Carta 43 - Más sobre el príncipe Tiag



Algunas cosas las estaré repitiendo supongo; el príncipe Tiag es uno de los protagonistas de mi historia. ¿Por qué escribo? Porque me gusta. Porque me llegan historias, porque me pican las manos si no lo hago y lo publico porque los lectores son mi alimento. Así como mi amiga Gabi o mi amiga Lorena que preparan platos deliciosos para que nos lo comamos y ellas se emocionan de mis aplausos por sus delicias, igual yo escribo para que a alguien le llegue. En fin, corre el año 2001. Tengo 38 años y pienso en tener un hijo. Yo nunca he sido muy maternal. Hasta hacía tan poco, cuando iba a dejar a mis hijas al colegio, agradecía que ya estuvieran grandes y no quería repetirlo todo. Nunca más, me decía. Nunca más. Toda madre de mellizas sabe que en un momento dado el cansancio te vence, que no puedes más, que sólo quieres salir corriendo. Sin embargo estoy iniciando algo que me dice que esta vez sí funcionará y pienso como en la serie Once and Again, ¿se puede volver a empezar? Siempre he sido una convencida de las nuevas oportunidades, de que lo que pasó pasó y que cada mañana uno puede recomenzar. Me han pasado cosas, he sufrido, a veces he creído que ahí quedaba todo y me he vuelto a levantar. Así que digo por qué no, démosle: voy al médico, y la noticia es implacable, tan cortante que duele. Usted no puede quedarse encinta, señora. Debido a su Addison, usted ya no tiene las hormonas que permiten la gestación, es más todo indica que está al borde de iniciar una menopausia precoz. Salgo del consultorio. Camino. Algo se ha cerrado en mi vida. La maternidad ya no es para mí. Me siento triste. Y me extraña este sentimiento, pues como lo dije al principio, yo no soy una persona muy maternal. Nunca he sido amante de la cocina, nunca he aprendido a hacer galletas. En todo caso, me resigno a lo que me dicen los científicos.Tengo 38 años, porque no me logro estabilizar emocionalmente, en parte debido al Addison y en parte porque llevo una bastante profunda depresión pos estreno de Un titán en el ring, una película a la que le auguraba un mejor destino en Ecuador, busco clases de yoga. He oído que esa disciplina oriental obra maravillas. Entro a la sala. Conozco a Mavie. No puedes empezar si no te hago la carta astral, me dice. Novelera como soy, acepto. Lo que dice me impacta. Me habla de cosas que no tiene como saberlo y que me han sucedido, y luego escucho lo que me suena a una farsa. Aquí está tu hijo. Hijas le corrijo. No, me dice, tus hijas ya han nacido, éste aún no viene. Me da ganas de salir. Odio a los farsantes, pero con paciencia le explico que tengo Addison y que debido a esa enfermedad ya no me es posible concebir. Pues qué raro, me dice. Se ve clarísimo a tu hijo, pero como me dices que eres artista tal vez puede ser un proyecto artístico muy grande que inicias con tu pareja. Puede ser, pienso y no le doy más vueltas. Siempre le he dado a lo esotérico el valor justo, me emociono cuando es bueno y luego tiendo a olvidarlo, pero a veces me gusta creer. No soy hombre, soy mujer, las mujeres creemos, creemos en los ritos, en la magia, por eso las brujas que a diferencia de lo que dicen los hombres, no significa mujer mala, sino mujer sabia. Las brujas sabían de hierbas, de lunas, de mareas, de destino, de péndulos, de curaciones y por eso era mejor acabar con ellas. Por increíble que parezca, yo conocí a una persona a través del péndulo y del tarot. No me gusta categorizar, pero me ocurrió y me parece que hay más color en la vida cuando se cree. Dista mucho de la teoría de las probabilidades en la que creen algunos, pero en fin… cada uno, cada uno y lo importante es respetar. No me gusta que me juzguen. Yo intento no juzgar. En todo caso, en ese momento en lo que creí fue en la ciencia y pensaba que me hubiera gustado tener un hijo, pero no le di más vueltas al asunto. Eso no iba a ser para mí y