Cartas a la cascada (1 y 2)

February 3, 2014

 

 

Virginia Woolf dijo que en los libros está lo más profundo de nosotros los escritores. Sin embargo, ella llevó un diario y muchos otros escritores también. Yo, desde pequeña, he llevado mi diario.  Mi diario íntimo, ese solía ser el título de la pasta, o My private diary. Y me daba tal emoción cada vez que adquiría una libreta nueva para continuar con mis anotaciones.

 

Lo que más me ha gustado es la sensación de la pluma deslizándose sobre el papel. No todos los esferográficos escriben de la misma manera. Me gusta mucho escribir a mano aunque no sea práctico. 

 

La escritura todo lo aguanta y bien me puede aguantar este sueño que siempre he tenido de que me pueda escuchar mi hermano Juan Esteban, quien falleció a sus veinticinco años arrastrado por la corriente del río Pita hasta una cascada. Desde hace algún tiempo me ronda la idea de comenzar un blog, una especie de diario, pero ya no privado. Esta mañana se me vino a la mente el título. ¿Por qué no Cartas a la Cascada? Es decir, cartas a mi hermano Juan Esteban.

 

 

Escribo porque no me queda más remedio. Porque si no lo hago, me pican las manos. Porque de verdad me gusta y lo disfruto. Y por eso ahora coqueteo con la idea del blog. Qué más da. Ya tengo cuarenta y nueve años, y he vivido muchas cosas: buenas, malas, muy buenas, muy malas, y todavía sigo aquí, tratando de entenderle a la vida, tratando de disfrutarla, tratando de amarla.

 

En un artículo de la revista Paris Match sobre la controversial Valerie Trierweiler, el periodista escribe que la vida es una serie de capítulos que se suceden, antes que de batallas perdidas o ganadas. Cuántos capítulos ya he cerrado y cuántos me esperan todavía. Cosas que nunca más volverán y sobre las que puedo enfatizar a través de la escritura. Y al mismo tiempo, qué responsabilidad. ¿Quién soy yo para emitir criterios?

 

Tal vez, el lanzarme a escribir un blog es el último vestigio que me queda de mis locuras y audacias de juventud. Mejor hacerlo ahora. Más adelante ya será demasiado tarde. Así que ahí, mi querido Juan, va la primera Carta a la Cascada. No son más que simples historias que las cuento sin más.

 

Juan:

 

Trato de escribir una novela sobre ti desde hace mucho tiempo. No lo logro. A veces pienso que es debido a que eso será lo último que haga antes de morir, pero eso sería caer en la superstición, y no debo pensar así. He empezado muchas veces distintas versiones y ninguna funciona. Ya son más de veinte años de tu muerte y te siento tan lejano. Ya no sé quién serías el día de hoy. 

 

He aprendido a vivir sin ti. Recuerdo que estaba segura de que no lo conseguiría. Pensaba que me ibas a ayudar desde el más allá para seguir adelante. Pero eso no pasó. Me tocó seguir sola, dentro de mi pesimismo y mi manera de ser negativa. Si te encontrara ahora, no sé quién sería yo para ti. ¿Una decepción? Me he dañado bastante físicamente. Me engordé. 

 

Creo haberme convertido en una persona bastante aburrida, que ya no vibra con mucho. Sufro de una enfermedad fea, el mal de Addison. Entre otros efectos, tiene que ver con los miedos. Supongo que me enfermé a raíz de tu muerte. 

 

¿Sabes desde dónde te estoy escribiendo ahora? Desde una perezosa mirando al Atlántico. Estoy en un crucero rumbo al Caribe. Suena glamoroso, ¿verdad? No lo es tanto. El barco está repleto. Lleno de gente gorda y corriente. El mundo ha cambiado mucho desde que te fuiste. Cosas buenas, increíbles, que hubiera querido que las conozcas porque las habrías disfrutado demasiado. Pero también cosas negativas como las infinitas colas producto de una sobrepoblación desmesurada.

 

Yo sé. Pasó el tiempo. No sé cómo no nos vamos a perder en esta historia, entre una idea y otra. Entre lo que ocurre ahora y lo que ocurrió ayer. Entre lo que se me viene a la mente y lo que debo contar. Porque, además, no te escribo a ti. Eso lo sé. Esto es como la novela, Una pena en observación de C.S. Lewis. Escribo, supongo, para mí. Tal vez, para mis hijos o para mis sobrinos, pero dudo que lo lean. ¿Para mis hermanos Sebastián y Lorena? No lo sé, porque esta es mi versión de los hechos y ellos tienen la suya.

 

 

Como afirmó la escritora Mary Karr: "Esta es mi versión". La mía, distorsionada por como yo viví las cosas; la mía, distorsionada por mi visión literaria; la mía, distorsionada porque dicen que soy muy exagerada y que siempre tergiverso las historias. No quiero escribir en orden porque ya no existe un orden. Existen situaciones, momentos y sentimientos. Así que no sé cómo quedará esto finalmente, o si quedará alguna vez.  A lo mejor sí, como un capricho mío, como un desahogo. Algo que solo lo entienda yo. 

 

Por las noches tengo tantos temas en la cabeza y ahora, al momento de escribir, me quedo en blanco. Antes de dormir, siempre pienso en todo lo que te voy a decir. Y luego, me quedo sin saber acerca de qué era que quería escribirte.

 

Ayer pensaba en las oportunidades y en el destino. ¿Existe un destino que le lleva a uno a dónde le toca? ¿Existen las oportunidades? ¿Pude haber tenido yo otra vida? ¿Pude haber evitado mi Addison? 

 

Cuando pienso en Sebastián me acuerdo de la película La double vie de Veronique. Tú sí la viste. Para mí es la historia de ustedes. Las dos Verónicas, los dos Juanes. Él tomó las decisiones correctas, tú, las equivocadas. Él era más tierra-tierra, tú, mucho más aire. Tú, rechazaste las cosas más increíbles, él, las tomó. Pero tú pensabas que estabas haciendo lo correcto. Creías que volver al Ecuador era lo que se debía hacer. Y montar la productora Helios, el absurdo de los absurdos. ¿Qué te pasó? ¿Te hartaste de la soledad de París? O, cómo tú decías, en los Andes está la creación, en Europa ya no.

 

 

Yo solo sé que te seguía como Sancho Panza a Don Quijote. Esta comparación la hace Oriana Fallaci en Un hombre. Ella se siente Sancho y Alejos Pangoulis es su Don Quijote. Tú eras el de los sueños, tú decías qué era lo que se debía hacer, y yo te seguía. Y, de pronto, me quedé sin norte. Hace un año hice una terapia y la señora que me trataba me preguntó qué es lo que te hacía tan especial: es que veías la vida maravillosa, en dónde quiera que estuvieras. Tú creías que la vida era especial. Tú no soportabas nada ordinario porque pensabas que la vida era extraordinaria.

 

Desde que te fuiste, nunca más volví a encontrar a alguien que mirara la vida de esa manera. Y recién ahora me doy cuenta de que debo ser yo quien encuentre esa forma de ser dentro de mí. Debo ser yo, recién ahora me doy cuenta. Era más fácil ser negativa, esperando que vinieras a levantarme el ánimo. La verdad es que me entendía bien contigo. Te odiaba a veces porque no parabas, porque no parecías humano, porque todo era perfecto tal como era, porque siempre había una razón para que las cosas se dieran como se daban. Antes de Louise Hay, antes de todos los libros de autoayuda, tú, a tus veinte años, ya tenías esa filosofía.

 

 

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