Carta 109 - Diciembre 2020: Comencé a soñar

¿Cómo empieza una? Por el principio. Es difícil comenzar cuando se tiene tantas ideas. He mantenido silencio durante algunos meses, no porque no tenía nada que decir, sino porque me encontraba en una especie de limbo. Además, porque opté por callar.

No sé de dónde saqué la fuerza necesaria. Antes de ayer, Tiag y yo nos montamos al avión a fin de cumplir un sueño. Este paso se venía fraguando hace un año. A los 56, la edad ya es para quedarse en casa. Ya suficientes las locuras de la juventud.

Te querías ir a vivir a otro lado, Viviana. Lo habías soñado desde que regresaste a Quito desde París. Tenías 54 años, cerca de cumplir 55, y no sabías por dónde empezar. Por lo menos, tenías idea del país. Comenzábamos por algo, eso ya era un inicio.

Muchos dicen: “me quiero ir”. Lo he escuchado un millón veces. “Estoy harta de mi vida aquí”. Otros, en cambio, se sienten dichosos dentro de su zona de confort. Yo volví a Quito a los 23 años sin saber que volvía. Con mi esposo de entonces habíamos decidido viajar a terminar nuestros estudios en Londres.

Caricatura hecha por Vicente Mejía

Caricatura hecha por Vicente Mejía a mis 23 años, cuando regresé a Quito de París y sentía todas las ganas de "saltar el charco" otra vez.



Pero, no se dio. Los planes cambiaron y, sin entender exactamente cómo, me encontré en Quito y no lo disfruté. Claro que el Quito de la época no tenía siquiera televisión por cable. Menos mal, descubrí un video club que estaba en quiebra y, con un amigo, compramos las películas. Por lo menos, tenía cassettes vhs a disposición, ya que las salas de cine en aquella época eran una broma. Se quemaba el filme, no se escuchaba, se cortaba... Ni sospechaba que más adelante mi vida me llevaría a hacer cine.....

Mucha gente no recuerda el Quito de hace tres décadas. Asume que Quito siempre fue tal como es ahora, con tecnología y con tráfico. Pues no. Tardaba cinco minutos llegar a donde uno deseara y prácticamente cero tecnología. Para matar mi nostalgia, me encaminaba al Hotel Quito con la esperanza de encontrar una Time, una Vogue, una Mademoiselle. Con suerte, me topaba con un ejemplar de hacía cuatro meses, por lo general, de seis. Me aferraba a su lectura con vehemencia para sentirme en contacto con el mundo. Cuando volví a París, a los seis meses de mi matrimonio, para visitar a mi hermano, sentí que había regresado a casa. Cuando aterricé nuevamente en Quito no paraba de llorar. Creo que nadie me entendía.

Me quedé, esta vez para largo. Me casé un par de veces más. Sufrí. Fui feliz. Hice mi carrera. Muchas piezas de teatro, novelas y películas. A veces fantaseaba con irme al exterior, pero me radiqué en Quito, y me agradó. En algún momento, le propuse a mi pareja de turno recorrer Europa en un carromato con el pequeño Tiag. Me miró como si le hubiese hablado en chino.

Ya me he resignado a mis rarezas. En todo caso, vivir afuera se convirtió en nada más que un lejano sueño, hasta el día que acabé mi última película. Entonces, algo en mí se quebró. Entraba a mi casa y ya no me interesaba mucho la vida que tenía. Siempre me han gustado los proyectos que representan un desafío. El teatro en Ecuador -criterio muy personal- ha caído en decadencia. ¿El cine? Muy doloroso volver a intentarlo cuando ya mismo llego a los sesenta. ¿Escribir? ¡Siempre! ¡A toda hora! ¡En dónde sea! Entonces, ¿por qué no? Comencé a darle vueltas. Había escuchado que Canadá recibía extranjeros. Lo intenté, mas no me aceptaron por mi avanzada edad. Solo quieren migrantes jóvenes. Me hablaron de España, pero no me agrada. No me gusta su sonoridad. Detesto los toros. Soy vegetariana, de manera que la comida sería un problema. Madrugo, y me acuesto a las 9 de la noche, o sea, el peor país para mí porque a esa hora recién están pensando dónde ir a cenar. De pronto, a un costado, silencioso, hallé el país más dulce del mundo, un país encantado, de cuento de hadas, con un idioma hermoso que parece del medioevo.

Y comencé a soñar….

Y el sueño es ahora una realidad.

Y el miércoles 9 de diciembre cuando despegó el avión, me sentí paralizada del miedo.

Y ahora, aquí estoy.


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