entré en la espiral del aburrimiento. Como digo estaba en una época bla de mi vida. No era para nada mágica. Estaba muy frustrada por el peso que había ganado (diez kilos en poquísimos meses) Yo siempre había sido flaca, no esquelítica, más bien curvilínea, pero no pasaba de los 56 kilos así que habiendo subido tanto y en tan poco tiempo, no me sentía guapa y la verdad era que las personas que me rodeaban eran aburridas. Se había acabado la magia del rodaje, de la peli y yo no sirvo mucho para rutinas. Siempre he sido “aventurera”, no me atrevería a recorrer como mi amiga Chris Perdue toda la India sola y el medio Oriente, ella si es valiente o mi amiga Isabel, que está recorriendo sola, sola, sola, Estados Unidos, para ver donde decide establecerse, eso es ser valiente, pero algo de aventurera tengo y la vida cuando se estanca pierde sentido, por eso me gusta emprender nuevos proyectos, viajar, enamorarme, creer en las posibilidades infinitas de hacer locuras, escribir, leer. He corrido, literalmente corrido de los estancamientos, de anquilosarme. Mi hija me ve recorriendo el mundo en un carromato, quién sabe, no creo que me atreva y puede ser que no me atreva porque hay una ventanita que me permite hacerlo en mi mente, que cada vez que me aburro me salva, y es la escritura. Lo que sí es verdad es que hay una adrenalina que me llama cada vez que un nuevo proyecto comienza, cada vez que conozco personas interesantes, cada vez que tomo un avión. En todo caso, en ese momento, 2001, me he convertido otra vez en ama de casa, el estreno de la película, como mencioné, me ha hundido y lo que estoy comenzando me decepciona día a día, comprendo que es un error, pero algo me detiene a salir corriendo, yo que siempre he sido optimista, estoy cayendo. La verdad estoy aburrida y como, me lleno de todo, como y como pizza al por mayor, me lleno de chocolates. Me estoy volviendo negativa, debe ser el Addison, la cortisona. En fin… Pasan los meses… Una mañana tomo una decisión que según yo me va a devolver a la vida, decido cortarme el pelo que me llega a la cintura, corte casi cadete. No duermo, a las tres de la mañana me levanto, voy al espejo y pienso: “la fregué” Ya no soy la chica de 18 que andaba con el pelo cortado al ras, punk y sonreída. Ahora parezco una marimacho que no va a ningún lado. Con esto tengo que vivir, para que vuelva a crecer pasarán tres años, y es que cuando una cosa falla, todo le sigue, es el efecto dominó. Pasan los meses, tengo 39 años, y comienzo a sentir náuseas a la víspera del cumpleaños de mis hijas. Las he llevado al McDonalds, para luego ir a hacer compras para su fiesta. Mientras almorzamos lo sé, lo siento. No me lo tienen que decir, el corazón va a mil. Me compro un test de embarazo, estoy encinta. Lo supe siempre, la carta astral estuvo en lo correcto. De qué me asombro, los científicos conmigo se han equivocado muchas veces. Me miro al espejo, quiero llorar, pero no puedo. Estoy decidida a emprender esta aventura, pero tengo miedo. La vida comienza de nuevo. Los doctores deciden apoyarme. No le ven riesgos mayores. Se puede controlar el Addison con el embarazo. Me dan el visto bueno de seguir adelante. Quiero saltar de la emoción. Si tan sólo no me sintiera tan mal. Y así empiezan nueve meses muy complicados de espera. Los dos primeros los paso sola, pues la pareja se encuentra en Brasil, en un trabajo. Las náuseas no paran nunca. Debo llevar un toalla conmigo pues atacan en donde sea y me siento fatal, de verdad fatal, no exagero. Debido al Addison tengo una debilidad constante, aunque trato de continuar con el trabajo; estreno una pieza teatral: María Magdalena, la mujer borrada. Esta me llena de satisfacciones y es lo que me permite seguir con el malestar. Tengo la ayuda de mis mellizas que se encuentran fascinadas con el nuevo hermanito. A los seis meses me viene una crisis de Addison, debo ser hospitalizada. Una