Carta 106 - La Tataranieta del Traidor



Siempre trato de alejarme de la política. Curioso. De joven, me gustaba. En algún momento, llegué a tener intenciones de participar en ella, pues mis abuelos, tatarabuelos y demás hicieron parte de esta casta. De hecho, soy la tataranieta de quien supuestamente vendió la bandera a un barco chileno para una transacción comercial que pasaba por las costas del Pacífico. Así lo declamaban los profesores en el colegio, causando que yo me llenara de vergüenza. “Pase al frente la tataranieta del traidor”, solían ordenar los profesores de primaria. En esos momentos, una Viviana de diez años, pequeña de estatura, de trenza para disimular los churos que detestaba, las medias subidas hasta la rodilla y la mirada al piso, pasaba al frente, colorada y temblorosa, a que todos los compañeros la observaran y la increparan. “¿Qué se siente ser la descendiente de un traidor?” me preguntaban. “Tú también serás traidora”, vaticinaban. La tataranieta del traidor, de quien vendió la bandera. Llegaba a casa y le preguntaba a mi madre: “¿Es verdad que soy descendiente de un traidor?” “No hijita, cómo vas a creer”, respondía ella, siempre positiva. “Tu tatarabuelo fue obligado por las circunstancias. Fue un malentendido. Él fue ingenuo, creyó y por eso cayó. Les ayudó con la bandera porque era un barco necesitado. Les prestó, nada más. Porque en la vida hay que ser generosos. Tú desciendes de gente limpia y honesta

Años más tarde, admiré al Dr. Luis Cordero, y mucho, tal vez no tanto por sus habilidades políticas, sino por su cultura y por su fuerza y por su tesón. Y porque no es fácil ser acusado y me siento orgullosa de ser su tataranieta, mucho. Me honra llevar su apellido. El primer diccionario quichua-castellano y castellano-quichua es de su autoría. El nombre de mi hijo, Tiag, lo saqué de ese diccionario. Es una preposición activa que quiere decir, lo que hay; lo que existe; lo que aún queda, el presente, el hoy, en definitiva, lo que nos queda cuando todo ha terminado. Algo así como lo que está ocurriendo en el país. Me gustó tanto el significado y el sonido de esta palabra, que así se llamó mi hijo. Pero, esa es otra historia. Lo que ocurre es que tengo este defecto, o tal vez virtud, de enrumbarme por senderos aledaños para descubrir más sobre el mundo o sobre la vida. En otras palabras, me alejé del tema central de este blog que es mi sentimiento sobre la situación actual del país. Y mi sentimiento es el de vergüenza, egoísmo, decepción, cansancio. Comprendo, y vuelvo a comprobar, que toda acción tiene consecuencias. Que es muy cierta la advertencia de pensar muy bien antes de tomar una decisión, porque todo lo que uno haga va a tener una repercusión. Recuerdo la aparición de Correa. Para mí, él llegó por la televisión una noche en que observaba a los candidatos. Me impactó su mirada, pero no le creí nada. Yo que casi siempre tengo la brújula dañada, esta vez no me equivoqué. El señor me dio, y me sigue dando asco. Además, es enfermo. Lo percibo porque durante muchos años me tocó convivir con una persona enferma mentalmente. Reconozco los signos de su enfermedad y me asusta. Sin embargo, tiene sus seguidores, fanáticos en su mayoría, tal como los tiene Trump. Y no hay nada más peligroso en el mundo que el fanatismo aunado a la ceguera voluntaria. Recuerdo una manifestación en la avenida de los Shyris. Estaba con una amiga francesa. Ella había venido a radicarse en Ecuador con su marido ecuatoriano, quien había decidido regresar a su país luego de décadas de ausencia porque había creído en un futuro esperanzador. A los diez años, se regresaban a Francia, completamente decepcionados. Bajamos el vidrio del auto. “¿Para qué es la manifestación?” preguntó ella. “Para que vuelva el Correa”, respondieron. “Pero, cómo así va a volver, si ya no hay nada más que robar”, contestó ella, molesta. Y eso es, ya no había nada más que robar, pero ella olvidó el impulso permanente del ego y de la vanidad, graves características del síndrome narcisista. Viví la mentira de cerca porque dirigí un comercial de campaña donde Correa era el protagonista, en su primera elección. Me asqueó su ego y su vanidad. En fin… la gente cayó subyugada por sus encantos. Y con esto de que el voto no solo es universal sino obligatorio, cualquier persona, aún sin ningún tipo de conocimiento o información, elige presidente. En todo caso, en estos días me he examinado. Me ha dolido mi apatía, mi indiferencia, mi escepticismo. Lo que pasa es que ya tengo 55 años y estoy cansada de aquello que tildan ejemplo de locura: repetir lo mismo de antes creyendo que, esta vez, va a dar un resultado diferente. Lo que, obviamente, nunca sucede. ¿Soy egoísta porque a veces lo que siento es un poderoso deseo de huir de aquí? ¿Me habré convertido a mi edad en un ser totalmente escéptico? Me recuerdo de 15 años, gritando por las calles, agarrada del brazo de mis amigas: “No hay azúcar, no hay arroz, todo es culpa de Roldós”. Después, desfilando para evitar la guerra con el Perú. Más adelante, muchas luchas más y muchas protestas, siempre abocadas con gran esperanza, cantando el himno nacional con la mano en el pecho. Esta ha sido la historia. En esas épocas las bombas lacrimógenas eran lanzadas una vez al mes. Mi mamá salía a hacer las compras con total aplomo, como si circular entre bombas lacrimógenas fuese algo perfectamente normal. Huelgas, paros y manifestaciones, seguidas de declaraciones de toque de queda. Todos quienes protestaban corrían a ponerse a salvo, más de una vez mostrando en sus rostros cómo se divertían. Hace unos años llegó Correa y todo calló. Porque él sí sabía mandar a callar. Eso tengo que admirarle. Sabía mandar. Hacerse respetar. Le tenían miedo.

