Carta 121 - Se llama Ana

Se llama Ana. Viene a mi casa tres veces por semana y durante cuatro horas pone la casa a brillar. Ana tiene los ojos celestes, el pelo rubio y siempre sonríe. Sonreía, porque el jueves Rusia invadió su país. Se despertó en la mañana con tantos mensajes y llamadas por parte de su familia y no podía creer lo que estaba ocurriendo. Ana es de Ucrania y yo tengo el corazón encogido y no puedo concentrarme, ni escribir, ni hacer nada, porque lo que se está viviendo es un horror, no hay otra palabra para describirlo.


Se venía hablando de una posible invasión a Ucrania. En algún momento se lo pregunté. Me respondió que imposible, que no serían capaces, que eso no iba a suceder, pero sucedió.

Su hija está en un pueblo muy cerca de la frontera con Hungría. Su nieto con ella y su yerno ya ha sido llamado para ir a la guerra. Su hija ha pensado en venir para donde su madre, pero al momento la salida es durísima; miles y miles de personas huyen desesperadas. Prefiere quedarse. Siente que en la frontera esta segura. Su tía, la hermana de Ana vive en Kiev, Kiev la tierra de Perchik, el estudiante marxista de la hermosísima película "El violinista en el tejado". A Tevye, el violinista, y todos aquellos judíos Askenazi, también los expulsaron los rusos.


Ahora, mientras miro las redes, compenetrada con todos los pensamientos de las personas que conozco, me encuentro con notas de gente que creía inteligente, que a pesar de todas las imágenes, sostiene que no es verdad, que Rusia solo ha atacado bases y aeropuertos, que está bien que lo hicieron porque Ucrania no ha pagado el gas, no ha permitido que se independicen las provincias cercanas a Rusia, no se ha comportando bien con los rusos y cuantas tonterías absurdas más, ja. No lo puedo creer. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Observo que países enfermos apoyan a este tirano de ultra derecha, palpo que gente enferma lo hace también. "Darkness at Noon" de Arthur Koestler, autor húngaro, explica que lo más duro es aceptar la realidad adversa o distinta al sueño que se tenía cuando este era el sueño que antes era propio. Fue miembro del partido comunista pero renunció a él porque Stalin lo desilusionó. No es fácil ser valiente y aceptar de frente que uno estaba equivocado. Por eso muchos afamados intelectuales de la época prefirieron no mirar de frente, me comenta alguien.


Cuando se dio el virus, una pseudo bruja, de esas que a veces me gusta consultar, comentó que esta era una gran oportunidad para que la humanidad cambiara y yo sonreí para mis adentros. No, la humanidad tiene su lado luminoso y su lado negro, pero sigue tan egoísta porque es parte de nuestra naturaleza el nosotros primeros, segundos y terceros.


Y ahora escribo porque no puedo hacer nada más. Es mi grano de arena para gritar que este enfermo mental, sociópata, tiene que dejar en paz a un pueblo maravilloso. Escuchar a su presidente Zelenskyy, antiguo actor y comediante, me llena de orgullo. Y por eso espero que la Unión Europea se imponga con sanciones cada vez más fuertes, que Estados Unidos se mantenga firme, que respeten la libertad, que no se trata de quién tiene más. Que este es uno más de los tantos tiranos con sed enferma de poder. Que la Unión Soviética se cayó hace mucho, por suerte, y que no nos interesa su regreso.


Le he dicho a Ana que no venga a trabajar, que se quede en casa, que yo le ayudo. Me responde con dignidad que seguirá llorando, pero que prefiere trabajar para no pensar.

Y entonces en las redes encuentro a un amigo a quien no veo en mucho tiempo. Le apodábamos el Enano y alguna vez, en otra vida, y hace muchos años salimos a farrear en París. No había escuchado de él. Hace pocos días nos dijeron en el chat de nuestra promoción que salió de Kiev donde vivía con su esposa y su hija. Decidido nos pide que tomemos posiciones, que esto no es un chiste.


Leo todo lo que escribe mi amigo Luis Fierro, brillante en sus ideas y manera de expresarlas, y todavía me atrevo a esperar. Alguien muy cercano me comentó hace unos años que sentía que estábamos cerca de un desenlace histórico muy grave, que ya correspondía una guerra. En la escuela de mi hijo se dialogó acerca de cuán cerca estamos de una tercera guerra mundial. En mis clases de portugués el marido de mi profesora, que es militar, fue llamado para que estuviese listo.


En el mundo hay un loco llamado Putín y un narcisista cretino llamado Donald Trump, que en su momento se atrevió a alabar las maniobras de este salvaje que sin conocimiento grita que está luchando contra los drogadictos neonazis. También hay un enfermo llamado Xi que está listo para invadir a Taiwan. Y por otro lado una serie de blandengues que no toman posiciones definitivas. Atacan a los gringos cuando ellos quizás en este momento son los más equilibrados. Me acuerdo hace treinta y cuatro años cuando mi hermano Juan Esteban me anunció que viajaba a Berlín a romper el muro. Eran épocas esperanzadoras.


Definitivamente no aprendimos nada del virus, por ahora solo pienso en una tierra que no conozco, pero que me demuestra que la valentía existe, que ha sufrido desde siempre, a la que se le han impuesto impresionantes torturas como la hambruna de 1932, que hay un presidente firme que nos mira a los ojos y no se va, como sí lo han hecho acobardados tantos presidentes de mi tierra. A veces hay que atreverse. Mi solidaridad con Ana, con Jorge (el enano), con la valiente tierra de Ucrania que espero conocer algún día ya libre y en paz. Mi apoyo y admiración a Yegor Dyachkov, ruso exiliado en Canadá que se atreve a manifestar en el Consulado Ruso para que paren la guerra, porque los ciudadanos rusos son maravillosos, más no su gobernante.


Y por eso en medio de tantas lecturas concuerdo con lo que dice el comentador Fareed Zakaria: “Son tiempos oscuros, pero es bueno recordar qué ocasionó esta crisis, el enorme deseo por parte de los ucranianos de vivir en una sociedad abierta y democrática. Las personas de Ucrania nos enseñan que esto es algo por lo que vale la pena pelear, la pregunta es qué haremos nosotros para ayudarlos?”.