“YOU´VE COME A LONG WAY, BABY”



He comenzado a ver en Amazon Prime la serie La Maravillosa Señora Maisel ambientada en el New York de los años cincuenta. Estoy totalmente enganchada. Mientras disfrutaba de cada episodio, lo que me ha rodado en la cabeza es el largo camino que las mujeres hemos recorrido en las últimas décadas. No son tantos años, ¿o sí? Cuánta agua ha corrido bajo los puentes. No puedo dejar de pensar en la suerte que tengo de ser parte de mi generación, y no de la de mi madre. No sé cómo hacían para manejarse en la sociedad que les correspondió. Tal vez entonces una vivía en el ambiente que le tocaba y escogía, sea adaptarse a las situaciones, sea resignarse porque no había remedio, o sea intentar resistir.


Empecemos por lo que nos muestra la serie. 1958. Las parejas no se divorciaban. Punto. Esta idea me trae un recuerdo: tengo seis años y oigo que mi mamá le comenta a mi padre que una de sus amigas se acababa de separar. Mi mamá tuvo tan solo dos amigas divorciadas, no más. Eso era algo que no se daba, y esas mujeres siempre fueron señaladas. Eran invitadas solamente a los almuerzos y tés, casi como un acto de piedad. Pero nunca a las cenas porque, como decía mi mamá, una de esas mujeres podría salir cargando con el marido de otra. Muy peligroso. Si se habían divorciado, por algo sería. En ese estado, seguramente eran algo ligeras de cascos. Yo ya llevo tres divorcios a cuestas y no me ha sido fácil, pero nada comparado con aquellas reglas de los años cincuenta, cuándo las familias tenían que ser, y aparentar, felices. Punto. Punto y aparte.


Elegantes, perfectamente maquilladas y arregladas, siempre sonreídas, y con vestidos amplios entallando sus cinturas de avispa y calzando sus tacos aguja de 7 centímetros de alto. Quizás fue la década más hipócrita del siglo XX. Una se casaba para toda la vida. Recuerdo que mi pavor de niña era que mis padres se divorciaran. Cuando alguna vez los escuché discutir, no pude dormir. Se me acababa la vida. Acerca de un compañero de colegio cuyos padres eran divorciados, solíamos comentar que sus defectos se debían precisamente al divorcio de sus padres. Ni idea de cuales hayan sido sus tales defectos. La verdad es que lo recuerdo como un niño normal, pero nosotros ya lo habíamos estigmatizado.


Tengo amigas que todavía piensan que el matrimonio es, obligatoriamente, para toda la vida y, resignadas a esta condición, cargan su cruz. Qué pena. Yo me alegro y me enorgullezco que, el día que las cosas con mis parejas ya fueron inmanejables, me atreví a decir NO. Nada fácil. Me tomó tiempo y lágrimas llegar a esa conclusión y ponerla en práctica, y otro tiempo muy duro adaptarme nuevamente a un estado de soltería. Pero ahora me siento satisfecha de mis decisiones, aunque a la época no faltó quien me dijera, que qué pena, que mi vida había sido un fracaso. Mi pavor más grande a los 18 años era divorciarme, y justo eso me pasó. Así es la vida, te proporciona lo que más temes. Sé que hay parejas felices casadas toda la vida. Conozco algunas y mucho me agrada que así sea. Sin embargo, es fundamental poder enunciar un NO cuando la pareja no es feliz.




En todo caso, el camino para las mujeres de mi época ha sido más fácil gracias a la revolución social de los años setenta, a mujeres arrojadas tales como Simone de Beauvoir en Francia y Gloria Steinem en Estados Unidos. Pero, bueno, de qué nos quejamos. Sin ir más lejos, a comienzos de siglo XX, las mujeres no podían votar, no podían trabajar, no podían hacer muchas cosas. Recuerdo una entrevista, años atrás, al pintor Oswaldo Guayasamín. Le preguntaron que pensaba acerca de las mujeres pintoras. Su respuesta: que una mujer no puede pintar. Que debía limitarse a ser mujer. Que sólo sirve para ser esposa y madre. Punto. Cuando niña escuché una historia de mi madre deseosa de ir a la universidad, pero impedida por la negativa de su esposo y de su suegro. No lo hacían por malas personas. De hecho, más tarde, cambiarían de opinión. Es que simplemente, a la época, no era bien vista la mujer en la oficina o en la universidad. No se estilaba. Una mujer que se respetara debía permanecer dentro de su hogar, aferrándose a una tradición milenaria. Por eso, en La Maravillosa Señora Maisel, cuando Miriam quiere salir a trabajar, su madre sencillamente no puede aceptarlo, y corre despavorida a encerrarse en su recámara.


