Carta 39

No sé a qué hora pasó el tiempo, pero no quiero continuar sin cerrar aquello que dio paso a este nuevo proyecto en el que estoy metida de cabeza. Pensar en Boston…. Parece hace años. Son dos meses casi de lo que llegamos. Ahora estamos haciendo una película. Pero para empezar a hacerla teníamos que cerrar Boston.


Bye Boston.


Cerrar este viaje fue complicado en el corazón. Con Nadia los diez días de París parecían ya casi irreales. La primera semana de Boston fue llena de actividades y las dos últimas llenas de sentimientos. No fue fácil ser parte del séquito de enfermeros de Morgana. Siendo una operación relativamente fácil, la recuperación fue complicada, muy dolorosa. Cada grada que subía tomaba tiempo. Cada levantada de la cama le llegaba al músculo abdominal con fuerza. Sentir su dolor me desgarraba y más me oprimía la impotencia al no poder hacer nada. No heredé el talento culinario de mi madre, de manera que no estaba capacitada para ofrecerle una nutrición casera y tranquilizante. Ella me miraba con ganas de comer una rica sopa preparada por la mamá, yo con culpa de no tener esa destreza. Todo se me quemaba. Me frustraba. La vida seguía. Había que pasear a Bono cuatro veces al día. Él no perdonaba así nos hubiésemos acostado tarde. Pero curiosamente, esos paseos, aunque estuviera agotada, a mí me calmaban. Nos alejábamos por un pequeño parque lleno de árboles, a la izquierda que quedaba frente a unos lofts donde imaginaba por momentos que vivía y escribía. Me visualizaba sentada a una de las mesas con un rico té, creando historias. Luego me encaminaba por Massachusetts Avenue y atravesaba una avenida a la que al semáforo le tomaba horas ponerse en blanco para peatones. Cruzábamos a carrera con Bono hasta el parque siguiente donde un pequeño lago me invitaba a soñar. Creo que fueron momentos de mucha introspección que me calmaron. Me hicieron soñar con esta nueva vida que estoy viviendo ahora, con la película que nos tiene a mil. Hace cinco año soné no volver a cometer cine, aquí estoy reincidente. Pasaron los días y poco a poco empezamos a salir un par de horas con Nadia, a veces con Tiag. Nos gustaba ir al restaurante Hindú de la calle Holland de Somerville. Se volvió nuestro lugar predilecto. Un domingo llevé a Nadia a Little Italy, a Battery Street, a que conociera nuestro pequeño estudio del año pasado donde llegamos llenas de novelería e incertidumbre para instalar a Morgana en esta hermosa ciudad. Una tarde, sin embargo, regreso sola y veo un camión de bomberos. No me asusto. Pero luego pasa otro y luego otro. Toman por Meachan st. No puede ser, me digo, los veo avanzar. Y qué tal si… Dios, el corazón comienza a latir a mil. Me aterrorizo. De seguro dejé la hornilla prendida y la hermosa casa de Isabel ya no existe más. Mi cuñada había viajado a Quito vísperas de la operación y caminando de prisa pensaba en cómo decirle: ¿Te acuerdas de tu casa? Pues ya no hay casa. En esas estoy, torturándome con mi drama cuando los camiones no estacionan en 2 Campbell Park sino que giran a la izquierda. Fuiuuuuu, literal. Respiro. Una vez más mi imaginación me la juega. Drama queen al máximo. Quiero aprender a ser British, por favor, dónde hay un curso intensivo, urgenteeeeeee. La vida podría ser tan divertida si lograra ser British. Como diría mi amiga Ani, todo puede llevarnos a la risa, si queremos o como diría Bogie: En la vida tenemos problemas no dramas. Mi cuñada es la experta en no tener dramas, con ella me río de todo, la imagino haciéndolo a carcajadas inclusive si la casa se quemaba y me encontraba llorando en el suelo negro y los restos de sus muebles. Mientras el Bono le mueva la cola, todo está bien. En todo caso, Isabel me anuncia que llega el día en que le quitan la sonda