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Carta 124 - UNA CASA EN OEIRAS, UNA CASA PORTUGUESA

LA MUDANZA


Son las 7 de la mañana del día 29 de abril de 2024.  Entro a la ducha. Es la última vez en la Praceta, la casa blanca que me acogió cuando llegué hace tres años con Tiag. La última vez que tomo un baño allí.  Mi nuevo baño será mucho más pequeño. Tengo miedo. A las 9 deben llegar los señores de la empresa de mudanzas. Me visto como si fuera a un rodaje y trato de pensar como si me encontrara dentro de uno. Hace algunos años que no soy parte de una filmación. Antes me sentía en casa cuando estaba en una, creo que ya muchas cosas han pasado en mi vida y esa antigua persona que era yo, ya no está más.  

 

He decidido que esa noche dormiré en La Victoria, mi casa rosada. Ya es hora. Aunque no esté lista, algo me dice que llegó el momento. De nada sirve tratar de agarrarme a un lugar que no es más mío, aunque no lo quiera soltar. Esa es la verdad. Lo he llegado a querer como propio. No tengo más que buenos recuerdos. No me quiero ir. Ha sido una larga aventura, una larga travesía, pero ha llegado el momento. Antes pensaba que iba a ser la mujer más feliz el día de la mudanza, pero desde hace un par de semanas me ronda un sentimiento negativo que no puedo explicar. Lo curioso es que la vida, sintiendo esta tristeza, me concedió una semana más en mi casa blanca, para que le pueda agradecer, para que me pueda desprender y para que me pueda despedir.  Una semana en que quedé repitiéndome la serie Doctor House, en que Marita se fue a Valencia y yo solo estuve ahí mirando al vacío y sin querer saltar, con todas las cajas y una maleta de ropa esencial. El resto estaba ya empacado.


Es que hacía una semana comenzó algo similar, pero aquella misión fue abortada. Hacía una semana debíamos mudarnos. Todo estaba listo, es parte tal vez de otro cuento porque con la mitad de la casa dentro del camión, se decidió posponer la mudanza. Ahora es real.  Ya no hay más excusas, ya no se puede, llegó el día, porque todo llega. Me miro al espejo y siento que no soy yo, que he salido de mi cuerpo. Hay momentos en que me pregunto si al abandonar Ecuador no salí de este plano. ¿A lo mejor estoy muerta y creo que estoy viva como en la película La escalera de Jacob de Adrian Lyne? Debo desayunar. Es casi la hora de llegada de los señores de la empresa de mudanzas, pero no tengo hambre. Tengo sentimientos mezclados. ¿En el fondo? Quisiera quedarme y parar este desafío. Ya no quiero irme, quiero volver a mis calles conocidas, a pasear por la Universidad Nova imaginando que soy una estudiante más. Quiero ir al Amanhecer, la tienda de la esquina y comprar las legumbres para el día. Cinco minutos en carro me separan de la nueva casa, pero me parecen miles de kilómetros.



Muchas cosas han sucedido desde que decidí comprar esta casa. Y la verdad es que nunca imaginé el nivel de dificultad que enfrentaría al decidir adquirir y renovar una casa en Portugal. Tal vez estos recuerdos o anotaciones que serán mi bitácora no tengan un orden cronológico porque la aventura comenzó en septiembre del 2022 cuando salí una mañana de sol y llegué a la Rua José Diogo da Silva, exactamente a cinco minutos de donde hasta ahora he vivido. Recuerdo pensar que no se trataba más que de un ejercicio. Era la primera casa que visitaba con el fin de, en un plazo de un año, comprar una morada que ya se convierta en mi lugar, en mi espacio propio en el país que había elegido para vivir.  Otra vez la pregunta, ¿por qué Portugal?  Y la respuesta sigue siendo: no lo sé. Pero sé que me gusta y que por más que a veces grite y reclame, no me arrepiento. Desde la mañana en que salí a visitar casas han sucedido muchas cosas, pero hoy me concentro en la mudanza, en la mañana en que era un hecho consumado.