mañana me levanto y me siento fatal. El diagnóstico asusta: tal vez no lo logre Tiag, no lo logre yo o ninguno de los dos, o tal vez sí. Eso dicen los médicos. El padre decide no ser parte de la aventura. Se va cuando estamos en el hospital. Supongo le asusta todo esto. Son diecisiete días en los que creo enloquecer. Se suponía que era un proyecto en conjunto, ahora enfrento el ser madre soltera. Hay cosas que una al momento no entiende, después, con los años he aprendido a tener empatía. Camina una milla en mis zapatos, reza un proverbio Sioux. Una tiene que ver por una, es el consejo que les doy a mis hijas; no puedes obligar a nadie a ser parte de tu vida, pero eso lo entiendo ahora. Antes quería que todos participaran de mis “hermosos e increíbles proyectos”, sólo que eso… increíbles para mí, no para los otros. Hay personas que se sienten muy cómodos en la rutina diaria, en no moverse, en no viajar y está bien. Hay gente que verdaderamente odia tomar un avión y poco a poco he aprendido a aceptar. No a todos les gusta colocarse las botas de rodaje y salir a pelearse con el mundo para contar una historia y llevarla al cine. Yo me siento como una niña con zapatos nuevos y en cambio me aburro en spas y peluquerías. Pero no quiero con esto defender lo mío, de verdad, a cada cual lo que le gusta. A mí de pequeña me parecía horrible estar en el exterior, jugar en el jardín, me gustaba quedarme encerrada leyendo, ése era mi paraíso mientras mis primos escalaban el Cotopaxi. Hasta que acepté que soy como soy. Cuando entro en rutina, cuando no pasa nada, caigo en letargo, empiezo a comer, enmudezco, decaigo. Cada uno tiene sus prioridades y mientras más pronto se entienda eso más feliz se vive. En fin pasando esa digresión vuelvo al momento, tengo miedo. El padre regresa, (las mujeres siempre perdonamos y comprendemos) Los últimos meses son más tranquilos y Tiag nace. Tiag que en kiwcha significa lo que queda cuando todo ha terminado, porque siempre queda algo, lo sé, la semilla de lo que está por comenzar. Los doctores no quieren parto normal. Por el Addison prefieren una cesárea. Tengo una foto de él con su gorrita cuando me lo presentan. Momentos hermosos, es felicidad. Me llevan a cuidados intermedios para que me recupere. El ginecólogo me ha puesto una sobredosis de cortisona así que a pesar del dolor, salgo relativamente pronto. Me traen a mi hijo. No puedo describir la felicidad que siento. Y durante dos días pareciera que me recupero, hasta que… Como si me hubiesen cortado, las piernas por un lado, el resto del cuerpo por otro. Es raro, comienzo a atontarme. Le trato de explicar al doctor. No me entiende. No puedo hablar con claridad. Por la noche ansiedad. Se llevan a mi hijo y me dan un tranquilizante. Me siento tan triste, ¿qué está pasando? Yo pienso que es la venida de la leche que durante dos días no llegaba. Los doctores me dicen que eso no es posible, yo sé que sí, la venida de la leche provoca cambios, fuertes, lo sé. Me pasó con mis hijas, pero los doctores son hombres y científicos, creen que lo que tengo es depresión pos parto. De pronto había comenzado a brotar y fue gracioso porque Tiag tomaba el biberón y me rechazaba, rechazaba el calostro, de pronto salió y se agarró del pezón con una fuerza y no quiso más biberón; si pudiera recuperar esa imagen, la decisión con que se apropió de lo que era suyo, por eso no podía explicar cuan extraña me sentía. Al día siguiente me siento peor y así me dan de alta. No puedo hablar con coherencia. El frío me mata. Llego a la casa, al nuevo departamento. El padre del niño había hecho el paso porque los constructores decidieron entregarnos justo el día del nacimiento; increíble. Entro a la casa nueva. No puedo parar de temblar. Siento que no lo voy a lograr, tengo miedo. Al día siguiente mi madre me lleva al ginecólogo. Casi no puedo abrir los ojos. Me ingresan de nuevo. Tiag debe