Carta 95 - La montaña rusa

April 30, 2019

 

Es difícil tener un tema para cada semana. A veces, simplemente no me dan ganas de escribir. Pero, hice un compromiso de publicar este blog todas las semanas, esté o no con ánimo dispuesto. Una de las razones por las que entré formalmente a escribir un blog es justamente porque es así como una se obliga a tener autodisciplina, a entrenarse para no parar de escribir. Y luego, cuando ya he empezado, me gusta, me gusta mucho porque, en el fondo, desahogarse proporciona un placer sano, y también porque me apasiona escribir. Quisiera contar con el doble de los años que, según las estadísticas, me restan por vivir a fin de poder seguir escribiendo, más y más. En un blog, una anota lo que piensa y lo lanza al mar del internet, casi como si fuera un papel manuscrito dentro de una botella lanzada al mar verdadero desde la playa de una isla desierta. Luego, una se queda pensando si alguien lo va a encontrar, si lo va a leer, si le va a gustar, si le va a servir.  

 

Yo siempre examino todo en mí misma. Así como Frida Kahlo se retrató con absoluta valentía en su dolor, y dejó los cuadros más hermosos de la vida, yo, como no soy científica, me observo. Sufro del mal de Addison que es una insuficiencia suprarrenal. Es mi eterna compañera y, seguro, la relataré en extenso en otro blog porque se trata de una larga y triste historia. Sin embargo, esta enfermedad también ha sido mi gran maestra, pues sigo viva y he aprendido a convivir con ella. No la menciono a fin de dramatizar, sino que simplemente es una realidad de mi vida cotidiana. Eso me lleva a pensar en una experiencia que me ayuda a entenderme: toda la vida me gustaron los caballos, aunque fui una jinete apenas regular. Durante diez años asistí regularmente a clases y aprendí que hay todo tipo de caballos. Visualizo al mal de Addison como un potro que se deja llevar, pero que, de vez en cuando, estalla y se desboca y, en ese momento, es muy, pero muy difícil, pararlo. Durante muchos años de mi vida, viví una tras otra crisis de Addison, pero eso queda para otro día. El Addison no tiene cura, pero se controla con la cortisona. Como tantas cosas en la vida, la cortisona tiene dos caras, por un lado, me salva la vida, pero por otro, conlleva una serie de efectos secundarios, entre estos, la depresión y el desbalance hormonal.

 

 

Eso es así. Es físico. Y para combatirlo, toca buscar ayudas. Se me viene a la mente una droga que probó una vez Carolyn Cassady, la mítica esposa de Neal Cassady, fuente de inspiración de Jack Kerouac, gran representante de la Beat Generation y famoso por su novela En el camino. Pues, Neal le propuso a Carolyn probarla y le explicó que, cuando esta hiciera efecto, iba a alcanzar la felicidad extrema por una noche y luego iba a sufrir el bajón más intenso del mundo.

 

Este es el verdadero tema de mi blog, si es que han tenido la paciencia de seguir mis pasos por estos vericuetos: el bajón del día después. ¿Qué es el bajón del día después?  Aquel que, al menos a mí, me llega luego de haber pasado un momento hermoso.

 

Durante algunos años de mi vida, opté por un régimen de agua tibia, justamente para evitar el bajón del día después, algo que no solo no es bonito, sino que muy asustador. Y observo ahora que hay algo que me busca y que todavía no sé cómo manejarlo: ansío vivir muchas lindas experiencias y luego impedir que la tristeza me invada. A riesgo de sentir dolor, no quiero aceptar el agua tibia de la estabilidad. Deseo vivir momentos hermosos, aun si más tarde he de hundirme en la depresión. Algunas personas han elegido vivir vidas muy tranquilas y estables, sin salir de su rutina, viajando poco, cumpliendo horarios fijos de 9 a 5. Raras veces experimentan esas descargas donde todo es perfecto y feliz para luego caer en un pozo negro. Yo no. Siempre estoy buscando algo que alegre mi vida, pero no garantizo que sea lo correcto porque la vida no ofrece muchos momentos donde el dios Helios lo reciba a una. Es verdad que, cuando una sube muy alto, la caída es estrepitosa.

