Carta 69 - ¿Qué soy?



A poco de haber cumplido años, y recién estrenada mi última pieza teatral, me preguntan, y por primera vez me cuestiono, de verdad, ¿qué soy? ¿Escritora, cineasta o directora de teatro? ¿Me dedico a la novela, al cine o al teatro? Desde niña supe que quería escribir, pero adolecía de falta de imaginación. No sabía qué contar. Entonces, copiaba historias de las revistas de mi madre -Vanidades, Buen Hogar y Selecciones del Reader’s Digest- por el placer de sentir el esferográfico deslizándose sobre el papel y también porque esas historias sí que eran bonitas. Tenía unos nueve años y seguía sin saber cómo escribir una bonita historia, hasta que leí Chico Carlo de Juana de Ibarbourou. Ese día sentí una epifanía, un cambio, una puerta que se abría. Pasaron los años y un profesor, en su primera clase de Literatura, empezó con esta frase: La Literatura es el estudio de la belleza. El estudio de la belleza, qué bonito sonaba. Aun así, no pensé seriamente en ser escritora sino hasta los 17 años recién cumplidos, cuando murió mi padre. Él quiso ser escritor y me escuché asombrada diciendo en voz alta: Yo cumpliré tu sueño.


Lo que ocurre es que uno no puede cumplir el sueño de otra persona, menos aún con algo que demanda tanto esfuerzo, pasión y disciplina. Entonces, digamos que la escritura es un deseo, no voy a decir don porque es la tarea que más me cuesta, que tal vez, como dicen algunos, heredé de alguna de mis vidas pasadas. El hecho concreto es que, a los 17 años, resolví que sería escritora. Había pensado estudiar periodismo, pero acabé estudiando Letras Modernas en la Sorbona en Paris. Abandoné la carrera faltando apenas un mes para culminar porque, fascinada como estaba a la época con el escritor Jack Kerouac, creí que mi obligación no era seguir el curso académico sino, de una vez y sin más espera, dedicarme por completo a la escritura. Allí comencé formalmente mi primera novela: El Paraíso de Ariana, cuyos modelos literarios son en parte la mencionada antes Chico Carlo y La Casa de Claudine de Colette. No se puede juzgar si hice bien o mal al no quedarme hasta recibir mi diploma, sólo puedo observar que la vida me llevó por un extraño rumbo: el de la literatura a la par con el del cine.



¿Cómo así el séptimo arte? Pues sin ningún estudio formal de cine, seguí y acompañé, cual Sancho Panza, a mi hermano Juan Esteban en 1990 y 91 en todas las etapas de nuestra primera película: Sensaciones. Al pasar por cada uno de los procesos, sentí que ése era un mundo en el que quería continuar. No me gustó estar frente a la cámara, o sea, actuar. Lo que me encantó fue ubicarme detrás de la misma, algo que ya me fascinaba de niña, sin saberlo. Pasarían doce años hasta mi segunda película: Un Titán en el Ring. En el intervalo, el medio metraje El Gran Retorno, ganador del Sol de Oro en el Festival de Cine Demetrio Aguilera Malta 1995. Éste me llevó a crear y dirigir la teleserie del mismo nombre con 24 capítulos. Me sentía feliz en un set, segura y actuando con aplomo, tal como si me soplaran desde arriba instrucciones precisas de qué debía hacer. Nunca sentí miedo ni conocí la angustia a la hora de resolver cómo realizar los planos de fotografía o de qué manera dirigir a los actores. Pero…, antes del Titán, una pregunta: ¿Qué es lo que más me gusta de hacer cine? Y una respuesta: Escribir el texto a representar y trabajar con actores. Así las cosas, ¿por qué no aventurarme en el teatro? Me sigue pareciendo curioso que, sufriendo yo de Addison’s, una enfermedad que acentúa los miedos, fuera tan audaz en mi carrera profesional. Me tomaría algunos años hasta lanzarme a la aventura teatral, pero lo hice. En el año 2000 se estrenó mi primera pieza, Mano a Mano, que casualmente ahora la están montando en Argentina.


