Carta 14


Vino hace unos días esta memoria. Cinco años atrás. Como mirar un álbum de fotos.


A veces se produce un STOP. Ya es más de un mes desde mi último blog. Muchas cosas han pasado, pero poco ánimo he tenido para sentarme a contarlas. Cosas bonitas, cosas tristes, cosas amargas, cosas duras, cosas divertidas: la vida.


Algo hermoso fue el regreso de mi hija Nadia, hace ya tres semanas. Nos preparamos con ilusión. Tiag cedió su cuarto y se pasó a la pequeña sala de estar, donde convirtió una litera recién fabricada en su cama preferida. Yo, por mi parte, decoré el cuarto que ahora ocupa Nadia con todos sus recuerdos de niñez: sus primeras muñecas, cuadros de mi mamá, cartas que había recibido a lo largo de su vida, posters varios, su edredón fucsia y un enorme poster de Marilyn Monroe. Nadia llegó de sorpresa para su hermana, quien casi colapsó cuando abrió la puerta y se encontró con ella. Esto no quedará dibujado en mi memoria, porque yo me encontraba arriba cuando golpeé la puerta del cuarto de Morgana y le pedí que me ayudara porque no podía abrir la puerta de ingreso al apartamento. Ella, somnolienta y molesta, bajó y, ¡oh sorpresa! Nadia en la puerta, directo desde París. Su padre las estaba filmando, pero la batería se agotó en ese preciso momento. Ahora, solo guardo la historia contada por Nadia.



Cosas duras: ese mismo día, pero unas pocas horas más tarde, me comunicaron que debían levantar la terraza entera porque los problemas de humedad del apartamento no se habían arreglado. Recuerdo haber regresado de mi último viaje en el mes de abril, haberme sentado en la sala del fondo y haberme dicho a mi misma: “Por fin, en casa”. Por primera vez, sentía mi departamento nuevo como mi hogar, pero, justo en ese momento, me tropecé con un montículo bajo la alfombra en la sala. Al levantarla, comprobé que tenía, no un montículo, sino toda la cordillera de los Andes trasladada a mi casa. Llamé al carpintero. A los pocos días llegó para comunicarme noticias que no eran halagadoras: el piso se estaba levantando debido a la humedad. ¿“Cuál es el peor escenario”? pregunté. “El peor escenario es un par de meses hasta que todo vuelva a la normalidad. Hay que levantar el piso y poner otro, pero antes hay que encontrar de dónde viene la humedad”. Bueno, dos meses más tarde seguimos en pruebas. Hemos levantado el piso de la sala, picado la pared, empaquetado otra vez todos los muebles, emplasticado toda la sala central para que no entre tanto polvo, levantado la terraza, asistido al baile de los maestros (mientras se vestían) del más feroz regetón (no se habían percatado de que yo había entrado), sentido el corazón pararse con el sonido de la máquina picadora de piedra, comido polvo, soñado que todo era una pesadilla. Y seguimos todavía buscando de dónde viene la humedad. Me atrevo a escribir al respecto porque parece que ya esta tarde se va a descubrir, con una última picada y retirada de unos tubos podridos, el origen misterioso de la humedad. En mi imaginación visualizo la sala con la madera ya colocada y me parece el palacio de Versalles. Mi hija Nadia sueña con hacer un cóctel para sus amigos antes de volver a sus estudios en París. Los arquitectos Mathieu y Patricio, quienes siempre me han sostenido en este año de remodelación y cambio, me dan ánimos de que lo vamos a lograr. Estoy orgullosa de mí misma, pues he soportado este martirio bastante bien.



Cosas tiernas: Mi hija Morgana comprando un nuevo álbum del mundial de fútbol para Tiag y pidiendo por Facebook unos cromos cuando, a poco de completar su álbum, mi pequeño lo perdió y quedó desolado. Cabe decir que lo encontró unas semanas después en la oficina de seguridad del colegio, así que ahora tiene dos álbumes.


Cosas divertidas: mi sobrina Lucía, mi hija Morgana, Tiag y yo cantando los temas del mundial desde los años treinta.


Cosas poéticas: Asistir al Cirkopolis en el Teatro Sucre.


Cosas enternecedoras: Asistir al concierto del Sinamune y admirar cada vez más a Ada Palacios y a su padre, el maestro Edgar Palacios.


Cosas duras: la muerte del marido de mi difunta madre, Santiago Carrasco, luego de una larguísima y terrible agonía.


Cosas relajantes: las vacaciones de mis hijos. Con las rejustísimas llegamos al último día de clases.


Cosas que me llenan de orgullo: mis dos hijas terminando su primer año de universidad con notas sobresalientes y mi hijo Tiag terminando el primer grado.



