Carta 134 - Tres pasos de baile
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Tenía treinta años cuando me senté una noche a escribir el comienzo, o la primera página, de la novela que, en ese momento, yo llamaría La Residencia. Era la historia de una mujer, en los años sesenta en Quito, que abre una residencia para visitantes y estudiantes a fin de sobrevivir luego de un divorcio. La historia se originaba en un hecho real que mi madre me había narrado. Para ese entonces, yo estaba encinta de mis mellizas, con unas náuseas espantosas. Al poco tiempo desistí de esta historia y comencé El Teatro de los Monstruos. Sentía que me faltaba muchísima madurez para poder retratar la vida de esta mujer que culminaba cuando cumplía setenta y dos años, y, también porque tanto las náuseas como las ganas de escribir esta historia se habían marchado.
Así comenzó Jacinta que, hoy por hoy, se titula oficialmente Tres Pasos de Baile, mi última novela publicada. Jacinta me esperó y a los cuarenta años, con bastantes dolores, sinsabores y decepciones a cuestas, pude convocarla nuevamente.
Me tomaría quince años gestarla.
Este sueño se cerró o así lo pensé yo con la entrega de la novela por parte de la editorial Libresa en Quito en el año 2017. En el 2020, tomé un nuevo camino; me marché a Portugal en busca de nuevas aventuras. Me dediqué de lleno a la escritura de mis dos últimas novelas que hoy por hoy buscan agente o editorial. Olvidé a Jacinta que tuvo un modesto recorrido en Ecuador y solo la recordaba cuando alguien me llamaba a comentar cuánto había impactado su presente el conocerla.
Por eso, cuál no sería mi sorpresa cuando una pequeña editorial fundada por dos hermanas, Laura y Almudena González Granda, se interesó por mi Jacinta quiteña. Ellas, que de niñas hacían lo mismo que yo con mi prima María Elvira: leernos mutuamente un capítulo en alta voz del libro que juntas habíamos elegido. Esta pasión por la lectura las llevó a formar una editorial, y ahora difunden propuestas innovadoras, interesantes y diferentes. Zsa Zsa Zsú, el susurro leve del aleteo de las mariposas, ese es el nombre que ellas eligieron.
Julius, mi apoyo, amigo, ñañito del alma y socio en varios de mis proyectos artísticos, me había convencido de que si queríamos encontrar agente o editorial para mi último proyecto, teníamos que movernos. Así que juntos marchamos, con la última novela bajo el brazo, a la feria del Libro en Barcelona en el año 2024. Íbamos a buscar quien se enamorara de ella. Para mi gran sorpresa, porque así es a veces el destino, fue allí que Jacinta encontró su hogar. Conoció a las dueñas de Zsa Zsa Zsú. Entre que discutíamos acerca de la posibilidad de publicar mi último texto, les pasé dos de mis novelas anteriores que tenían liberados los derechos mundiales. En el tren de Barcelona a Zaragoza, Jacinta les cautivó.

Y ahora, siete años más tarde de su primera publicación, Jacinta da sus tres pasos de baile en Europa. Siento una felicidad enorme, indescriptible, de verla en la categoría de personaje de la literatura, caminando por Zaragoza, visitando y agradeciendo a la Pilarica; saludando a la Puerta de Alcalá en Madrid; paseando por París y tomando un espresso, como ella lo soñó en algún momento; recorriendo la Rambla de Barcelona y las calles de Valencia. Ya dejó de ser imaginaria. A la vez, ahora, en mis conversatorios y charlas, palpo una tristeza leve, suave, porque ya no tendré qué contar sobre ella.
Su historia está escrita. Se acabó.
Hasta hace unos años, me gustaba saber que Jacinta rondaba por ahí y que yo podía, a cualquier momento, regresar a cambiar algo, a añadir un detalle, a perfeccionar una frase. Me agradaba sentir que Jacinta me seguiría contando su vida para yo poder ponerla en papel. Ahora, me pide ser independiente para que muchos lectores la puedan conocer.
Jacinta es una mujer de setenta y dos años cuya vida ha estado repleta de errores propios y de azares desafortunados. La novela comienza el día del funeral de su segundo marido. Regresa a su departamento. Está sola, pero no está triste. Extrae un cigarrillo de un cajón secreto y se sirve una copa de jerez tío Pepe, su bebida favorita. Se sorprende a sí misma porque le invade una sensación de alivio, casi que de alegría. No le entristece para nada la muerte de su marido, pues fue lo peor que le sucedió, la consecuencia de un impulso estúpido e irreflexivo, a pesar de que, cuando se casó, tenía ya 60 años. Era una mujer hecha y derecha, con toda una vida por detrás. Comenzaron entonces doce años de horror y suplicio. Los vivió hasta que su marido falleció.
Este funeral propicia que Jacinta haga un balance de su vida. El inventario es el cuarto paso en la rehabilitación de los alcohólicos. Jacinta no sabe de esto, pero tiene la valentía y la fortaleza de volver hacia atrás y analizarse, sin filtros, sin maquillaje, sin ningún tipo de tapujos ni mentiras. Jacinta observa su vida con franqueza y humildad, aceptando que nada se puede hacer hoy ante el pasado, sino dejarlo fluir tal como es, sin negarlo ni tratar de modificarlo.