Hay una imagen en el primer episodio de esta serie que me impactó sobremanera. Por principio, la mujer no podía presentarse desarreglada ni desagradable ante su marido. La pareja se acuesta a dormir. Miriam, la protagonista, viste una bata larga, hermosa, parecida a un traje de noche, su cara maquillada y su pelo muy arreglado. Se apaga la luz. Por un momento, total silencio, hasta que se escucha un ruido. Es Miriam caminando de puntillas en dirección al baño. Cierra la puerta. Se para frente al espejo para dar inicio a todo un proceso: se coloca los rizadores y un pañuelo; se quita las pestañas postizas y el maquillaje; y, se embadurna el rostro con una crema blanca que la deja con apariencia de fantasma. Entonces, regresa a la cama. Creeríamos que así la veremos cuando amanezca. Equivocados. Antes de que su marido despierte, Miriam corre muy discretamente al baño, se limpia la cara, se quita los rizadores, se coloca las pestañas postizas y se aplica el lápiz de labios color naranja. La alarma no ha sonado, naturalmente, para no despertar a su marido, o sea, que Miriam posee un despertador en su cabeza. En puntillas, vuelve a la cama y espera unos minutos, fingiendo estar dormida, hasta que suena la alarma. Al despertar su marido, ella se voltea, abre los ojos perfectos y le susurra: “Querido, estaba tan dormida”. Su sonrisa es hermosa, y su boca huele a pasta dental. ¡Wowwww! Suena a caricatura, pero créanme, que así mismo sucedía. Lo he investigado. Hoy, nos despertamos feas y con los pelos parados. ¿Será ésta una razón para que los matrimonios duren menos? Ironía negra…


Me alegro que ahora podamos comportarnos con naturalidad, tal cual somos. Además, tanto esfuerzo que ponía Miriam para estar bella a toda hora, y su marido igual le ponía los cuernos. Y en la época, lo usual era mantener a la amante instalada en su propio departamento. Hombre que se respetara, no podía ser fiel. O, por lo menos, tenía que mantener esa imagen frente a sus amigos. Supongo que las mujeres en esos tiempos no se enteraban, o se hacían las bobas, porque primaba la necesidad de ser mantenidas. Caso contrario, ¿cómo iban a sobrevivir, ya que no podían salir a trabajar? Hoy puedo afirmar que las mujeres ya han aprendido a ser casi tan infieles como los hombres. Tal vez sea porque, como dice el personaje de una de mis piezas teatrales: “Una canita al aire no es traición”.


Hace un par de años me invitaron a hablar en una universidad con ocasión del Día de la Mujer. Una señora joven, muy guapa, arribó con sus sandalias de plataforma y su vestido que se levantaba ligeramente con su caminar. Hacía poco se había casado con un millonario. Yo había escuchado rumores por ahí que ella no era precisamente muy fiel. En todo caso, ella comentaba cuán fácil era la vida para una mujer hoy en día. Yo la escuché y respondí: “No para todas las mujeres en el mundo. En otros países, la burka todavía es de uso obligatorio fuera de casa. En algunos, la infidelidad femenina todavía se castiga bíblicamente, apedreadas a muerte. En varias culturas aún les mutilan el clítoris. Sí. Todavía. Pero, aunque hay lugares donde esta es la dura realidad de todos los días, es verdad que hemos avanzado, y mucho”.




El movimiento #MeToo, que inició hace un año y pico a raíz de las acusaciones contra el productor de cine Harvey Weinstein por violaciones y abusos, ha logrado que se hagan públicos muchos casos hasta entonces tapados, logrando así por lo menos una condena moral contra hombres abusadores. Hoy la mayoría de mujeres divorciadas son muy bien vistas e invitadas a cenas, aunque no haya desaparecido por completo el recelo de las casadas, quienes vigilan como águilas cada movimiento de las divorciadas más sexy... Hoy vivimos con menos prejuicios y tabúes, con mayor tolerancia para aquello que escapa de la norma, con cierta comprensión de que no siempre las relaciones de pareja funcionan. Es más, hoy existe la posibilidad de darnos una segunda, una tercera y hasta una cuarta oportunidad en búsqueda de compañero idóneo. Los niños ya no se asustan de tener padres divorciados, aun cuando el proceso de separación no deje de ser, en algún grado, traumático. Claro que todavía persisten los hombres misóginos, numerosas madres orgullosas de sus hijos machistas, y grupos de personas con mentes cerradas por causa de sus dogmas religiosos.




Lo que quería resaltar en este blog es que las mujeres, hoy por hoy, caminamos con la cabeza en alto. “You’ve come a long way, baby” rezaba una publicidad de los cigarrillos Virginia Slims en los 80s. Eso pienso cuando veo La Maravillosa Señora Maisel y hago votos que los fanatismos desaparezcan en los países donde todavía rigen. Mi sobrina Nina, a sus 9 años, sostiene que es mucho más divertido ser mujer que hombre. Tal vez su generación ya no tenga que pasar por lo que pasó su abuela, y en menor grado su madre. Eso me gusta.



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