entrar conmigo pues soy su nevera. Maldito Addison. Me la juega otra vez. Me suben la dosis de cortisona, en horas estoy bien. Y entonces la oxitocina, el efecto Bambi. La felicidad que dura un año completo, el amor loco hacia mi hijo. Durante un año este niño viviría colgado a mi seno, como las campesinas. No lo suelta ni de noche ni de día. Aprendo a dormir con él pegado, me doy la vuelta, le cambio de seno y duerme feliz; si lo suelto da de gritos hasta el año en que me rechaza. Me despierto una mañana, lista para el ritual y con la mano me retira. Ha llegado la hora de su primera independencia. Yo estoy al momento preparando una nueva obra de teatro, asisto al ensayo deprimida, convencida de que por la noche va a recapacitar. Tiag ha tomado su decisión. Comienza otra etapa. Debo aceptarlo. Mi vida también cambia; comienzan años de trabajo fuerte en lo que yo hago y me gusta mirarlo independiente. A los dos años algo ocurre, yo me mudo a Guayaquil para dirigir una película. Él viene a visitarme, se queda largo. Es tan especial llegar, timbrar y que me abra riendo a carcajadas. Lo veo lanzarse a la piscina y enseñarse a nadar solo con dos años. Me sorprendo, me siento orgullosa. Pasan los meses y otra tormenta se presenta en nuestra vida. Estoy en Moab, me tomo una foto con él. Le prometo darle una vida hermosa y salir adelante juntos. Tomará tiempo para que esto suceda, pero creo que él vivió una niñez feliz, no se percató de mis tormentas, lo vi vivir su mundo de fantasía y sueños, nunca se aburría, y hace dos años entramos en una fase de compartir muchas cosas. Nos quedamos solos en la casa y pasamos pegados otra vez mirando películas, conversando, saliendo de paseo, a la playa, a ver a las hermanas. Nos encantaba encerrarnos a las siete de la noche con canguil a ver sus películas preferidas. No quería que siguiera creciendo pero de pronto es. Sucede. La mañana comienza. Estamos próximos a estrenar le película, casi no tengo tiempo, pero es un día especial. Tiag termina su sexto grado. Parece ayer que lo fui a dejar en el maternal. Margarita, Nadia y yo corremos a alistarnos. De camino al colegio partimos en un viaje por la nostalgia, cuando Tiag se comía la tierra de las plantas, o cuando se ponía una licra que cada vez le quedaba más pequeña y jugaba saltando sobre la cama a ser el rey de los piratas. Me veo mirando con él cien veces Dumbo, mientras escribo mis novelas, guiones o piezas teatrales. Siempre me ha gustado escribir sentada en la cama. La televisión no me quitaba concentración, pero sí hacía pausas para verlo cantar los temas de sus películas preferidas. Han pasado doce años. ¿En qué momento corrieron tan rápido? Hacía unos días mi hija Nadia me preguntaba si era complicado tener de pronto hijos grandes, cuando alguna vez fueron pequeños. Extraña pregunta, mi tía María Elena me dijo un día que es como cargar una mochila vacía que se va llenando poco a poco. No lo sientes y luego hay mucho, pero lo cargas, porque te has preparado. No recuerdo que haya una brecha entre que sean chicos o grandes; fue muy lento. La primera vez que me golpeó fue cuando mis hijas cumplieron 6 años. Me dije con tristeza: están grandes. Con Tiag, quizás fue este año que dejó de pasar en mi cuarto donde antes la cama y las bancas estaban llenas de legos, naves piratas, libros suyos y cuadernos. Al volver de las vacaciones, comenzó a tener su espacio propio y lo escuchaba contento conversando con sus amigos por las redes sociales. Entonces me dije asustada: Está creciendo. Decía yo en una obra de teatro que un padre le pedía a su hija que no creciera, que se quedara chiquita, pero toca dejarlos ir y disfrutar un presente muy corto, aceptar que sólo están y cada etapa es especial. Ahora, este día me llena. Hay momentos así. El cielo está azul, como las mañanas de verano que me gustan. Vamos riendo, hay días en que una sólo ríe. El colegio es