Carta 120 - Un Año y un Mes

Un año y un mes han transcurrido. Hace unos días comenzó el 2022. Regreso en el tiempo, al día que llegué, sola, a Lisboa... ¿asustada? Por momentos sí, pero no del todo. ¡Decidida! Quisiera revivir esos sentimientos, y no logro. ¿Por qué uno no puede almacenar los sentimientos, tal cómo se hace con las fotografías? Cuando se ojea una foto, una se detiene a pensar y rememora, ¿qué ocurrió?, ¿cómo me sentía? Recuerdo que mi sentimiento predominante en diciembre antepasado era que estaba totalmente decidida, pero sé que había algo más. Confieso que no tenía claro por qué quería mudarme a otro país, pero tenía la absoluta certeza de que había llegado el momento. Estaba lista para emprender una vida completamente nueva. Así que aterricé en Lisboa, palpé que mis sueños se habían convertido en una realidad. Me había mudado. Había cerrado mi casa, empacado mis cosas en cuatro maletas, y enviado mis libros, más unos pocos muebles, en un container por vía marítima. ¿Qué pensaba yo hallar en Portugal? Cuando vine por primera vez, adoré la casa que alquilé. Sentí un nexo muy especial. Eso no le sucedió a mi hijo Tiag, tampoco a mi hija Morgana, ni a un par de personas más a quienes, emocionada, llevé a conocerla. Es difícil comprender la visión distinta que cada ser humano tiene de las cosas. Algunas amigas viven en Lisboa y les encanta la ciudad. A mí, en cambio, me han atrapado las afueras, primero Sintra y su energía verde, y ahora el mar que alterna días pacíficos con otros tormentosos. La ciudad a veces me ahoga. Las turísticas colinas ya no me llaman la atención como hace dos años cuando vine a conocer Lisboa y quedé maravillada con el malecón del río Tajo y la Plaza de Comercio. Aún no puedo explicar por qué me aventuré. Todavía me lo pregunto. Con sinceridad, debo admitir que me encontraba cansada de una rutina, de ver que mi trabajo no trascendía. En una época, estrenaba piezas de teatro serias, profundas, y sus presentaciones atraían un buen público. En los últimos años, si no era comedia, ni siquiera era una opción. La gente solo quería reír y hacerlo con el chiste fácil, con el pastelazo. Nunca he sido de chistes fáciles, a pesar de que mis obras han hecho reír, y mucho. Las montañas andinas me fueron encerrando y comencé a ser presa de una claustrofobia que me ahogaba. Creo que por eso me decidí.

He pasado muchos meses sin escribir con constancia este blog. No debería suceder, pero resulta que, luego de una pausa por un tiempo, el volver a lo que uno ama es maravilloso. Me ocurrió con el yoga. Tomé un mes de vacación y ahora he regresado, llena de entusiasmo. Desde lo alto, todo adquiere otra perspectiva. Hace algunos meses, viajé a París con mi hija Nadia. Me sentía algo extraña al estar en un avión, saliendo de Portugal. Lo hacía al cabo de un largo tiempo. Es difícil explicar la sensación, pero de pronto me vi envuelta en paz, capaz de ver todo desde otra dimensión. Hace menos de un mes, mi avión se posó otra vez sobre la pista del aeropuerto Humberto Delgado de Lisboa. Regresaba del Ecuador. Viajé por dos días a Quito. Este viaje causó mucho stress en mí. No me sentía preparada para volver a mi país, pero quería estar presente en un evento importante. Este viaje me causó mucho estrés, pero me sentí contenta de hacerlo. Sin embargo, al aterrizar de vuelta en este, mi nuevo hogar, me sentí en casa. Empecé a ver este lugar como se mira a las personas que se quiere de veras, amándolas con sus lunares. ¡En cuántas ocasiones no he despotricado contra la lentitud, la burocracia, la impuntualidad, y las mentiras de los portugueses! Ah sí, porque, como todos los seres humanos, tienen sus imperfecciones, entre ellas, que prefieren evitar decir toda la verdad verdadera. Llegué con una imagen idealizada, les ubiqué en un pedestal de personas perfectas, casi venidas de otra galaxia. Para mi sorpresa -aunque no debió sorprenderme para nada- los portugueses resultaron ser humanos con sus propios lunares. Sin embargo, al aterrizar caí en cuenta de que estoy gestionando la nacionalidad por amor a una tierra que cada vez la siento más cercana. Y que me gusta tal como es, con prints and all, como me decía alguien refiriéndose a mis vestimentas, un tanto extrañas para su gusto. Me impacta evaluar el efecto luna de miel. Al igual que, al enamorarnos, no vemos los defectos del ser amado, justificamos todo lo que haga y, en síntesis, nos parece una persona ideal. Luego, viene la caída de los vendajes de los ojos. Ya he dejado de percibir a Portugal perfecto. Y sí, es verdad que me han llegado tardes y noches en las que me he preguntado por qué carajo me mudé. Sin embargo, lo realmente curioso es que cada día algo pasa que me recuerda que estoy decidida a vivir esta aventura, a esforzarme a conocer otra cultura, a ingresar dentro de ella. Todavía me siento extranjera -y me lo hacen sentir, aunque suavemente- esto no lo puedo negar, pero disfruto de aprender un nuevo idioma, de familiarizarme con otras costumbres, en fin, de tratar de ser parte de otro país.

