Carta 88 - Oda a Christian Bach



Siempre he soñado con escribir un libro acerca de todos aquellos actores que pasaron por mi vida. Pienso que cada uno es un mundo maravilloso, único. Pero, sobre todo, cada uno me desafió a sacar lo mejor de sí mismo. Para tal logro, debía acercarme a ellos y conocerlos, emplear toda mi psicología, generarles confianza. Gradualmente, ellos me compartieron sus miedos, sus alegrías, sus debilidades, y sus angustias, a sabiendas de que yo podía usar eso a mi antojo, hasta para causarles daño. Sin embargo, confiaban en mi ciegamente, para que yo extraiga de sus vivencias, de sus dolores y sus satisfacciones, los sentimientos precisos de cada personaje. Una enorme tarea aquella, la de convertir mis personajes de papel en unos de carne y hueso.


Es triste constatar que, con los años, algunos de los numerosos actores a quienes tuve la suerte de dirigir, ya se han marchado. El primero fue Gonzalo Samper, con apenas 54 años, con quien estaba preparando un monólogo sobre el pintor Vincent van Gogh y otros personajes, incluido un asesino psicópata. Este interesantísimo y desafiante proyecto quedó inconcluso porque un tumor cerebral acabó con su vida en menos de doce meses desde su diagnóstico. Esto sucedió hace cinco años.


En su velorio, me resistía a aceptar que había fallecido, que ya no caminaríamos juntos rumbo a nuevas aventuras, que todos los sueños se desvanecían de golpe, y que perdía a uno de los actores más serios, profesionales y puntuales que había conocido. Cada vez que voy a comenzar un nuevo proyecto, lo recuerdo y lo extraño.


Hace pocos meses se fue Martha Ormaza, una mujer maravillosa, más allá del bien y el mal, llena de vida y rebosante de alegría, fuerte y decidida. Se la llevó un maldito cáncer, contra el que luchó por años. Tuvo la valentía de despedirse con una sonrisa. Recuerdo que Martha fue la primera persona que me mencionó que mi mal de Addison era la enfermedad de los miedos. Yo sospechaba que estaba loca porque todos decían que me inventaba mis síntomas. Ella se sentó pacientemente y me explicó lo que no me habían dicho los doctores, que las glándulas adrenales, que ya no me funcionaban, controlan los miedos y las angustias. Con esa frase me devolvió la cordura. Luchar contra algo físico siempre es más fácil que luchar contra algo imaginario. La recuerdo fumando su tabaco antes de entrar a escena y, luego, disfrutando de cada segundo en el escenario. La recuerdo volcando todo en su personaje. La recuerdo amando su profesión con intensa pasión. Suerte la mía de haber trabajado con Martha en la obra teatral Monólogos de la Vagina y en la película Un Titán en el Ring.



Traigo todo esto a colación porque hace poco más de una semana me dolió la muerte de otra actriz. Corría el año 1977 y todos los ecuatorianos estábamos cautivados por la telenovela Los Ricos También Lloran. Vivíamos para los moños de la actriz principal, la afamada Verónica Castro. Todas las chicas y señoras de la época copiábamos sus maravillosos peinados. Recuerdo que, en la mitad de la novela, entró un nuevo personaje, la profesora de danza. Esta mujer preciosa se llamaba Christian Bach. Con apenas 25 años, interpretaba a una mujer de 40 que en realidad era la madre de la hija que no era hija del personaje (típica intriga de telenovela) interpretado por Verónica Castro. Qué mujer más elegante, comentaba mi madre. Treinta años más tarde, ella sería mi actriz protagónica en Retazos de Vida, película que escribí y dirigí en el 2006 para la productora Films Factory.


Yo ya tenía cuarenta y dos años, Christian un poco más. Me impactaron sus ojos celestes y su rostro pálido, su elegancia y su tranquilidad. La fui conociendo y agradecí su seriedad y su profesionalismo, su entrega total al personaje de Rafaela.


Hace una semana, mi prima me escribió: Murió Christian Bach. ¡Qué impresión! Me paralicé. ¿Qué? No era posible. ¿Qué pasó? Le pregunté. ¿Estaba enferma? Me mandó la noticia con una foto suya: “La actriz argentina Christian Bach, de larga carrera en la televisión mexicana, falleció, informó su familia”. Wow, fue como un zarpazo. “Es muy penoso”, me escribió mi prima, “es uno de esos personajes que uno admira por su grandeza, como que son larger than life”.


Llamé a mis productoras de la película. Me confirmaron que había muerto por causa de una enfermedad degenerativa. No la volví a ver luego de Retazos de Vida. No tuvimos una oportunidad de reencontrarnos. La recuerdo entregando su vestuario personal a la película. La recuerdo escuchando mis propuestas. La recuerdo comprometida a dar lo mejor de sí. Era una actriz pensante, de tipo cartesiano, que a veces perdía la cabeza con las improvisaciones que yo le pedía. Sin embargo, con humildad, y no obstante sus años de preparación, las hacía. La recuerdo un día en que debíamos filmar una escena en el hospital. Christian me propuso: Te voy a dar un regalo. Fílmame sin maquillaje, que la escena sea lo más realista posible. Yo sabía perfectamente, por experiencia de primera mano, lo duro que es para una diva mostrarse con sus imperfecciones. Ella, la mujer de ojos celestes y sonrisa cálida, me brindaba este regalo. Fue una escena dura y especial, muy, pero muy, realista.



Cuánto me hubiera gustado volverla a ver.


Cuánto me hubiera gustado decirle otra vez gracias por ser parte de una película. Nada hay más fuerte y más intenso que embarcarse en la aventura del séptimo arte.


Cuánto me hubiera gustado que no se enferme, que no sufra, porque no se lo merecía.


Cuánto me hubiera gustado verla interpretando muchos otros personajes.


Cuánto me hubiera gustado congelarla en la pantalla grande, pero con vida. Por suerte, nos quedan sus imágenes.


Christian, vuela lejos. Que tu viaje sea digno de la más grande de las divas.


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