No recuerdo haber desayunado. De hecho, no recuerdo ya mucho de esa mañana. Ni siquiera puedo encontrar el nombre del jefe de los especialistas en mudanzas. Odio que la memoria me falle de esta manera. Lo bloqueo de una manera inconsciente, supongo. ¿Comí algo?  Tenía el estómago cerrado. Preguntándoselo hoy a Marita, mi compañera en esta aventura, quien había llegado para ayudarme, me dice hoy, desde Quito, que tampoco recuerda mucho. Diablos, algo tan intenso se nos ha ido de la memoria, no puede ser. Lo voy a recordar. Trato de forzar la memoria. Sé que llegó el jefe de los señores de la mudanza y que le dije: Sr. Tavares, (wow, acabo de recordar su nombre, se llama Sr. Tavares) la meta es dormir hoy en la nueva casa. Me miró y me respondió: está bien, vamos a logarlo, cambio de planes, muchachos, comenzamos a empacar las camas. Al escucharlo tragué fuerte, porque estaba convirtiendo ese instante en un hecho consumado. Nos íbamos. Nos íbamos de la Praceta.



El sr. Tavares dirigía el trasteo de todo aquello que era esencial para la primera noche. Esto les iba a tomar hasta la hora de almuerzo.  De regreso de comer saldrían de la Praceta rumbo a La Victoria. Al día siguiente traeríamos el resto. El resto eran los mil quinientos libros que estaban ya empacados.  Mil quinientos libros o más se venían conmigo. Muchas cajas lograron entrar en el primer viaje.


Pero todo lo que uno planifica es solo eso, un plan que no se realiza. Acontece la realidad que impone.

Y entonces Marita me cuenta que yo me escondí en el cuarto verde. El cuarto que quedaba frente al mío, que me había servido durante estos tres años para meditar, para recibir huéspedes, para encerrarme cuando no quería saber de nada ni de nadie. Ahí estábamos con mi ahijada y ahora asistente de producción, catalogando las cajas que yo llamaba esenciales y que contenían medicamentos, maquillaje, ropa esencial y documentos. Y cada cinco minutos le pedía que vigilase lo que hacían todos porque me sentía invadida con tanta gente. En el cuarto adjunto, el que había sido mi estudio, un joven de color negro azulado empacaba los recuerdos, las fotografías, los libros. Y cada media hora pedía el baño y tomaba agua. Ver manos extrañas empacar mis cosas, mis recuerdos más entrañables, me impactaba, me molestaba. Cuando contraté esta empresa, que fue la misma que desembarcó mis cosas desde Ecuador, la propuesta era que yo no hacía nada, ellos se encargaban de todo. No quería cargar con el stress de empacar toda una casa. Ahora hay personas que se dedican a eso, me decía mi hija.  Tú no tienes que hacer nada, te empacan y te desempacan. El problema es que eso suena bonito en teoría, porque no es tan real. No saben mucho, todo se confunde y al final uno termina completamente perdido como me ocurrió a mí. La mudanza a Portugal fue tan distinta. No puedo explicar, pero, para comenzar, tenía las manos amigas de Margarita, el apoyo a la época incondicional de Pablo. Ellos se encargaron de todo y mis cosas llegaron perfectamente empacadas y llenas de cariño. Aquí me ganó el stress y el miedo. Esto tiene que ver con mi insuficiencia suprarrenal. Lo supe hace poco. Mi cerebro a veces no distingue el nivel de stress. Pensé que para la vajilla y para las cosas esenciales habría manos femeninas, alguna delicadeza, pero no. Todos hombres, manos masculinas, empacaron mis copas. Me arrepentí de no haberlo hecho yo. El sr. Guerreiro lo sugirió. No le hice caso. No confiaba en mis manos, pues al igual que las de mi abuela Lucía, son torpes, y ¿ahora confiaba en ellos? Sin embargo nos acompañaban a su manera. El amigo venezolano que era parte de la mudanza nos tranquilizaba. Que eran expertos, decía y, sí en algunas cosas lo fueron, en otras…, pero no puedo dejar de sentirme agradecida, porque lo intentaban de la mejor manera.  Marita se entendía con él en español, aunque para el segundo día era ya la comandante y la que les dirigía, mientras yo me encerraba en mi cuarto asustada. La mente se me nubla. Regreso en mis recuerdos: el gato. Al gato lo íbamos a encerrar en el cuarto desde la mañana. René nos había explicado que así debíamos proceder. Pero todo lo que uno planifica es solo eso, un plan que no se realiza. Acontece la realidad que impone. René, que había viajado de España para ayudarme, que fue quien trajo la primera vez al Lotus, no estaba y el gato comenzó a dar de gritos.  Estábamos solas porque el señor Guerreiro se había marchado con René a comprar plásticos y a forrar la casa para proteger el piso antiguo de los años cuarenta, causa de nuestra postergación de mudanza. Se fueron y en la casa quedamos Mara y yo. Y Lotus en un estado de stress total. De pronto se me ocurrió una idea: meterlo a su jaula y llevarlo conmigo a que observe todo lo que ocurría. Curioso, eso lo calmó. Abrí la puerta del cuarto verde y desde el sofá observó todo, cual emperador romano metido en su transporte real. Observó y dejó de berrear.



