Carta 117 - Hay días para escribir y hay días para vivir: puliendo el concepto de hogar.

El 9 de abril cumplí cuatro meses en Portugal, ya instalada en mi tercera y definitiva casa. No me he arrepentido de haber tomado la decisión de dejar Ecuador. Adamastor me lo preguntó y le respondí que hay una frase que me llega al corazón. Esta es: siente el miedo, pero hazlo de todas maneras. La leí hace muchos años en un libro de autoayuda. Estoy segura de que todos, en algún momento en su vida, sienten temor ante alguna circunstancia o alguna decisión pendiente. Algunos prefieren encerrase. Otros dan la cara y lo enfrentan. El miedo aflora cuando no sabemos qué va a suceder, pero la verdad, es que nunca se sabe. El futuro es completamente impredecible.Hace poco más de un año nunca, nunca, nunca, hubiéramos imaginado que íbamos a atravesar por una pandemia.

Mi vida dio un vuelco hace cuatro meses. Yo nunca usaba tenis, (zapatos de caucho) como se decía en mi época, (es extraño como cambia el vocabulario con los años). En mi época se decía campo de aviación al aeropuerto, chicle a los leggins, calentura a la temperatura, La Favorita al Super Maxi y zapatos de caucho a los tenis. Yo usaba tacos altos, hasta mis botas Timberland tienen tacos. No usaba camisetas deportivas y muy pocos calentadores (buzo de deporte se decía.) Era una mujer, entre comillas whannabe elegante, que por mi dislexia corporal (inventada y psicológica) nunca lograba mantener las uñas pintadas ni el pelo peinado, pero lo intentaba. Ahora barro la casa, utilizo una escalera de aluminio para tratar de limpiar los vidrios, armo muebles al revés, pero los armo, me caigo menos y desde hace una semana mantengo mis uñas pintadas gracias a las uñas de gelinho, no de gel que hay aquí y en Quito no.


Esta mañana salí de mi casa y, a unas pocas cuadras, hallé un sendero bordeado por árboles que, al cabo de un trote de quince minutos, me condujo a la playa. Sentí que estaba en un sitio extraño ya que el ser humano peca de no saber agradecer los regalos que recibe. Sentí un poco de miedo, y casi me regresé a casa con pavor de que Adamastor llegase a quitarme estas bendiciones que estoy recibiendo. Debo aclarar que soy una serrana profunda, para quien ir a la playa siempre implicaba organizar un viaje de cinco horas por carreteras de susto. Mi subconsciente aún no comprende que ahora vivo a diez minutos del Océano Atlántico, donde los surfistas abundan, y el paseo marítimo te invita a caminar al lado de la playa desde Lisboa hasta Cascais. Todo esto bajo un cielo azul y en medio de gente sonreída, caminando sola, con absoluta tranquilidad, porque aquí no te asaltan en la calle, es un país que se enorgullece de su seguridad.

Mientras recorría este paseo, encontré varios cafés al aire libre que, luego de tres meses de confinamiento, por fin, abrían nuevamente sus puertas. Sus mesas se comenzaban a llenar tímidamente de clientes. Como el ser humano se acostumbra a todo, yo seguía adoctrinada por el confinamiento para una vida introvertida. Casi no me atreví a sentarme. Finalmente me animé, tomé asiento, y pedí un café junto con un enorme jugo de naranja. A mi lado, estaba una señora con su hijo. Me vi en el espejo con Tiag, compartiendo juntos esta aventura. La emoción me dio escalofríos.

Salimos de Sintra hace ya casi dos semanas. Dejamos la sierra, que de alguna forma me acercaba a Quito. Empacamos nuestras maletas en el auto y llegamos a la casa de los sueños. Me impactó al entrar, esto estuvo dibujado alguna vez. Cuando me separé del padre de Tiag, una mañana mi hijo hizo un dibujo, era un carro llegando a una casa en la que rezaba las palabras: nuestra casa, our home. No supe que podía significar, nosotros no vivíamos en casa, sino en departamento y por nuestra mente no estaba el deseo ni remoto de mudarnos. Ese dibujo lo puse en la pared frente a mi cama y lo veía todos los días. Cuando llegamos a la casa comprendí que Tiag había dibujado el futuro y que ahora lo estábamos viviendo.

Sintra o "centro del universo" es el lugar donde viven los elfos. Donde se junta la cultura humana con la cultura que buscó Tolkien. Sintra es un portal, se dice que allí está el Jardín del Edén. En Sintra hay una energía especial, la sentí. Es fuerte. Y la prueba es que los GPS se paran, lo viví. Ahora, a quince minutos de distancia de Sintra, estoy en el mar. El agua es limpiadora. Es otro ambiente. Recuerdo hace muchos años llegando a Samborondón en busca de una mansión porque iba a dirigir una película y necesitábamos una casa grande y hermosa para varias escenas. Entramos a una muy linda y me dije: esta es mi casa, tengo una casa parecida, así en el presente. No era verdad ni remotamente, por esa época si lograba reunir para pagar la luz me consideraba millonaria, vivía muchas veces del apoyo de mi madre, pero lo manifesté como si lo fuera. Tenía en esa época 42 años. Pasarían 14 hasta llegar a mi casa de los sueños en el barrio de Carcavelos, Portugal, una casa que canta y baila, que me recuerda a esa mansión de Samborondón en más pequeña. Es decir: ten cuidado con lo que pides porque se te puede cumplir.

La casa brillaba cuando entramos. Nunca había visto educación y amabilidad igual por parte de los dueños. Nos recibieron con una sonrisa. Por todos los cuartos, palitos de aroma de Zara home, qué ambiente tan lindo, tan limpio, tan luminoso y tan blanco. Sean felices aquí, nos desearon. ¿No sienten tristeza de dejar una casa tan linda?, les pregunté. No, me respondió doña Susana. Hace un año mi esposo atrapó el Covid y estuvo doce días en coma con un ventilador. Ahora está muy bien, pero ya no me aferro a las cosas materiales, nos vamos a un apartamento cerca de la playa, otra vida, otros sueños. Ahora les toca a ustedes. Esta casa ha vivido muchas fiestas, nos hemos reído, hemos cumplido el ciclo, disfrútenla. Se fueron. Tiag y yo cerramos la puerta de nuestro hogar, el definitivo por el tiempo que dura la palabra definitivo, sonreímos, metimos las maletas y pedimos pizza Domino’s con Coca Cola, la comida favorita de mi hija Morgana. Era una noche de celebración, nos merecíamos algo especial.


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