Hay personas, sitios, y sucesos que se quedan para siempre con una. De mis experiencias en el 2021, se queda René, el veterinario ecuatoriano porque hizo factible la llegada de mi gato Lotus. Se queda Luis, el conductor de Lisboa por su apoyo para tantas idas y venidas cuando no podía, o no quería, manejar mi auto. Se queda el verano porque, aunque no escribí, sí lo viví. Se queda el Algarve, por mis caminatas cuestionándome tantas cosas y escuchando mis podcasts. Se quedan las películas que miraba en las mañanas con mi hijo porque hacía demasiado calor para salir a la playa. Se queda el sol fuerte de las mañanas, el cielo azul, y la luz especial de Lisboa. Se queda la playa de Guincho y mis paseos en carro por aquella carretera mágica. Se queda el día en que fui a comprar un auto y sola, íngrima, comencé a manejar a casa, cuando en mi teléfono sonó un tema que había usado para una improvisación teatral, lo que me puso a llorar porque lo estaba logrando sola. Se queda mi comida de cumpleaños con Vivian y con Flavio en Casa do Guia. Se queda la visita de mi tía Gaby, nuestro viaje a Fátima, y nuestras conversaciones interminables. Se queda el primer día que fui a vacunarme contra el COVID 19, qué alegría sentía. Se quedan mis nuevas amigas Zulay, Anja, Sol, y Danielle. Se quedan mis triunfos contra la burocracia (pero olvido mis frustraciones). Se queda el día en que fuimos Tiag y yo al SEF y nos otorgaron residencia en este país por dos años. Se queda el día en que bebimos mimosas mi amiga Zulay y yo porque nuestros hijos habían pasado el año escolar luego de un arduo, duro, durísimo período de confinamiento.

Yo no soy de tomar muchas fotos de lo que me ocurre pero, a veces, antes de dormir, se me presentan imágenes imprevistas o perspectivas desde lo alto (como ocurrió durante el vuelo a París). Cuando quiero volver a esos momentos, pienso que sí lo puedo hacer, porque tengo la escritura que me permite trasladarme a ese instante otra vez y forzar mi memoria, o contarlo como yo lo quisiera. Recuerdo un comercial de café. Una pareja sacaba un frasco de esta bebida de su alacena y su aroma los transportaba a Viena, la ciudad donde habían pasado el verano. Era una marca de café instantáneo de distintas partes del mundo. Ese café es la escritura.

Regreso a mis caminatas por la playa. Hasta ahora no puedo creer que vivo a cinco minutos del mar. Todos los días me asombro nuevamente y todos los días lo vuelvo a olvidar, hasta que salgo a caminar y, una vez más, quedo maravillada. No es fácil mudarse. En más de una noche me pregunté, ¿qué rayos pasó por mi mente para hacer esto? Cuando cierro el balance al cabo de un año, estoy convencida de que tomé una decisión acertada. Un año más tarde, no me cambio por nadie. Lo que sí, ahora extraño algunas cosas que dejé en Quito porque quería viajar "liviana". Es raro. En un primer momento no quería traer nada. Luego, seleccioné unas pocas cosas para enviar por barco. Cuando llegó el container, mi prima Lucía me escribió asegurándome de que me sentiría feliz de volver a ver todo lo que estuvo meses en trayecto. Y así fue. Pero, otras cosas que vendí o regalé, ahora me hacen falta, incluyendo utensilios de cocina que no he podido reponer aquí. Fruslerías, de acuerdo, pero con su peso emocional.

Se ha cerrado un ciclo. Un año completo. Mi segunda Navidad en Portugal. Me siento bendecida. Gracias.

ResponderReenviar