. Gente, supuestamente de izquierda, acudía a la Policía a pedir que metan presos, por trabajar sin permisos, a los camarógrafos colombianos, quienes tenían que esconderse en el confesonario de la iglesia de Guápulo. Su rodaje desató unas envidias incomprensibles, una rabia furibunda. Todavía recuerdo una crítica titulada Escalofriantes Sensaciones de un Rubén Rubiano o Roberto Rubiano, ya ni me acuerdo bien su nombre, o más bien digamos que de cuyo nombre no quiero acordarme. Alegaba querer encomendarse a San Eisenstein, o a San Mandrake, porque esta película resultaría un monstruo tipo Frankenstein. Semejante crítica aún antes de haber acabado la película, cuando todavía estábamos rodando, cuando el mínimo decoro intelectual exige juzgarla una vez proyectada en la pantalla. Contra viento y marea, llegamos al estreno. Ciertos críticos argumentaban que no se debía estrenar porque deshonraba al cine ecuatoriano. Otros, más moralistas, la tildaron de obra de Satanás porque mostraba escenas de consumo de drogas, cosa que ninguna persona “decente” admitía en el Quito de la época.


Rueda el tiempo y, 28 años más tarde, Sensaciones es una película de culto, con su legión de fanáticos, tanto viejos como jóvenes, que la han visto una y otra vez. Una película que sigue causando conmoción y que, aún hoy, sigue siendo innovadora. Qué lástima que no viviste para palparlo. Hoy, cuando la vuelvo a ver, me hacen gracia ciertas escenas y ciertos diálogos. Éramos muy jóvenes, no se diga inexpertos, pero queríamos contar una historia al estilo de la Nouvelle Vague, esas típicas películas de autor (definitivamente, no de Hollywood). Al verla, siento una ternura similar a la que causa mirar a un hijo pequeño y, a la vez, me impacta su fuerza y su pasión. Me da pena, Juan, que no hayas sido testigo de todo lo que generó tu música y todo lo que generó esta película. Nos recuerdo en un festival en Troya, Portugal. Cuánta gente joven se nos acercó para decirnos que era representativa de muchas bandas. Nos llamaban la versión andina de Commitments o los Doors criollos. Me hace gracia ver “el Chacal” cantando a los 16, tan parecido a Jim Morrison, con su barba falsa y todo.


¡Cuánto más podría yo exponer sobre Sensaciones! Pero, por hoy, gracias Sebas, Adriana, Ximena, Lourdes, Raquel, Esteban, Felipe, y ese gran percusionista Andrés Carrera, por haberme acompañado el jueves noche. Gracias por permitir que Juan esté presente con nosotros.



Cierro con las palabras de Esteban Molina, quien puso la flauta y le dio voz a Alfonsina Piruli, personaje interpretado con gran dulzura por Adriana Uribe: Él nunca había visto la película y estaba conmocionado. “Para mí fue muy fuerte ver Sensaciones por primera vez. Muchas cosas han pasado desde entonces, pero esta noche he regresado a mis 25 años. El nombre de la película nace de una conversación mía con Juan Esteban y la perspectiva de todo lo que hemos logrado en el mundo de los vivos es brutal. Que en paz descansen nuestros seres queridos que decidieron el último viaje. Ya son algunos y quién sabe cuándo nos toca. Hay magia en esa película. Tiene algo. Se me pusieron los pelos de punta.”


Gracias, Molinita, cuanto le hubiera gustado a Juan Esteban escucharte. Gracias a todos. La gran ventaja del celuloide es que Sensaciones seguirá viva por muchos años más.

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