Carta 84 - Viajar



Prácticamente todos los días, mi Bogie me reenvía un lote de artículos. Él considera que yo ya no vivo muchas aventuras pues, a mis 54 años, mi vida se ha vuelto sedentaria y bastante antisocial. Entonces, él opina que yo debo suplir este faltante leyendo sobre las experiencias ajenas. Supongo que tiene razón, Así que, a diario, leo por lo menos 10 artículos publicados en los más variados medios sobre todo tipo de temas: ciencia, política, salud, literatura, problemas psicológicos y otros más. A veces crean tanta confusión en mi cabeza que termino mezclándolos. B., con su memoria perfecta, me ubica otra vez sobre el tema y a lo que se referían. En todo caso este desvío es para hablar primero de lo que leí y luego de lo mío. Como siempre. A riesgo de aburrirles, pero, como ya lo he dicho, si no escribo, me pican las manos. Así que cada semana simplemente me las juego con la esperanza de mis lectores sientan lo mismo que yo y que me escriban si les ha llegado. Creo que a eso aspiramos cuando leemos un texto, que este nos conmueva de alguna manera.


Comenzaba el 2019 y Bogie me mandó un artículo sobre esta reportera que había ganado el concurso del New York Times para escribir acerca de los 52 lugares que visitó en cada una de las 52 semanas de 2018. El ganador del concurso para 2019 resultó un pariente político suyo, así que el tema tomó más peso y me puse a pensar seriamente. ¿Cómo habría sido mi vida si me hubiese dedicado a viajar así por el mundo? Por diferentes razones no he experimentado esa adrenalina. Sí he recorrido una parte del mundo, y me encanta el sentimiento de un viaje, pero no sé si estaría en condiciones de trasladarme cada semana a un sitio distinto, sin colapsar. Recuerdo que mi hermano Sebastián decía que él se sentía cómodo en casi cualquier parte del mundo. Lo he comprobado porque, cada vez que le ha tocado asentarse en algún sitio por su profesión de director de cine, enseguida me llegan notas de las maravillas de aquel lugar. Hasta hace poco vivió en Guayaquil, y encontraba que era la ciudad perfecta y agradable. Concuerdo con esa opinión. En una etapa de mi vida profesional me tocó trabajar en Guayaquil por largo tiempo y me adapté muy bien.



Yo necesito tiempo para estabilizarme y acoplarme en un nuevo sitio. No sé si podría saltar del desierto de Sal en Bolivia de golpe a una megalópolis como Los Angeles, a una isla exótica como Bali o a una mediana ciudad europea como Munich. A mi actual departamento me adapté recién como a los siete meses después de mi mudanza. Me costaba todo, hasta el hecho de tener un cuarto cerrado. Antes, había adaptado la sala del piso bajo como dormitorio. En retrospectiva, no entiendo cómo fue posible que me haya adaptado a eso. En otras palabras, el cambio me gusta y me atrae, pero me toma tiempo tomarle el pulso y sentirme cómoda.


Dicho eso, para quienes no hemos vivido de una maleta, pero que sí nos gustan los olores y sabores de otros países, intentamos hacerlo por otros medios. Ahora, por ejemplo, yo vivo esas experiencias a través de mi hija. Nadia ha sido siempre aventurera. Cuando niña, le hice una carta astral y, curioso, le salió una cantidad de viajes en su mapa. Parecería que se está cumpliendo. Ahora vive en Milán. Entre enero y lo que va de febrero ya lleva viajes a Miami, Moscú y París. Este viernes será Berlín para asistir al festival de cine, puntualmente a la premiere de MONOS de Alejandro Landes.



En todo caso, en mis tardes de silencio en mi estudio, donde no pasa mucho, excepto ocasionales temblores, visitas de inspección de mi gato, y conversaciones cortas con Margarita, reflexiono sobre todo lo que yo escribiría al respecto de tantos lugares. Mi hija también es fotógrafa así que, mientras las miro, pienso que, de cada foto, yo sacaría una historia. ¡Wow! Acabo de identificar otro proyecto: una foto, una historia. Este también suele ser uno de mis problemas: mi imaginación genera decenas de proyectos. Muchos se han concretado ya, otros siguen su camino. Una foto, una historia. En todo caso, me gustaría mucho, así que lo guardo en mi morral de sueños.



Gracias a las redes sociales y al WhatsApp, puedo vivir de esos instantes que, de otra manera, me hubiera enterado solo mucho tiempo después. Entonces, puedo imaginarme entrando a una exposición de Frida Kahlo en Moscú, deambulando por la Plaza Roja mientras tarareo la canción Nathalie de Gilbert Becaud. Cierro los ojos, y estoy descendiendo muchos y muchos y muchos escalones, cinco pisos, hasta llegar al Metro de Moscú que queda abajo, abajo, donde encuentro gente de todo estilo, ora agresiva, ora distante, ora apurada. Puedo quedarme visualizando, imaginando un partido de hockey sobre hielo para luego ir caminando, congelada con una temperatura de menos 40 bajo una nieve que no para de caer, hasta llegar a la Catedral de San Basilio y sentir que fue construida por el mismo arquitecto de la casa de chocolate de Hansel y Gretel. Observar que Moscú es una ciudad inmensa, pero con calles solitarias, al punto que parece vacía, no obstante su gran población. Me puedo transportar al café de Amélie en París, para allí sorber un espresso y pedir una crêpe, y luego pasar mirando las vitrinas de los sex shops cercanos a la parada Anvers del metro. Más tarde, subir a la carrera las escaleras al Sacre Coeur, deteniéndome antes en el famoso muro donde leo la frase Je t’aime en todos los idiomas. Cada vez que Nadia parte hacia una nueva dirección, le recito las palabras de Dr. Seuss: “Oh the places you will go.”