Y así transcurrió la mañana hasta que llegó la hora del almuerzo. Ya el camión había quedado empacado. Regresarían a desempacar.  René se quedó cuidando la casa nueva y nosotros por unos momentos sentimos la felicidad del silencio. Íbamos a comer pan con mantequilla cuando optamos mejor por el restaurante hindú. Llovía, era como si el tiempo entendiera mi estado de ánimo. Luego del almuerzo colocamos mi ropa en el auto, como lo había sugerido Marita, y nos dirigimos a la casa nueva. A esperar el camión.


Y el camión llegó y todo el orden se fue al tarro. De pronto subieron la primera cama, luego la segunda y luego empezaron las cajas. Empecé a sentir pavor. Iban a una velocidad imparable. Paren el mundo que me quiero bajar, pensaba. Rayaron el piso lacado a la perfección con el sofá, rayaron las paredes, todo se repara, decían, no se preocupe. El amigo que guardaba mis recuerdos decidió ayudarme con un sofá nuevo que había llegado hacía poco y lo hizo de maravilla y solo por amabilidad ya que en el contrato reza que solo ayudan cuando son muebles que se traspasan, no los nuevos. Lo hizo porque vio mi cara y eso le agradezco y me contaba que al día siguiente salía de madrugada a mudar una casa en España.  No paran. El amigo venezolano armaba la cama para René y el resto seguía metiendo cajas. Esta casa es exactamente la mitad de la anterior. Aunque parezca grande tiene 250 metros. Sentía que no iba a caber todo. La sala se iba llenando de cajas, de muebles, de libros.  El cuarto de Tiag se convirtió en la bodega. En un momento dado, era solo el pavor. Es irracional porque no debería sentirme así, pero así era como me sentía. Una mudanza no es una operación de corazón abierto, pero así me lo parecía.

Y de pronto el camión se cerró. Quedamos en repetir el esquema al día siguiente. Se fueron. Hubo silencio. Me refugié en mi nuevo estudio, luego fui a mi cuarto. No sé dónde estaba Mara. De pronto la puerta se abrió y llegaron René y el sr. Guerreiro con el gato Lotus. El susto de que él no se acostumbre se apoderó de mí.  Nos habían dicho que él tenía que entrar primero para que nos traiga la buena suerte.  Eso me había dicho Ana, la señora de Ucrania que viene a mantener la casa brillante tres veces por semana y a organizar la cosas a su manera. Ella me reta y yo le escucho. Solo protege a Tiag porque siente que él es el hombre de la casa, el príncipe heredero y puede hacer lo que le plazca. Limpia su habitación desde que se fue como si todas las semanas fuese a volver. La deja nítida. Ella nos explicó que en Ucrania, cuando uno se muda, se tiene que traer un gato y que él tiene que ingresar primero. Todos salimos para que él entre.  Solo que él no quería entrar. Mucho se había hablado de lo que iba a ser para él la mudanza. Sentíamos que no le iba a gustar el cambio. Que adoraba la casa anterior, que iba a padecer mucho stress. Lo curioso es que luego de que entró, la casa le gustó.


