Carta 54 - Lapsus y Brutus



¿En dónde estoy? En la habitación número 4 del hospital del día. Estoy sola, esperando a que Nadia salga de una cirugía. Recuerdo cuando éramos tribu, mi madre, mis hermanos, nuestros esposos y esposa. Hoy, somos tan solo Nadia y yo. Mi hijo está en el colegio. Y la familia que antes vivía en un bello edificio de color amarillo, ahora se encuentra dispersa en distintos lugares de esta larga, poblada y complicada ciudad. Mi hermana me manda mensajes, mi hermano está en Salt Lake City, mi Bogie en su depa, todos pendientes. Pero, ya no es como antaño, cuando el tiempo permitía deplazarse al aeropuerto a recibir o a despedir a la familia o, en este caso, al hospital. Los chats han reemplazado todo y es mucho más cómodo mandar mensajes (me incluyo). En este momento ha entrado un mensaje de mi hijo y me siento agradecida por este pequeño aparato rectangular que nos acerca a todos los seres queridos.


Ahora bien, ¿de qué operan a Nadia? Esta niña desde pequeñita tuvo alergias y problemas de respiración, supongo por haber nacido prematura, no lo sé. Han sido muchos años de molestias, pastillas antialérgicas y, sobre todo, resignación. Hasta que, hace algunos meses, un doctor que Nadia visitó por su habitual sinusitis le diagnosticó: Usted no tiene sinusitis, lo que tiene es el tabique desviado. Esto fue hace más de un año. Pasaron los meses, olvidamos un poco el asunto y hace un par de semanas le sugerí ir al otorrino de la familia para contar con una segunda opinión. Efectivamente, visto en la cámara, el tabique lucía tan desviado que el aire nunca ha entrado por un lado de su nariz. Y así ha vivido. Así que hoy arreglamos el problema y empezará la segunda parte de su vida. Una vida con suficiente oxígeno debe ser mucho más agradable. Así que aquí estoy, esperando a que salga de recuperación, sola con mi computadora dorada y pequeña que tanto amo. Esperando también las notas escolares de mi hijo Tiag quien, desde hace dos semanas, me ha sacado más canas para agregar a las que ya tengo. De ninguna manera puede quedarse a supletorios porque ya dejé todo organizado para que vaya, por segundo año, a un campamento de verano cerca a Boston. Es duro ser mamá, jajaja. Así que esto me lleva a lo de siempre, los momentos, los instantes que valen la pena y aquellos que son duros y crueles y, sobre todo, a algo que tiene que ver con eso, y es la capacidad aparentemente innata que tiene el ser humano para fregar el momento.

Mi Bogie me hizo caer en cuenta que aparte de Lotus, mi gato, yo tengo a un par de demonios como mascotas; viven en el interior de mi pelo crespo y, de vez en cuando, hay que sacarlos a pasear. No son muy molestosos, suelen pasar el tiempo durmiendo pero, de vez en cuando, se despiertan y, cual boas hambrientas, salen a buscar al tigre. Son parientes de Lasher, personaje de algunas novelas de Anne Rice. Han vivido conmigo siempre y tienen la capacidad de arruinar mis mejores momentos.

Ya mencionaré cuántas veces han aparecido, pero uno de mis primeros recuerdos data a una fiesta de Halloween, que ellos la fregaron cuando tenía diez años. Yo siempre fui una niña tímida, con autoestima cero. Todo se debía a mi pelo crespo. ¿Quién podía querer a una niña con el pelo enorme y rizado cuando lo que se estilaba era el pelo lacio como lo tenían las populares? Nadie, obviamente, y menos yo. Sin embargo, como algo extraño, en quinto grado me convertí en chica popular y todas las niñas querían sentarse a mi lado. Cada día lo disfrutaba como si fuera el último.



Parecía mentira que lo estuviera viviendo, pero no duró mucho. Para el mes de octubre decidimos hacer una gran reunión de Halloween en mi casa para salir por la noche a pedir caramelos. Planificadora como suelo ser, todo estaba organizado al minuto. Llegaríamos del colegio, nos serviríamos nuestro pic-nic y luego jugaríamos a varias cosas. Por la tarde, retocaríamos nuestros disfraces y a las 6 pm, en punto, saldríamos por el barrio. Pero, no, todas rompieron mi plan y a las tres de la tarde salieron a pedir caramelos, sin mi autorización. No lo podía creer, estaban arruinando un día tan soñado.


Tenía que ser a las 6 pm, con la caída del sol. No se pide caramelos por la tarde. Me resentí, me encerré y me arruiné el programa. Ellas volvieron a salir, se divirtieron, ignoraron mis sentimientos y yo hasta ahora lo recuerdo. Algo parecido me pasó el sábado. Se graduaba mi sobrina Rebeca, hija de mi hermana. Nos habíamos preparado para el evento con tanta ilusión, con decir que mi vestido llegó de París (jaja), verdad verdadera. Íbamos a estar juntos todos, íbamos a bailar toda la noche, pero Lapsus y Brutus (mis mascotas) aparecieron y decidieron boicotear todo. Tal vez no se sintieron invitados, no lo sé.