Sam Harris, un filósofo, neurocientista y meditador, tiene un podcast llamado Making Sense (Haciendo Sentido). En un episodio, Harris conversa con Adam Grant, un psicólogo, que aconseja que uno debe recordar su vida, es decir sentarse literalmente a rememorar el pasado, pero no como algo negativo, sino al contrario, para aprender a hacer las cosas de otra manera. Lo que somos depende de nuestra memoria, dice él. Lo que hacemos y somos es producto de lo que recordamos u olvidamos. Grant añade que los cambios en los valores de las personas se deben, en alto grado, a la manera en que recuerden sus vidas. Cuando escuché estas observaciones hace un par de años, me sacudieron. Si tuviera que definir en una frase, esta es la esencia de mi personaje Jacinta. Qué fácil es negar u ocultarnos lo que realmente pasó. Y, sin embargo, qué desafiante es destapar la olla de grillos. Porque, la verdad, es que, por más que bloqueemos nuestro pasado, permanece ahí, tal como el monstruo dentro del closet en la mentalidad de los niños.
En cambio, si abrimos la puerta de los recuerdos e invitamos al pasado salir, se va.
Jacinta es una mujer, como muchas, a quien le tocan dolores, sinsabores, decepciones amorosas, problemas con los hijos, incomprensiones, y otras cosas que ella nunca imaginó porque a una nunca la preparan para todo lo que puede deparar la vida, menos aún en épocas pasadas cuando reinaba la hipocresía. No se hablaba con franqueza de la naturaleza del matrimonio, del compromiso de permanecer con una persona para toda la vida.
Sin embargo, Jacinta opta por cambiar su chip a los setenta y dos años. Acepta que la vida le quiere dar un regalo al permitir que la muerte se lleve a su marido y decide entonces encontrar la felicidad en su interior. Y lo que es maravilloso, es que se salva contando, narrando, escribiendo acerca de su pasado en un cuaderno que compra en el supermercado a los pocos días de la muerte de su marido. Eso es lo que me gusta de ella que, si bien tendría todo para hundirse, decide no hacerlo. Cuántas veces escuchamos aquella frase que más detesto, pero que yo también la he pronunciado: “Ya para qué”. Jacinta fue una mujer fuerte durante toda su vida, pero ahora, aparte de ser fuerte, opta por ser feliz. Y quizás ser fuerte es mucho más fácil que ser feliz. La felicidad es un desafío porque es mucho más sencillo deprimirse o sentarse a esperar a que la vida termine sin hacer mucho. Ella decide que setenta y dos años no significa el final de una vida, sino el comienzo de muchos días hermosos o diferentes o distintos.
Con tanto libro de autoayuda que flota en el mercado, parece tarea fácil. No lo es. Requiere una disciplina mental, tal como hacer abdominales todos los días o salir temprano de mañana a trotar.
Jacinta logra entrenar su mente y comienza a dar pasos que le producen una vitalidad renovada que ella creía perdida.
Mi novela me ha seguido. Yo me aventuré hace seis años con mi hijo y seis maletas. Parece mentira que, al cabo de treinta y un años, Jacinta se aventure también a cruzar el Atlántico para darse a conocer. Y parece mentira que se trepe al coche de Laura y Almudena que recorren las ferias ofreciendo literatura independiente, distinta. A veces las embromo y les digo que Jacinta es el lunar en el rostro de Zsa Zsa Zsú pues es la única que no es oriunda de Aragón. Me comentan sonreídas que también tienen a un autor argentino. Ellas me recuerdan a esas mujeres que descibe Irene Vallejo en El infinito en un junco, que se aventuraban a caballo por las resbaladizas pendientes de los montes Apalaches a repartir libros. No es fácil convencer a las personas de leer, más aun en tiempo de redes sociales y de películas, pero ellas llevan su jaula de poemas y sus libros bajo el brazo. Vamos, libera un poema, proponen a quienes se aproximan y miran su decorado diferente y el esmero en la decoración de su caseta al desenrolar uno de los poemas de Almu Bree o de Pat MM. Te lo regalo, ofrecen con un guiño de ojos. Compiten con las grandes casas editoriales y lo hacen con una sonrisa, tratando con respeto a cada uno de los personajes que han elegido: que si son las reinas de Aragón y sus damas, o la niña que tiene a Copito el toro como mejor amigo, o S, el chaval que nos narra su vida a raíz de la muerte de Franco. Ellas creen en todos aquellos que trabajamos con la palabra y soñamos con contar historias.

Tres Pasos de Baile está disponible para compra en Ecuador, por medio de mi página web. Y en toda Europa por medio de la página web de la editorial: https://zsazsazsu.es/producto/tres-pasos-de-baile-viviana-cordero/ . Encuéntrala también en Amazon.com y Amazon.es. Para Londres y Portugal también disponible en Wook.pt.
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