De manera que, luego de tantos años y del gran caudal de agua que ha corrido bajo los puentes, afirmo que no tengo por qué escoger. He escrito y dirigido cinco películas, he escrito cinco novelas publicadas y he escrito y dirigido una docena de obras teatrales, así que no exagero al decir que me siento en casa en los tres ámbitos. Considero un error encasillarme. Disfruto saltando de un medio al otro. Pero, hoy por hoy, me quedo con el teatro y las novelas. Dejo el cine. No porque le haya perdido el gusto, eso jamás, sino porque hay una labor que detesto con el alma, aunque reconozco que no lo hice mal, y es la producción. Cada película ha exigido años de tocar puertas, buscando financiamiento, rogando por auspicios. En ciertos momentos pasados, sí estaba totalmente dispuesta a bregar hasta el cansancio para conseguir los relativamente escasos fondos que demanda una película. A estas alturas de la vida, a esas gestiones les digo que no.



Luego de estrenar cinco películas, cada una una aventura digna de ser contada y recontada, maravillosa, intensa y dolorosa en todo sentido, en estos días prefiero pasar horas tranquilas y solitarias escribiendo en mi estudio azul. Tengo tantas historias que quiero narrar, tanto material para escribir, que sólo espero me alcance el tiempo. Estoy a nada de dar por cerrada mi sexta novela. Han sido casi diez años de labores porque, en esa década, salieron tres películas y sendas piezas teatrales. Hoy, es hora de decir, se acabó esta novela, y empezar la siguiente. Jacinta, el personaje principal, ha vivido conmigo durante muchos años y ya es tiempo que sea conocida por muchos lectores.


Ahora bien, ¿qué es divertido y apasionante ser las tres cosas? ¡Sí! ¿Qué es fácil? ¡No! A título de castigo, en ninguno de los campos especializados me reciben como miembro oficial. En el medio cinematográfico, soy la teatrera o la escritora; en el de los literatos, la cineasta, y; entre los dramaturgos, la cineasta o la novelista. Para muchos, una diletante. Menos mal, he aprendido a reírme de los comentarios que me lanzan. Recuerdo, como si fuera ayer, una mesa redonda sobre teatro en la cual me aclararon en tres ocasiones que no participaba como directora, pues quedaba evidente que no lo era, sino sólo como escritora. Recuerdo también cuando gané el Sol de Oro y me llegó el chisme que una delegación de los cineastas “oficiales” -la mayoría sin una sola película a su haber- fue a reclamar por qué mis premios si yo no era una auténtica cineasta. Otro episodio imborrable fue cuando una famosa actriz ecuatoriana salió del salón, bravísima y poniendo grito al cielo, cuando mi actriz natural ganó la mejor interpretación femenina y recibió de manos de Daysi Granados el respectivo Sol de Oro.


Para qué discutir. Soy lo que soy. Considero que he sido muy bendecida porque logré, en un país con escaso apoyo al arte, crear bastantes obras, algunas con éxito comercial e inclusive proyección internacional. En los últimos tres años, mi película No Robarás… a menos que sea necesario fue exhibida en Cinemax, HBO y otros canales de cable. Así que, la verdad, me da franca pereza seguir dando explicaciones. Si unos me aprecian como escritora, pues qué bueno. Si otros como directora de cine o dramaturga, lo mismo. Elegí participar en los tres campos y lo he disfrutado mucho, no obstante, el precio que seguramente habré pagado por no dedicarme con exclusividad a uno solo. Nunca sentí que tenía que escoger y, por eso, se me hace extraño responder a la pregunta de cuál te jala más. Los tres me jalan. Sin embargo, desde el punto de vista analítico, la base y el gran cimiento es la escritura. Sin escritura no hay guion para el cine ni libreto para el teatro. Por otro lado, el teatro me ha salvado de los sinsabores que deja el cine y la literatura siempre ha logrado que me reencuentre cuando he tenido la P de perdida marcada en mi frente.



Consultando un día el tarot egipcio, pregunté qué debía ser y salieron muchas cartas de escribas con pergaminos. Qué pena que no grabé lo que me decía la experta del tarot, pero el mensaje claro era que debía seguir escribiendo, que no parara, que aún tenía muchas historias que contar. Fue un buen augurio y, en todo caso, me motivó. Lo que sí puedo asegurar es que la pasión es la clave para pelearla, porque no es sencillo, pero, en todo caso, ¿es que acaso la vida es sencilla?

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