El hecho es que, si bien asistí a la fiesta y casi nadie notó lo que me pasaba, no me quedé al baile, me hice autogol y me arruiné. Y ahora que escribo, me imagino a Viviana chiquita corriendo por el barrio, gritando “trick or treat” con sus amigas, muerta de la risa, dejando a Lapsus y Brutus encerrados por una tarde. Puedo regresar en el tiempo y arreglarlo todo. Me imagino a Tiag bailando conmigo, a mi Bogie, que lo hace tan bien, dándome una vuelta y yo sonreída, feliz, creyendo que la vida es bonita y no llena de aburridas rutinas. Porque el problema es que no sólo me friego a mí, lo cual no sería muy grave, sino a todos los que están a mi alrededor. Conclusión, prometo tener más cuidado con Lapsus y Brutus; ya estoy grandecita y creo que puedo aprender a dominarlos, que vivan conmigo hasta que logre convencerles de migrar a otra cabeza, pero que yo no suelte las cadenas.


Todos tenemos que vivir con nuestros demonios, pero como solía decirles a mis exs: destruir es muy fácil, y se acaba todo. Construir demanda más y, a veces, no es sencillo. Pero, lo bien construido dura; duran las parejas que aprenden a dialogar y a comprender lo que les hace felices, tanto de un lado como del otro; duran las familias que pueden, después del terremoto, comenzar de nuevo; dura mientras uno quiere que dure y, así mismo, todo se puede acabar con un impulso y, al final, no queda nada más que dolor.


También sé que una sola frase puede lograr que todo se arregle. Me sucede que, con la frase correcta, las travesuras de Lapsus y Brutus se acaban y ellos vuelven a dormir. En todo caso, me siento contenta de las veces que he podido con ellos; me alegro de mis luchas para que las cosas no se acaben; me alegro de no haber salido corriendo cuando me han dicho que me vaya; me alegro haber dado varias oportunidades a las personas, aunque sé que llega un momento en que las cosas deben terminar. Eso también lo he aprendido, pero por lo menos librando una buena batalla, no rindiéndome a la primera. Preguntaba a mi hermano, y también mi Bogie, por qué caigo en lo mismo y lo mismo. La respuesta: porque creo en las personas y confío en que, si les doy una segunda oportunidad, las cosas pueden mejorar.



Todos conviven, a su manera, con sus propios Lapsus y Brutus y otras criaturas de cuidado. También sé, y tal vez por eso peleo para no perder a mis seres vivos, que la muerte es definitiva y allí sí que no hay segundos chances. Ya lo he vivido, no regresan. Y después uno se pregunta, ¿por qué no aproveché los instantes que tuve con ellos? Sé que mientras uno respira todo se puede arreglar. Descubro el domingo, por un mensaje de mi hermana, que, apenas salí de la fiesta, con una sonrisa de oreja a oreja en Lapsus y Brutus pues habían triunfado, agarrándome con fuerza de la mano para que no me fuera a arrepentir, escoltándome con prosa, tocaron mi canción preferida. Y yo ya no estaba.


El impulso bobo que me boicoteó, sé que me hubiera gustado no hacerme líos y volver a la fiesta, porque no recuerdo cuando fue la última vez que estuvimos todos juntos en una pista de baile y no se perfila nada nuevo en el panorama. Dudo que volvamos a tener pronto otra oportunidad parecida. Estaré con uno, con otro, pero ya no todos. No recuerdo, además, haber bailado desde hace mucho tiempo (¿será ya un año?) y me gusta hacerlo, pero con las personas que quiero. En las mañanas hago zumba, pero no es lo mismo. ¿Qué queda? Vivir con lo que pasó y perdonarme, para mí era importante y no lo cuidé, así que la responsabilidad es mía. Volveré a bailar seguro, pero no será con toda mi gente, así riendo y queriéndonos, eso ya forma parte del pasado.


Sin embargo, hay algo bueno para mí; es que lo importante es que acabo de caer en cuenta de algo que no quiero que se repita nunca más. Me prometo de ahora en adelante tener mucho cuidado con mis palabras. Tal vez es mejor aprender a ser silenciosa, las palabras son peligrosas. A las dos de la tarde todo era perfecto y estaba por dormirme feliz pensando en mi peinado, en mi manicure y en mi vestido de Paris, pero a las dos y cinco la víbora abrió su boca y arruinó algo muy especial. Llegué a la graduación de Rebequita, pero con Lapsus y Brutos de pareja. Ellos reían, yo ya estaba presa y no lograba calmarlos. Soy buena actriz así que pocos se percataron. Me asusta cómo puede uno arruinarse los momentos, solita, sin ayuda. Pude haber tenido una linda noche, no la tuve. Y sin embargo estoy tan orgullosa de mi hermana, de lo que ha logrado, de su lucha por sacar adelante a la niña más hermosa, de creer en ella y de apoyarla.



Esto lo pienso mientras espero a Nadia. Golpean la puerta, es la camilla, llega mi hija de la operación y estoy a su lado. A pesar de que es hora del ensayo de mi obra de teatro, a pesar de muchas cosas, escojo estar aquí, como escojo cuidar lo que para mí es importante. Escojo cuidar mis momentos y si los otros me los quieren arruinar, escojo no permitirlo. Escojo protegerme porque también hay, del otro lado, personas que buscan provocar. Escojo tratar de vivir los instantes y hacer de esta vida un juego como dice mi personaje de ¿Bailamos…?, la nueva pieza de teatro que estoy por estrenar.


¿En cuanto a Tiag? No sabemos aún si pasó sus exámenes o se queda. Dependemos de las juntas en su colegio, así que también escojo no estresarme hasta conocer su suerte la próxima semana. Y, ¿si se queda a supletorios?... Espero que Lapsus y Brutus ayuden y le den el castigo merecido. Tal vez me guste que aparezcan en ese momento.

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