Carta 72 - El gato Lotus



When you notice a cat in profound meditation,

The reason, I tell you, is always the same:

His mind is engaged in a rapt contemplation

Of the thought, of the thought, of the thought of his name:

His ineffable effable

Effanineffable

Deep and inscrutable singular Name.


T S Elliot


Traducción libre:


Cuando observes un gato en profunda meditación,

El motivo, te digo, es siempre el mismo:

Su mente está empeñada en una embelesada contemplación

De la idea, de la idea, de la ideade su nombre

Su inefable efable

Inefabilísimo

Profundo e inescrutable Nombre propio


“Barrabás llegó por vía marítima”, escribe la niña Clara en La Casa de los Espíritus de Isabel Allende. En mi caso anotaría que, a diferencia del perro Barrabás, el gato Lotus llegó en carro, desde su cuna en el Oriente ecuatoriano. Fue un regalo a mi hija Morgana que le dio una persona de cuyo nombre no quiero acordarme, como decía Miguel de Cervantes. Es decir, yo no soy su madre, sino su abuela. Al más puro estilo de los migrantes ecuatorianos, Morgana se fue a cumplir el sueño americano y dejó su hijo felino al cuidado de su abuela, o sea, yo.




Ahora bien, he sido una persona marcadamente perruna. Por mi vida pasaron Avalon, Ícaro, Píccolo, Chiquita, Sasha, Caín, Guambra, Pía, Boneco y Onix -les aseguro que no he olvidado uno solo- cada cual merecedor de su propio relato y también partícipe de momentos muy importantes de mi vida. Entendí a los perros cuando leí la maravillosa novela Flush de Virginia Woolf. Sin embargo, tengo que revelar que hace muchísimos años sí tuve un gato, uno negro, de nombre Skippy. Acabó siendo personaje de mi novela El Paraíso de Ariana. Skippy fue una compañía única para mis doce años. Era inteligente, altivo y orgulloso. Se dignaba comparecer para acompañarme, menos mal, muy a menudo. Recuerdo en esa época haber leído, y releído, un libro que ahora me encantaría poder ubicar y que se llamaba El Libro de los Gatos. En él describían las distintas razas de los felinos con sus respectivas personalidades. Así, descubrí que el gato de la Isla de Man no tiene cola. Respecto de los siameses, el autor recomendaba mantenerlos juntos pues, si viven solos, sufren trastornos psicológicos. Añadía que los gatos son seres naturalmente independientes, absolutamente convencidos que el hogar donde viven les pertenece y que, si bien están dispuestos a brindar unos minutos de cariño a sus parientes humanos, siempre dejan bien claro que nunca serán serviles como los bobos de los perros.


Ahora, ya adulta, me ha tocado establecer una relación madura con un gato y ese es el motivo de este blog. Lotus es un Himalayan Blue, una raza híbrida, un cruce de siamés con persa. Antes de analizar sus varias facetas, lo primero, primero. ¿Por qué se llama Lotus? Su mamá (Morgana) gustó de la imagen de la flor de loto que nace en el fango y crece hasta la superficie, pero manteniéndose siempre pura y limpia. Es un gato de grandes ojos azules e impecablemente blanco, aunque me cuesta admitir que, muy lentamente, está adquiriendo una tonalidad naranja, cosa que, de vez en cuando, me produce carne de gallina porque me recuerda a cierto político gringo con pelambre similar.




Dicen que los gatos blancos son sanadores. Y como yo sí creo en esas cosas, por lo menos cuando me conviene, me gusta pensar que Lotus llegó a mi casa para limpiar y curar. De hecho, tengo pruebas que, durante su primer año y no obstante su corta edad, hizo una auténtica “limpia”. Él expulsó todas las malas energías y comenzamos a vivir la mejor etapa desde que nos mudamos a este apartamento. Por las mañanas, duerme profundo -claro que no falla su buena siesta por la tarde- porque, según me han explicado expertos en la materia, por las noches el gato trabaja limpiando las malas energías, como quien aspira o barre. A veces, le sorprendo de noche persiguiendo a toda carrera a un fantasma indeseable y, en otros momentos, más tranquilo, conversando con otro, tal vez menos maligno.


Al principio, vivía dentro del cuarto de Morgana, excursionando al exterior para acompañarla a sus prácticas de música. Sin pedir permiso ni venia, Lotus se recostaba cuan largo es sobre la tapa del piano de cola, y allí se quedaba, hora tras hora, hasta concluir la lección. Tal vez le gustaba la música -mayormente composiciones de mi hija- o tal vez disfrutaba sentir las vibraciones del piano, pero el hecho tangible es que manifestaba su satisfacción batiendo su cola al ritmo del son, aunque usualmente no muy acompasado. Todos estábamos seguros que era un gato con vena musical, pero, cuando Morgana viajó a su universidad, Lotus olvidó el piano. Supongo que, sin música, el mueble ya no le interesaba. Huérfano, se instaló en mi estudio azul, a fin de darme ánimos mientras escribo. Como incuestionable dueño de casa, salta a mi escritorio, se pasea a sus anchas, pisa el teclado de mi compu y ni siquiera se detiene a observar que rastro de letras deja en la pantalla. ¿Tal vez ahora quiere ser escritor?



