Carta 113 - La de las sorpresas soy yo

Era el miércoles 23 de diciembre. Me encontraba sentada en una mesa en mi ya habitual Padaría Portuguesa, esperando a que Tiag saliera de su clase de portugués. Los días anteriores los había dedicado a arreglar asuntos bancarios, a comprar algunas cosas para la cena de Navidad, y a un encuentro con Blanca Valbuena cuyos espectaculares blogs me han enseñado lo que es la vida en Lisboa para un inmigrante. (blancavalbuena.com)

Blanca, siempre amable, se da tiempo cada vez que la invito a tomar un café, y ya me trata como otra residente más.


Aquel miércoles pensaba, emocionada, que mi hija Morgana llegaría al día siguiente. Ya había preparado un mousse de chocolate y un helado de café dedicados a ella y por la noche quería comenzar los platos salados. El jueves iríamos temprano al aeropuerto a recogerla. Yo estaba contenta. Tiag salió de clase y tenía ganas de comer algo. Yo ya quería irme, pero él pedía que esperáramos un poco más, que afuera hacía frío y que en la Padaría estaba rico. Aunque cansada, le dí gusto. Luego, me propuso ir al delicatessen al lado para comprar unas golosinas. Él demoraba y demoraba. Empecé a impacientarme. Observé que solo estaba texteando en su celular, así que le llamé la atención y, finalmente, le ordené salir de la tienda.


Al salir, oh sorpresa, allí estaba Morgana. Los dos habían tramado darme una sorpresa. Me quedé de una pieza. No suelo recibir sorpresas, porque quien suele darlas soy yo. Y Morgana no es así. Me abrazó y sentí lo que era la felicidad total. Estaba en Portugal con dos de mis hijos. Marta, la profesora de portugués, vino a nuestro encuentro. Ella era parte de la trama y le había colaborado a Tiag para organizarla.

Así comenzaron los días más lindos de la temporada. Ya no sentía ni miedo ni ansiedad. Estaba acompañada. Esa noche fue tan solo risas y alegría. A la mañana siguiente, salí a caminar por mi sendero y, una vez más, agradecí esas circunstancias tan gratas de mi vida. Como un regalo de Navidad, llevé a Morgana a conocer el exterior de la casa que había alquilado y luego a almorzar en Carcavelos, en un restaurante frente al mar. No hacía mucho frío. Los surfistas se divertían. Yo juzgaba que esta era una Navidad dichosa. Recorrimos la playa a pie, conversando y soñando con este futuro distinto que ahora tenemos al frente.

25 de Diciembre. Les propongo desayunar un brunch en Sintra, en el café Saudades. De allí, partimos hacia el convento de los Capuchos porque, aunque sabemos que está cerrado, quería recordar la visita que hicimos con mi madre hace once años. Los cuartos eran diminutos, al punto que solo el Tiag de cinco años lograba entrar. Esta tierra parece salida de una película, sea del Señor de los Anillos o de Game of Thrones. El gps deja de funcionar. Dicen que la energía en Sintra es pesada. Subimos por colinas empinadas, llenas de árboles mágicos, y luego les propongo caminar y explorar. Desde la cima de la montaña, se divisa el mar. Bajamos en el auto hasta la playa de Guincho, la locura del surf. Olas inmensas, mar bravo. Me siento en la arena. Es verdaderamente espectacular, las palabras quedan cortas. Terminamos el día recorriendo Cascais con todas las luces y decoraciones navideñas que adornan ese pueblo de cuento de hadas.

Sábado, día de mall. A comprarle a mi hija lo que ella no ha adquirido en todo el año. Domingo. Nos quedamos en casa viendo películas. "Home Alone", en homenaje a la niñez de Tiag. "Bicentennial Man" en homenaje a la Morgana chiquita. Reflexiono sobre cuán actual es la propuesta de esta película realizada hace 20 años, basada en la novela de ciencia ficción de Isaac Asimov. El mundo de la inteligencia artificial que hoy ya es una realidad que, directa o indirectamente, no afecta a todos. La recomiendo.


Fueron días únicos, de paseos, de quedarnos conversando, de caminatas, de pedir pizza Dominos, el plato preferido de Morgana. Cada mañana, yo contaba los días. Aún me quedan cinco, aún me quedan tres... Pero, como todo llega, se nos presentó el adiós. Ese día, como todos los posteriores al primero de enero, había confinamiento obligatorio a partir de la 1 de la tarde. Deseaba llevarle a Morgana a conocer las locas olas de Nazaré o, tal vez, Obidos, el pueblo medieval, pero ya no se pudo. En todo caso, por la mañana fuimos a ver a la Jóse, nuestra común amiga, una maravillosa persona, tan solo unos pocos años mayor que mi hija y que aunque todavía no lo entiendo, ha aceptado ser mi amiga aunque le doblo en edad. Fuimos a Santos, un barrio en Lisboa donde supuestamente está la casa que compró Madonna. Me maravillo, una vez más, con esta ciudad. Caminamos largo, subiendo y bajando escalinatas. Nos despedimos. Se aproxima el toque de queda y Morgana todavía tiene que hacer su maleta. Vienen a mi mente recuerdos del 31, de los mariscos que devoramos en un hermoso restaurante en Guincho, y de todos los deseos que intercambiamos antes de las doce. Ahora se marchaba.


Salí a llevarla al aeropuerto cuando comenzaba a oscurecer. Me habían recomendado que fuera sin Tiag porque, habiendo toque de queda, si me paraban tenía la justificación de la necesidad de llevar a Morgana al aeropuerto. Pero, no podía ir acompañada. Finalmente, una precaución innecesaria porque no me detuvieron. Al despedirme de Morgana, el mundo se me hizo “ancho y ajeno”. Triste y oscuro. Frío y duro.


Camino de vuelta a casa, me perdí varias veces en las calles de Lisboa. Comprendí que, ahora sí, empezaba mi verdadera aventura en Portugal. Estaba triste. Me sentía sola. El frío y la lluvia me pegaron duro. Solamente Tiag y yo otra vez. Él con sus sueños, yo con los míos.


Me quedo con lo que me dijo Morgana un momento antes de ingresar a Seguridad: “Estoy orgullosa de ti.” Yo estaba más orgullosa de ella. Se había dedicado esos diez días a llenarme de alegría y de amor. Esa frase, que yo siempre se la dije a ella, ahora, ella me la obsequiaba a mi.



(Continuará…)

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