Cosas hermosas: ver Stand by me con mis hijos. Esa película la vi hace muchos años con mi tío Simón, mi hermano Juan Esteban y, me parece, mi hermano Sebastián. Creo que no estaba mi hermana Lorena. Salimos todos maravillados y creo que, en parte, esa película nos motivó a los tres a querer contar historias. Ahora, son mis hijos quienes vibraron y yo recordé momentos de mi niñez, muchos de ellos con mi tío Simón. Él era como mi hermano mayor, tres años más, cuántas locuras. Lo recuerdo defendiéndome ante mis padres cuando me choqué al tratar de manejar por primera vez y confundí el freno con el acelerador. El triste resultado es que maté un árbol y me rompí la nariz. Cuando mi tía María Elena, quien me acolitaba, fue a buscar ayuda y yo quedé esperando, bañada en sangre, recuerdo la cara de Simón mirándole a mi mamá, desafiante: “No le vayas a hablar a Viviana”, le repetía. Mi tío Simón estuvo junto a mí en la muerte de mi padre. Y cuando falleció Mami le recordé: “Verás que eres mi hermano mayor”. Él ahora tiene una preciosa mujer, hermosas hijas y miles de bendiciones. Su niñez fue dura, recuerdo cuando palpó la muerte de su madre, mi abuela. Simón tenía apenas siete años. Mucho tiempo después, en mi primera novela, El Paraíso de Ariana, lo recreé, con una gran dosis de ficción, en el personaje de Joaquín. Mi tío Oswaldo preguntaba hace poco: ¿“Y cuándo vas a escribir sobre Simón”? Joaquín, Simón, que me recordaba a Chico Carlo, a Heathcliff, a Tom Sawyer, a la canción aquella que cantaba Nancy Sinatra, Bang Bang (My Baby shot me down):


I was five and he was six,

we rode horses made of sticks,

he wore black and I wore white,

he would always win the fight.

Bang, bang he shot me down,

bang, bang I hit the ground,

bang, bang that awful sound,

bang, bang, my baby shot me down.




*****


JOAQUÍN



Fue Joaquín quien me encontró encerrada en el armario.

—¿Qué haces ahí? —me preguntó, asombrado.

—Estoy esperando a que regrese la Abuelijita —le contes­té.

—Mi mamá no va a volver en algunos días. La llevaron a una clínica porque está enferma. La Beatriz nos va a hacer un ba­tido de plátano. Vamos a la cocina. No te puedes quedar ahí me­tida.


Aquello era una orden. Tuve que salir a pesar de que no sen­tía ningún deseo.

Tomé el jugo en silencio y luego fuimos a ver televisión. Ni él ni yo hablábamos, supongo que sus pensamientos eran muy pa­recidos a los míos.


Joaquín es mi tío, el último hijo del abuelo Víctor Manuel y de la Abuelijita. Solo me pasa con dos años y lo considero mi her­mano. Me veo a mí misma, pequeña, sintiendo que todo lo que él hace está bien. Es mayor y ha leído muchos libros.


Él es como la Solitaria, su yegua blanca que solo a él obe­de­ce. Tan briosa que, cuando alguien más monta en ella, se des­bo­­ca y no para hasta que el jinete ruede por el suelo. Cualquier co­sa la hace encabritar y corcovear como una loca. Yo le tengo mie­do, pero, cuando estoy con Joaquín, ella no me hace nada. Al­gu­nas veces solemos montarla juntos.


Joaquín se parece a ella. Cuando algo malo le sucede, no se lo dice a nadie. Simplemente se trepa en la Solitaria y no apa­re­ce hasta el anochecer. La Abuelijita se consume, pero nadie, só­lo la Beatriz, su niñera, logra hacerlo entrar en razón. Todos di­cen que tiene un orgullo endemoniado, que es un salvaje. Cuan­do lo acusan en falso de algo prefiere quedarse callado, mirando fi­jamente en alto, con los enormes ojos negros, que armonizan con sus cabellos, ensortijados, rebeldes.


Sus gestos de amor hacia mí son fortuitos. Estoy en La Vic­toria. Tengo cuatro años; mis padres están en Europa. Yo guar­do el postre en el bolsillo de mi pantalón para dárselo a Joaquín. Muchas veces él también guarda el suyo y me lo regala cuan­do los grandes se van a dormir. Yo le agradezco feliz, pero él se va corriendo, como si se avergonzara de quererme así.


A veces, cuando sale a galope en la Solitaria, yo le miro en­vidiosa a través de los cristales del corredor de La Victoria. Tam­bién yo quiero tener mi caballo para correr a esconderme del mun­do cuando todo está mal.


Joaquín es libre. Cuando la Abuelijita sufre porque aún no re­gresa, con aire preocupado, me dice: “Mal haya, mal haya, Joaquín no vuelve”.


La Beatriz y yo nos miramos con complicidad. Tranquilas, observamos desde la ventana la oscuridad de la noche. Él está ca­balgando. Sueña con llegar a ser un vaquero del oeste. Es fuer­te y duro, suele decirme que las mujeres no sirven para nada. Me acep­ta sólo cuando le demuestro que no me importa andar con el ves­tido sucio y las piernas arañadas.


Sin poder concentrarme en los programas que daban en la te­le, me levanté de la banca y me acerqué a la ventana. Estaba ano­checiendo. No se me quitaba de la cabeza el sonido de la am­bu­lancia. Hacía tan sólo una semana había cumplido ocho años y la Abuelijita me había regalado un diario para que pudiera es­cri­bir todos mis pensamientos. Yo había aceptado el obsequio llena de ilusión, sin sospechar que mis primeras anotaciones serían tan ne­gras.


Estamos en su cuarto, se escucha el estruendo. Parece la si­rena del auto del tío Julio, el hermano de papá. Me acerco a la ven­tana pensando que es él. Pero no, es un enorme vehículo blan­co del que se bajan muchas personas con mandiles del mis­mo color. No dicen nada al entrar, simplemente se acercan a la Abue­lijita, la levantan en brazos y se la llevan.


Todos se van, sólo Joaquín y Ariana se quedan en la casa. Ella mira aquel recuerdo como desde una puerta abierta. Única­men­te el cuarto de Joaquín y la pequeña sala donde está la tele tie­nen las luces prendidas; lo demás está a oscuras.



Extraído de la novela El paraíso de Ariana disponible para compra y envío a nivel nacional aquí: vivianacordero.com/tienda

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