Carta 77 - Torturas de una adicta



¿En qué nos hemos ido convirtiendo con el pasar de los años? ¿Con qué podemos vivir? ¿Y con qué no? Este tipo de introspecciones comienzan, casi siempre, cuando viajo. A la hora de empacar una maleta, infaltablemente me pregunto, ¿Qué llevo? ¿Qué me haría tanta falta que no lograría sobrevivir ni tres días? Irse es tratar de llevar lo más importante. Irse es también saber que uno tiene que contar con lo esencial para sentirse bien. Atrás quedaron esos tiempos de viajes cargando baúles repletos, capaces de atender cualquier necesidad concebible. Hoy por hoy, en una maleta de mano debe caber lo imprescindible. Y, en la maleta grande, a riesgo de que esta no aparezca puntualmente en el aeropuerto de destino, apenas lo básico, dejando el máximo espacio vacío para traerla de vuelta ya llena de las maravillas compradas, porque los viajes están hechos para descubrir maravillas, para seguir palpando y olfateando aquel país o ciudad que nos impactó, que nos sorprendió, que nos encandiló. Pero, de qué hablo, si antaño las maletas también se perdían, como le ocurrió a la reina Juana, llamada “la Loca”, que de loca no tenía nada, tan solo fue una mujer enamorada, como lo hemos sido tantas, y que por esos amores nos perdimos. Juana viajó de España a Flandes, hoy mejor conocida como Holanda, para ser presentada a su príncipe azul, Felipe “el Hermoso”, quien de azul tuvo poco, pero de sapo tuvo mucho. En todo caso, cuando Juana fue a conocer a su prometido, se encontró con una tormenta marítima espantosa y la mitad de su equipaje se hundió. Ella, a duras penas, salvó su viva. Y, quien sabe, tal vez hubiera sido mejor que fallezca, ahorrándose así las infinitas penurias que amargaron su larga vida.

De vuelta a mi presente, debo confesar que un viaje siempre produce en mí una atosigante ansiedad. Toda la vida he sido una persona nerviosa, status agravado por mi mal de Addison, la prototípica enfermedad de los miedos. Por eso, no doy paso fuera de casa sin antes tener todo organizado al más mínimo detalle. Ante las burlas de mis hijos, de mi Bogie y de todas quienes me visitan en esos días, comienzo a empacar mi maleta con tres semanas de antelación. A los 54 años, ya aprendí que debo reconocer como soy y vivir acorde, piensen lo que piensen los demás.



Mirando todos los días la maleta abierta, acostada en el piso de mi cuarto, me propuse viajar más ligero. Por eso decidí llevar solamente mi lector digital Kindle, dejando atrás los libros impresos. Debo admitir que yo soy una fanática de mi Kindle porque allí almaceno más de 400 libros. Adoro leer un montón de libros al tiempo. Sobre todo, en un avión, paso de una novela a una biografía a un libro de autoayuda, para luego dar inicio a otra novela. Así me mantengo absorta y las horas fluyen más rápido. Pero, siempre un pero, existe el elemento sorpresa. Por alguna recóndita razón, mi Kindle no estaba en mi bolso. Caí en cuenta ya sentada en el avión rumbo a Los Ángeles. Busqué y rebusqué y no lo hallé. Estuve al borde de una crisis de pánico: ¡seis horas sin nada que leer! Para muchas personas, esto no sería un problema. En los aviones, la gente se entretiene viendo películas, oyendo música y, en especial, conversando, aunque sea con el pasajero de al lado cuando viaja sola. Como cineasta, yo debería disfrutar de la pantalla, pero no es mi caso porque yo necesito escoger qué película voy a ver, no ser obligada con la de turno. Se me hizo evidente, con una alta dosis de angustia, que sin mis libros no puedo sobrevivir. Tal cual un adicto a la heroína que se desespera sin su droga, comencé a sentir pánico. Es decir, entiendo por lógica que todos tenemos que aprender a vivir sin algunas cosas que amamos, pero, ¡qué difícil es! Lo cual me confirma cuán apegados estamos los seres humanos a nuestras pertenencias materiales. Cada uno, a su manera, depende de ciertas cosas que se han instalado en su vida con calidad de indispensables. Aunque muy muy lentas, pasaron al fin las seis horas, aterricé en Los Ángeles y hallé mi Kindle que, inexplicablemente, se había auto-empacado en mi maleta grande. ¿Sobreviví tantas horas sin mi dosis diaria de lectura? Sí. ¿Me costó? Sí. Sin duda, el ser humano lo puede todo. El trámite no será bonito, pero lo logra.