grande, los puestos están copados, pero los ángeles me acompañan, encuentro un espacio y salimos a carrera a conseguir puesto. Cuando comienza el desfile lo miro ya grande, entrando serio, mirando al frente. Ya no quiere que su mamá se lance a abrazarlo y a comerlo a besos, pero yo estoy ahí a la distancia y no deja de recorrer un escalofrío por mi espalda al pensar que en pocos días se va solo. Tomará un avión a encontrar a su hermana y luego irá a un campamento de verano. Durante meses me he cuestionado si es la decisión correcta. En este verano no tengo tiempo de acompañarlo ni a la playa como hemos hecho en otras ocasiones pues estamos terminando la película, por eso pensé en algo que pudiera divertirlo. Cuando visitamos a Morgana fuimos a conocer el Campamento en Connecticut y nos encantó. Así que tomamos la decisión de que este años pasaría unas vacaciones diferentes. Pero un mes antes, un frío me recorría la espalda y ya no dormía. Quizás esto es algo que sólo me entienden las mamis, no es para papis. Y se acerca el día de la partida. Tiag el lunes cae con fiebre. No lo mandes, me dicen algunos. Debe viajar solo el miércoles. Para el martes en la tarde, ya no sé qué hacer. Por la tarde Tiag me dice: Me voy y se mete a la tina a darse un largo baño del que sale agotado. Viene el médico a las diez de la noche. Ermesto, una persona maravillosa que siempre acolita en los momentos más intensos, que pronto irá a una maravillosa misión al África. Lo mira, le llena de medicamentos, me dice que cada dos horas debo administrarle uno diferente, o sea la mami no va a dormir. Tiag los toma entre sueños, me habla de jirafas que lo han venido a saludar y sigue durmiendo hasta las 5 de la mañana de miércoles en que salimos al aeropuerto a las 5 de la mañana hecho zombies. Nadia maneja. Tiag está mejor, me doy cuenta porque pide comprar dulces en la Fybeca. Hasta que venga la azafata a llevarlo nos sentamos en unos tubos y le abrazo. Tango miedo de soltarlo, pero él está tranquilo. Lo vienen a buscar. Le veo alejarse. Me siento tan orgullosa de él y a la vez tan triste de que me crece mi muchachito. Al día siguiente la que cae con fiebre y gripe soy yo, hasta el día de hoy sigo enferma. Tiag llegó a Boston, estuvo con su hermana y dos días más tarde se fue en un bus al campamento de verano. Por lo que me contaron extraña pero está feliz y ha hecho amigos. Por un momento quiso regresar antes, pero ayer nos comunicó que está pasando bomba. Lo miro en las fotos. Mi Tiag… Mi príncipe… Cada vez te veré con más respeto y aprenderé a dejarte vivir tus sueños. Me pregunto si ser mamá es también ayudar a crecer, como los pájaros que empujan a sus hijos del nido y les obligan a volar, sabiendo que pueden no abrir las alas y caer en picada al suelo. Yo no soy la mami que pone bloqueador solar cada cinco minutos, me olvido, y también me olvido de llevarle saco cuando sale con los amigos. pero cuando rodábamos la película le di el Vulcano Park para él sólo y los amigos que quisieron venir. No sé preparar pasteles, pero juntos fuimos a la montaña de agua con tiburones en Atlantis. Decidí llevarte a esquiar en Demanovska Dolina porque quería que vieras el mundo y ahora te extraño. Recorro tu cuarto y me haces falta. Quisiera que estuviéramos mirando una película, la que más te guste, pero de nuevo, eso no es ayudarte a crecer. Tú y yo somos seres distintos, con sueños diferentes y así como yo pido que entiendas mi vida loca, yo debo ayudarte a llegar lejos. Mi misión en esta vida fue ser tu madre y eso significa acompañarte, pero no atrofiarte, creer en ti porque ya eres grande. Alguna vez una persona muy especial en mi vida me dijo: Todavía no te toca, pero alcanzar a ver los logros de tus hijos es lo más increíble que hay. Y es verdad, ya me está tocando y ahora verte pelearla solo me llena de orgullo.


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