Ella viaja con una mochila ligera que todavía no incluye responsabilidades mayores. Aún puede darse el lujo de dormir en camas pequeñas y duras, sin importarle su horario de comidas, y todavía se da el lujo de maravillarse de todo lo que ve por primera vez. Esto ya no me pasa. Suelo aburrirme. Sospecho que es la edad. Quedan menos cosas que puedan maravillarme. Todo aquello que antes llamaba la atención, ahora tiene que ser muy, pero muy, especial. Nadia me cuenta que las avenidas son anchas en Moscú, que la gente es silenciosa hasta que los conoces, que los departamentos son pequeños y que la familia que la recibió era tan amable que la señora le prestó su abrigo de piel para que no pasara mucho frío. Le cedieron su dormitorio para que ella estuviese más cómoda, mientras ellos se pasaron a dormir en la sala. Me relata que no podía dormir porque, por la noche, tronaba el hielo del techo mientras se rompía. Sin embargo, desvelada, recordaba que estaba en Moscú, y eso le recordaba la historia que le contó su abuela sobre la princesa Anastasia Romanov, historia que los rusos de hoy parecen no conocer.


Nadia me cuenta tantas experiencias de su vida. Hace un año, ella vivía conmigo y soñaba con hacer cosas distintas. Ahora está cumpliendo su deseo. Seguro que, cuando tenga mi edad, se sentará con un té de jazmín a recordar estos años como los mejores de su vida. Para entonces habrá recibido tanto hermosos regalos y como feas bofetadas, y serán su espíritu y su inteligencia emocional que le permitirán tomarlos con sabiduría. O no. Eso ya depende de cada uno, y de su aprendizaje.



Yo, en cambio, y luego de muchas experiencias, buenas y malas, me encierro a escribir y, a mi manera, me escapo de la rutina. Poseo una enorme bendición y es que no me quedo en casa. No, no me voy de viaje durante 52 semanas o sí, tal vez sí, viajes en la mente. A través de los cuentos que me voy contando, a través de 52 semanas de blogs diferentes donde exploro historias, sentimientos, recuerdos, donde viajo a mi interior y provoco una serie de emociones que tal vez valen lo que un viaje. Emily Dickinson escribió los poemas más hermosos y nunca salió de su huerta. Lo que sí sé es que, no por obligación sino por auto imposición, cada semana hay una historia o un viaje simbólico con diferentes destinos psicológicos.


En toco caso todos viajamos, durante este fin de semana, mi hijo no salió de su cuarto. Desde allí, enfrentó batallas y vivió aventuras a través de su juego preferido: Fortnite Battle Royale. Se comunica con sus amigos virtuales en todo el mundo. Es otro mundo, nuevo para mí, que a veces me asusta, pero al que no me cierro. Fortnite es un juego en el que participan varios jugadores simultáneamente, en una lucha por la supervivencia. Los jugadores se comunican entre sí mientras procuran sobrevivir en la isla donde han sido abandonados. Disparan sus armas, pero también deben desarrollar una estrategia, aprender a sobrevivir y liderar. Gracias a Fortnite, Tiag asistió virtualmente a un concierto de un d.j. famoso. Tiag convertido en uno de sus personajes, y sus amigos alrededor el mundo, convertidos en los suyos. Todos bailaron con la música y se alocaron con el espectáculo, sin salir de su cuarto. La verdad no me parece tan mal, aunque me atrevo a sugerirles que el desafío final sea in situ, en un lugar donde deban enfrentar peligros reales. Con todo lo que han aprendido en este juego virtual no me cabe duda de que llegarían bien entrenados. Por lo menos, mentalmente. Su estado físico, quien sabe.



Así que, para concluir, constato lo curioso de las circunstancias. Los tres viajando: Nadia, en trenes y aviones verdaderos; Tiag frente a una pantalla, y; yo, a través de mi mente. Tal vez estos tres casos podrían convertirse en adicciones igual de peligrosas, cada una a su manera, pero en este momento y para nuestras necesidades del presente, nos salvan del naufragio psicológico. Tiag dice que bloquea y olvida sus dolores y angustias cuando está inmerso en una batalla virtual. Nadia sostiene que, aunque tiene pavor al avión, estar en un nuevo lugar le hace sentirse viva. Yo, simplemente me evado porque no sirvo para las rutinas. Nunca serví. El escribir me permite dar a luz historias que me buscan, y también acercarme a personajes que yo misma creo.


Supongo entonces que todos viajamos a nuestra manera y que ninguna es mejor que la otra. Son tan solo distintas. Supongo que cada uno, con el método que hemos elegido, enfrentamos a nuestro modo todo aquello que nos frustra. En todo caso, para sobrevivir a Fortnite y a los días que paso sentada en mi estudio azul, Tiag y yo hemos prometido salir a caminar, hacer deporte y respirar aire exterior. Nadia ya lo hace, así que ella no tiene que preocuparse. Es más, tan pronto acabe este blog, bajaré a pie los 8 pisos de mi edificio hasta la planta baja, los volveré a subir de la misma manera. Y llegaré de regreso con la lengua afuera. Entonces, me podré encerrar otra vez para partir a otro viaje, en búsqueda de otra historia.


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