En todo caso, tampoco puedo viajar sin mi computadora Mac. Ella, casualmente en este momento, está fregando la paciencia. La barra espaciadora está temperamental, es decir, tengo que tocarla varias veces para que funcione y, en consecuencia, me toma un tiempo irritante poner un espacio entre palabra y palabra. Apenas llegué a Los Ángeles, fui a dejarla en una tienda Apple, eso sí previa cita marcada semanas antes porque una no aparece espontáneamente para que la atiendan. No, ahora en el mundo Apple todo tiene que estar debidamente programado… Bueno, el hecho es que en este momento me encuentro sin mi Mac, hasta que me la devuelvan arreglada. Ningún problema, ¿verdad? Se puede escribir a mano. Se puede grabar un dictado en mi cel. ¡Wow! ¡Triple wow! Me resulta tan difícil. Cuán acostumbrada estoy a la tecnología que empleo a diario. Pensar que, no hace mucho, yo, y el resto del mundo, estábamos felices con una máquina de escribir. Y, antes de eso, nos sentábamos a escribir con esfero en la mano. Novelas fantásticas, obras clásicas, fueron redactadas con pluma y tintero. Sin embargo, hoy en día, no puedo vivir sin mi compu. Me desagrada este sentimiento de dependencia. Además, y esto es lo peor, ni siquiera estoy segura si estará lista para mi regreso, pues me ofrecieron, posiblemente, para el sábado entrante y yo salgo el domingo, a primera hora. Algo tan sencillo como un teclado defectuoso logra que una se sienta verdaderamente desvalida. Mi sobrina Lucía, quien ayer resolvió quedarse con nosotros la semana, viaja de vuelta a su universidad para buscar su ropa. Se siente incómoda sin sus cosas. Le propuse una solución más sencilla: comprar algo de ropa para la semana, ya que aquí hay almacenes muy baratos. Me responde ella: “Me siento cómoda con mi ropa”. Esto es justamente de lo que va este escrito. Nos gusta lo que es nuestro. No sentimos incómodos si no estamos vistiendo nuestros zapatos viejos, nuestros acostumbrados pantalones, en fin, aquello que nos define. Nos aferramos a esa sensación de seguridad que proviene de andar con aquellas cosas que usualmente nos acompañan. Tenemos recelo de probar lo nuevo, de experimentar diferentes sensaciones, de arriesgar lo desconocido, tal como yo ahora volviendo escribir a mano o grabándome en el cel. ¿Se puede? Por supuesto que se puede. Solo que demanda un poco más de esfuerzo de nuestra parte para tomar el camino menos concurrido. A mi edad, a veces me cuesta experimentar, buscar otras soluciones cuando la típica no me funciona. Y así, uno se vuelve obsesivo. Esta mañana puse ropa en la lavadora del departamento que estamos alquilando. No lograba que funcione. Comencé a perder la paciencia. No era tan grave. Bien podía buscar otra lavadora cerca o lavar a mano, como hacía mi mamá cuando viajábamos. Sin embargo, nada se compara al alivio que sentí cuando, por fin, descubrí el botón correcto. La vida es así: nos sentimos cómodos con aquello que alivia nuestra existencia.


Escribo este blog en Disneylandia, aprovechando mientras mis hijos exudan adrenalina en una montaña rusa. Tal vez yo también me anime, pero no lo creo. Siento miedo. Percibo que mi vida ha sido una continua montaña rusa, entonces, ¿para qué pagar para repetir las mismas sensaciones? Lo que sí me queda claro es que Disneylandia sirve para todo, hasta para escribir blogs y sobrellevar las adicciones. Encontré una tienda donde brindan chocolate caliente -es que, para mi sorpresa, Los Ángeles en diciembre es más frío que Quito- así que aquí estoy, sentada en una mesa, dictando muy sosegada en mi cel. No es que me encanta, ya lo dije, a mí me gusta escribir antes que dictar, pero, sin compu, es la mejor solución. Y en este momento, agradezco por la tecnología, por los teléfonos inteligentes, por lo que me permite tener listo este blog que saldrá mañana. Si supieras, Juan, cuántas cosas nuevas existen hoy. Te maravillarías. Tú que siempre tuviste mente abierta y, en el París de aquel entonces, te fascinabas con el minitel. Pensabas que era lo más grande en materia de inventos.



Así que, agradeciendo a la tecnología, permito que las ideas circulen. A propósito de Disneylandia, se avivan recuerdos de dos películas que a mí me marcaron muchísimo. Una es The Florida Project de Sean Baker (2017). Recomendadísima. Una niñita, que vive en la periferia del parque de Disneyworld, en la ciudad de Kissimee en Florida, en un momento de extrema desesperación, siente que el parque le puede salvar el día, le puede ayudar a soportar el horror que le espera. Solo el día, como el adicto, solo por hoy, ya que su vida está marcada por un destino bastante doloroso. Igual ocurre con Grace is Gone de James C. Strouse (2007), una película perfecta a mi criterio. No es Disneylandia, está basada en el antiguo Cypress Gardens que en algún momento conocí, pero es algo similar. La madre, una militar, ha muerto en la guerra en Iraq. El padre lleva a las niñas a un parque de diversiones estilo Disney para ahuyentar, durante un día, la noticia que las espera, procurando mantener el sentimiento de magia de un parque en un vano intento de preservar la familia que habían sido, antes de compartir con sus hijas la infausta noticia. Por un día, por unos momentos cuando el tiempo está en suspenso, nada ha sucedido. Entonces, me recuerdo de 17 años, recién recibida la noticia de que que papá había sufrido un accidente. Vivíamos en París y debíamos embarcar de inmediato a Quito. Los parientes no nos contaron que, para ese momento, ya papá había muerto. Nos dejaron viajar con esperanza. Ya en el avión, mamá se acercó y me susurró al oído: “Si está muerto, nos vamos a Disney. No quiero que las Navidades, que están próximas, sean tristes para los niños. Nos vamos a poner bien y vamos a disfrutar ese paseo”. Eso no se dio porque, a las pocas semanas, le diagnosticaron diabetes infantil a mi hermana Lorena y se puso muy grave. Por más que lo intentamos, no pudimos huir de la realidad. De hecho, a veces no se puede. Quizás, nunca se puede, solo se difiere.

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