 

 

Por ejemplo, yo sabía que la semana anterior con mis hijos iba a ser maravillosa, que el estar juntos en Miami nos iba a llevar al cielo en el carro de fuego de Phaeton (semidios, hijo de Helios). Igualmente sabía que, cuando terminara la semana, bajaríamos al reino de Hades y que, por más Perséfone que acudiera a vernos y a calmarnos, tendríamos que enfrentar un intenso dolor. Le pasó a Nadia, le pasó a Tiag, me pasó a mí. No nos impidió seguir nuestro día a día, pero cuajó un ambiente negativo. Me siento triste, me dijo Tiag, cuando aterrizamos en Quito. Me siento triste, me dijo Nadia, cuando se subió al taxi que la llevaría al aeropuerto. Me siento triste, me dije yo, cuando observé las maletas dispersas en mi cuarto y comprendí que la fiesta se había acabado. ¿Cómo sobrevivir a estos bajones? No tengo respuesta. Me encuentro justamente en eso, buscando la manera de vivir estas situaciones extremas. 

 

 

Por ejemplo, producir mi película Sensaciones fue lo más increíble en mi vida, en su momento. En cambio, el bajón luego del estreno fue espantoso. Lo mismo me sucedió con las demás películas. Los años posteriores a ellas estuvieron plagados de pésimas decisiones, de total monotonía, porque, al andar un poco perdida, no guardé la cordura necesaria para elegir personas positivas, sino que me rodeé de gente tóxica, de vampiros que chuparon toda mi energía al punto que, a pesar de tener la puerta abierta, no tenía la fuerza suficiente para liberarme, porque yo veía un mundo que era solo gris.

 

 

Le tengo miedo al gris. Me asusto cuando estoy en el gris. Me es muy difícil sonreír en medio de esta bruma. Hace poco leía sobre una mujer que nunca siente dolor y que es feliz la mayor parte del tiempo porque produce tal cantidad de serotonina, dopamina y otras “inas”. Yo, lo contrario. Probablemente porque así fue cableado mi cerebro, o porque me deprime la cortisona que debo tomar. Además, como mis glándulas adrenales no funcionan, no recibo mi justa cuota de esas maravillosas “inas”. No obstante, hace unos años resolví vivir sin paraísos artificiales, es decir, sin pastillas que me alegren el espíritu artificialmente. Todavía no sé realmente por qué, tema que lo analizaré en un próximo blog. ¿Tal vez por cobardía? ¿Tal vez por valentía? O, tal vez, porque como en el honeymoon effect, después de un tiempo, ya no surten efecto y, entonces, la situación sí que se pone grave.

 

 

Esta semana estoy en gris. Como soy disciplinada, igual me levanto a hacer ejercicio, una hora diaria, igual me baño y me maquillo, igual me siento a escribir. Ya no tengo esa ilusión de un mes atrás de anticipar el tomar un avión para encontrarme con mi hija. Por el contrario, en estos días lo que me toca es encargarme de una serie de asuntos aburridos y burocráticos. No soy entretenida para mi Bogie, aunque él, con cariño, me diga que sí lo soy. Lo que sí sé es que, como la escritora Anne Lamott, sigo buscando lo bueno en este presente. Reconozco que tengo muchas bendiciones, pero a veces, como digo, el cuerpo reacciona al flujo de las hormonas que no se equilibran. ¿Y entonces? Entonces, hay que buscar otras ilusiones, planificar otros viajes y, lo más difícil, armarse de santa paciencia. No es fácil. Pero, como le aconsejaba ayer mi hija Nadia a su hermana melliza, tal vez este sea el momento perfecto para salir a la calle a tomar un helado. 

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