Algunas mujeres indígenas declararon en los medios de comunicación que estaban obligadas a venir a Quito con sus hijos pequeños para participar en las manifestaciones. Como mujer, no puedo aceptar tal imposición. Como mujer y madre, repudio a esos hombres que permitieron a sus niños y a sus esposas enfrentar tanto peligro, solo por fines políticos. Eso se llama manipulación y chantaje moral. Pienso que esas madres debieron ser más fuertes y defender primero a sus hijos pequeños, poniéndolos a buen resguardo. Supongo, lamentablemente, que sigue vigente en ciertas partes de este país, aquel dicho, “que pegue no más, marido es”. Exponer a unos niños a situaciones de violencia es inaceptable, en cualquier situación. Traerlos era riesgoso, esto de pacífico no tenía nada. Al contrario, vinieron a imponer. Me encanta Cynthia, la alcaldesa de Guayaquil, Y cuánto quisiera que mi tinte para el pelo tuviese en mí el mismo efecto que a Jaime Nebot el suyo, es decir, hablar claro y con tanta inteligencia. Ambos son políticos fuertes y decididos. Me quedó tan claro lo que Nebot preveía y se dio exactamente lo que él vaticinó. También me dio gusto observar, con sana envidia, cómo ellos defendían su ciudad, mientras que Quito se hizo añicos. Ya no se trata de partidos políticos, se trata de seres humanos. Me duele el tener un presidente débil. Para qué once días de desastre si hemos vuelto a lo mismo, pero con muchas pérdidas. Así que, para terminar, la tataranieta del traidor, se queda llena de gris, de una cierta amargura, de un cierto dolor. Y se queda con el presente, porque eso, Tiag, o tiag en minúscula, es lo único que nos queda ahora para ojalá caminar con inteligencia hacia un futuro más esperanzador. Difícil, si no estamos preparados. 

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