Y después el señor Guerreiro se fue con Mara a buscar algunas cosas más que habían quedado en la casa y yo me refugié en mi habitación.  Lotus deambulaba por todas partes descubriendo. René se me acercó y me preguntó si podía ir al jardín para limpiar la basura que había en el exterior. Agradecí y me encerré un momento para respirar.  Todos se habían ido. Me quedé sola. Estaba en mi casa rosada: La Victoria. Sentí emoción, hasta que escuché un ruido. El señor Guerreiro ingresó dando gritos. Algo había ocurrido, la cica, una mini palmera gruesa y llena de hijos que ocupaba la parte delantera de la casa había quedado pelada. René por mejor hacer la había peluqueado. Yo no entendía lo que pasaba hasta que pedí a Marita que investigue y me mandó la fotografía. Casi colapso. El señor Guerreiro insistía que René fuese deportado inmediatamente. René esperaba su aplauso, imagino que hasta una medalla de honor y yo, solo quería esconderme. No necesitaba ese stress. El señor Guerreiro solo se calmó luego de una hamburguesa en McDonald´s, nuestro vecino. Así nos agarró la noche. La casa estaba llena de cajas. Nos refugiamos con Mara y con René en la cocina. Él pedía comida. Nosotras estábamos agotadas. Con Mara habíamos armado una caja de platos esenciales, esta no aparecía. No teníamos nada para por lo menos tomar un vaso de agua. Era un absurdo pues me había preparado para que todo estuviese organizado, pero todo estaba confundido. A duras penas sabía dónde estaban mis medicamentos y mi cabeza. Quería un cigarrillo desesperadamente (yo muy rara vez fumo). Miré hacia afuera, el futuro jardín parecía un pueblo bombardeado, solo piedras levantadas y escombros, basura, andamios. El paisaje era desolador. Pronto habrá un piso de tejas coloridas del Algarve, les comenté a Marita y a René, algún día estaremos llenos de árboles. Algún día habrá un mini lago y muchas plantas, pronto. Esto no demorará. Solo imagínenlo. Los tres reímos y luego René comentó sobre lo contento que le sentía a Lotus. Cómo se había adaptado el gato tan rápidamente, no entendíamos.


Subí a acostarme en un cuarto lleno cajas y maletas. ¿Dónde está la caja esencial de sábanas y cobijas, Marita? Me miró como si le hablara en “lenguas”. No lo sé. Esta no apareció. Había preparado otra caja esencial de cobijas y sábanas que no apareció. Dormí tapada con una chompa, pero dormí profundo. Estaba agotada. El gato durmió a mi lado ronroneando.  Esa fue mi primera noche en La Victoria, mi casa rosada, de ventanas de cuadros que me recordaba a La Victoria original, la casa de mis abuelos.


Empezaba un camino en donde me enfrentaría a mi sombra, donde creería que me iba a perder, hasta que finalmente comenzaría a ver la luz. Estas son las historias que ahora me rondan

Mi primer contacto con Portugal comenzó en París.  Tenía veintiún años y mi madre había comprado pocos días antes un cassette de fados.  Yo no sabía lo que era un fado, pero ella lo colocó en la cassetera del carro y sonó: “É uma casa portuguesa com certeza…. É com certeza uma casa portuguesa.” Era Amalia. Amalia, la gran Amalia.  Cuarenta años más tarde yo estaría entrando a mi casa portuguesa. Si alguien me lo hubiese contado, no lo habría creído. Venía con paredes recubiertas de azulejos. Y si creía que todo iba a ser color de rosa como mi casa, estaba completamente equivocada. Empezaban una serie de desafíos, de angustias, de, tal cual el pozo iniciático de La Regaleira, un descenso a los infiernos de la mente. Empezaba un camino en donde me enfrentaría a mi sombra, donde creería que me iba a perder, hasta que finalmente comenzaría a ver la luz. Estas son las historias que ahora me rondan, las historias del perro Nico y de señor Hernani, del ingeniero José Henriques y de la decoradora doña Paula, del restaurador de la casa de la Marquesa de Palmela y de los maestros Luis y Sergio, del pintor Acacio y del carpintero Vitalino. Ahora, desde mi estudio que da a unos jacarandás de flores moradas, empiezo a recordar, porque la memoria vuelve y yo siento cuánto me gusta escribir en mi casa portuguesa.


 

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