a Morgana. Para que todo esté bien, apenas regreso con Bono, me pongo a trabajar. Lavar sábanas, toallas, limpiar pisos, sacar la basura. Para las doce del día la casa parecía que brillaba, y yo, la Cenicienta estaba agotada mientras seguíamos con Nadia y Tiag en los pisos de arriba. Queríamos que Isabel estuviera feliz con la forma como hemos tratado su casa. Por suerte aplazaron la cita de Morgana. Eso nos permitió limpiar un poco más y comer algo. Para las tres de la tarde salimos rumbo al consultorio del dr. Dragoni, al que por tráfico llegamos dos horas más tarde. Para suerte nuestra él también estába demorado. Regresamos felices. Todo ha salido bien. Llegamos, Isabel nos sale a recibir. Emocionada le pregunto, ¿todo ok? Sí, me dice, acabo de limpiar la cocina. ¿La cocina? ¿No estaba bien? Ríe a carcajadas. O sea… me dice, dejaste todas las bolsas de basura adentro y Bono las rompió; se entretuvo sacando la basura y botándola por toda la casa. Nada de lo que hice sirvió para nada. Y tanto que trabajé. No sé si llorar o reír. La risa de Isabel me contagia, terminamos en el patio tomando vino y fumando. Quiero ser Britishhhhhh, please God!!!!!! Como había podido olvidar la basura, cómo, cómo, cómo. Luego de tanto trabajo, cuando ella entróencontró el horror y le tocó barrer, aspirar y trapear íntegra. Para frustración,ésa. Me siento pésimo, no tengo cara. Recuerdo el rostro de Isabel, su sonrisa, su alegría, su despreocupación, supongo que en el fondo no me quiso tanto esa tarde. Y así, como todo, Boston llegó a su fin. Los últimos días fueron llenos de sentimientos. Por un lado una necesidad de volver a casa, a lo que amo, a mis realidades. Habían pasado cuatro semanas. Por otro lado una tristeza de dejar a mi Morgana que todavía no terminaba de recuperarse. Pero era hora de partir. Las maletas explotaban. No sé en qué momento se llenaron tanto. El último día quise terminar con algo que me llenara. Isabel Stewart Gardner museum. Fuimos con Nadia y mi sobrina Lucía. Llenarme de belleza por un momento, sentirme en otro mundo. Isabel Stewart, una joya en la ciudad. Como última actividad decidimos cerrar con Max Brenner, el paraíso de los chocolateros. Nos pedimos de todo y salimos empalagados a morir, jurando nunca más volver a comer un chocolate en nuestras vidas. Esto no se cumplirá, por supuesto, nada alegra más la vida que una barra de chocolate. Esa noche terminamos de cerrar maletas, brindamos con champagne por el éxito de la operación de Morgana, por la hospitalidad de Isabel y salimos rumbo al Pub irlandés donde reímos y soñamos con nuevas aventuras. Isabel pierde ahí su billetera y al día siguiente lo toma, por supuesto, muy British. Yo hubiera enloquecido. Ella me da un abrazo y sonríe mientras llega el UBER donde no sé cómo logramos meter las maletas. Mientras nos alejamos veo a Morgana, Isabel y Lucía pequeñitas haciéndonos adiós con la mano. Se me cierra la garganta. Entramos al túnel y a lo lejos veo la señal: Logan Airport. Así que Bye mi Boston de Newburry Street, de Campbell Park, de paseos en el T contemplando extasiada los edificios donde sobresale el Prudential y el río Charles lleno de veleros. Bye mi Boston de sueños, de luchas, de estudiantes que regresan para el nuevo semestre con la idea de llegar a ser los mejores del mundo. Bye mi Boston de comida hindú, de largas caminatas, de intensas reflexiones, de hospitales elegantes. Siempre al salir pienso que volveré pronto. En Quito me espera una película. Dios, ¿cómo se me ocurrió meterme en algo tan serio? La vez pasada prometí nunca más volver a cometer cine. Ahora la madrugada me despierta y entro en pánico. De verdad, quiero aprender a ser British. ¿Será que lo logro?

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