Ahora bien, según lo que indican unos sitios web especializados en gatos, a los Himalayan Blues poco les gusta la presencia de extraños. Lotus es la excepción excepcional a la regla. Nada le agrada más que una fiesta en casa. Viste su corbatín rojo bombero y sale animoso a sociabilizar con todos los invitados. Los mismos sitios web indican que esta raza no es juguetona. Sin embargo, todos nos quedamos absortos cuando Lotus decide jugar fútbol con una servilleta enroscada, o cualquier otro objeto esférico, haciéndose pases a sí mismo, perfectamente ambidiestro, corriendo atrás de su pelota, y esperando pacientemente que la recobremos cuando la mete en un lugar para él inalcanzable. O cuando en época de Navidad decide treparse al árbol y convertido en bombillo mirarnos con sus enormes ojos azules sin pestañear.




No obstante su limitada corteza cerebral, no quepa duda que Lotus comprende a la perfección el orden jerárquico que corresponde en mi casa: él viene primero y el resto que se pelee los puestos restantes. Ocupa mi puesto en la cama y se molesta si lo muevo. No le gusta comer solo, así que reclama para que le acompañemos a la cocina donde está su tazón. Cuando las cenas familiares de los jueves, él reclama que no le pongamos puesto en la mesa, así que, sentado sobre la misma, espera que acabemos y luego exige que pasemos a la cocina a acompañarlo a su cena. Su cuenco de agua debe estar siempre lleno y absolutamente limpio. El que haya caído una miga, o una partícula de cualquier cosa, genera crisis, con llantos desaforados hasta que algún penitente bote el agua sucia y la reemplace con agua fresca, con Lotus observando cuidadosamente cada movimiento. Él decide la hora de salir a la terraza, así que se instala al pie de la puerta y reclama a voz en cuello hasta que alguien la abra. Todo esto en idioma farsi o esperanto, ya no lo sé. El peor pecado, a sus ojos, es que le cierren la puerta de la terraza y que, en consecuencia, no pueda regresar cuando le dé la gana. Lotus no olvida el desaire y castiga con su indiferencia a todos los habitantes de la comarca. Su limitada memoria, por suerte, permite que pronto olvide el desaire y vuelva a su actitud habitual.




Con mi hijo Tiag se sienta a conversar por horas. No entendemos lo que le cuenta -seguimos buscando un traductor idóneo- pero no cesa de hablarle. Tampoco es que sea un gato que no entiende que carga con ciertas obligaciones. Por ejemplo, tiene muy claro que una de ellas consiste en despertar a Tiag a las 6 y 20 de la mañana. En el cumplimiento de su deber, ingresa al cuarto de Tiag a la hora precisa y maulla hasta que se levante para ir al colegio. Si él no responde a tiempo, Lotus trepa a su cama y le insiste con presión física hasta que Tiag se levante. Lo curioso es que Lotus tiene un reloj interno muy preciso, pero se hace bolas con el calendario, de manera que hasta la fecha no entiende la diferencia entre día de semana y fin de semana -ni se diga un feriado- lo que le causa harta frustración. Me recuerda la teleserie Downton Abbey cuando, en medio de una cena, la duquesa viuda pregunta, muy extrañada, qué mismo significa eso del weekend.


Como todo personaje de cierta alcurnia, Lotus tiene una serie de títulos y nombres alternos. Bogie a veces le llama Idi Amin Dada por su color, y en otras, Kobayashi, por un vínculo que no acabo de entender con la película Isle of Dogs de Wes Anderson. Uno de mis actores le ha designado Mister Higgins. Yo simplemente lo llamo Gato, como Holly Golightly en Breakfast at Tiffanys. Lo que sí no está en discusión es la prueba material de su existencia en mi casa pues, hasta en la esquina más recóndita y en la ropa escondida en el armario que no ha visto en años la luz del día, encontramos pelusas blancas. Lotus deja una estela de pelos blancos que impregna el apartamento entero. Ninguna aspiradora puede seguirle el paso y ninguna prenda de vestir está a salvo. Confieso que es un módico precio a pagar por su compañía.


En todo caso, me resta sólo compartir que ahora sí entiendo al poeta T. S. Elliot y su maravillo libro The Old Possum’s Book of Practical Cats. ¡Qué perspicacia y psicología tan grandes de este hombre para entenderlos! Aplaudo también a Colette por sus obras sobre gatos. Entiendo ahora por qué los veneraban los antiguos egipcios. Lotus es mi compañero, mi maestro, mi sanador, mi parapsicólogo y mi psicólogo.


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