Carta 101 - Las esperas

June 18, 2019

 

Esperar puede, literalmente, acabar con una persona. Horas tras horas, cuando a uno le toca aguardar ansioso noticias sobre alguna cosa o, simplemente, esperar un turno o un avión. A las personas impacientes nos resulta sumamente complicado ver el lado positivo de las esperas. Inclusive intentamos todo tipo de meditaciones, y no nos sirven. Me he puesto a pensar en este tema porque, en el curso de las últimas semanas, he tenido que esperar por diferentes tipos de noticias. Entonces, he aprovechado para observar qué hago y cómo sobrevivo a ese lento pasar de las horas que puede sentirse como una eternidad. ¿Resultado? Una pequeña lista.

 

Qué me sirve para esperar mejor:

 

1.- Mirar qué hay en Amazon. Miro, pero no compro porque creo que para comprar uno debe tener un estado de paz mental, pero sí que ayuda a pasar el tiempo entretenida. 

 

2.- Dar vueltas alrededor de la casa, comiendo chocolates. Esta no es una buena idea. Es más, no se la recomiendo a nadie porque, a cambio de unos minutos de placer sensual, se acumula gordura en las caderas para el resto de la vida. Al menos es así en mi caso, que siempre quiero bajar de peso. Sin embargo, hay ocasiones cuando esta es una solución de emergencia. Y yo la aplico. Para qué negarlo.

 

3.- Tontear en Netflix. Obviamente, una película no me va a distraer, pues mi mente seguirá centrada en la noticia que aguardo. De manera que no funciona ni ver películas ni leer. Es más, solo el hecho de ponerme a ver una película o intentar leer, incrementa mi nivel de ansiedad. Pero, aquel jueguito de estar navegando para conocer de qué tratan las nuevas series y películas, me ayuda muchísimo. 

 

4.- Jugar al tarot. Yo tengo en mi celular el tarot de los Ángeles y el de los Arcángeles de Doreen Virtue. Me encanta aplastar la pantalla y luego observar una lectura del presente, pues forzosamente me va a decir algo con respecto a la situación por la que estoy atravesando. Sin duda, si acaso tuve una vida anterior, en esa yo estuve vinculada al mundo esotérico y, en particular, al de las brujas. Aclaro que yo no tengo ningún tipo de poderes y que, vía de regla, suelo ser bastante escéptica. Pero no tengo vergüenza de reconocer abiertamente que soy extremadamente novelera y he hecho millones de lecturas. ¿La verdad? Muchas sí se han cumplido. Me encanta escuchar mensajes del más allá. Así que eso es algo sumamente divertido para pasar el tiempo. Recomiendo bajarse una aplicación de tarot

 

5.- Hacer cuentas. Eso siempre toma tiempo y obliga a la mente a concentrarse en los números. Me entretiene hacer presupuestos, el del mercado, el mensual de la casa, el de una película, el de un nuevo proyecto. Me desafía el encontrar dónde una puede ahorrar. Disfruto al identificar un gasto que puede ser evitado en ese mes y, en paralelo, sufro con los imprevistos. Con esta actividad pasa el tiempo y la espera se hace más llevadera.

 

6.- Limpiar alfombras. No es una actividad mía, pero guardo recuerdos todavía tan nítidos de mi madre limpiando alfombras todas las noches en su apartamento en París, esperando que amainara su pena por la muerte de su marido. Los movimientos repetitivos y rutinarios apaciguan las almas intranquilas.

 

7.- Ordenar los armarios. A veces abro un cajón de camisetas, blusas, sacos, o pantalones. El tiempo que empleo en ponerlos en orden, volverlos a doblar, o en decidir desecharlos, es tiempo que vuela solo. Además, me ayuda a cumplir con mi creencia de que es bueno entregar las cosas que uno ya no usa porque eso facilita le lleguen más y más cosas nuevas.

 

8.- Conversar con mi familia. Me ayuda muchísimo conversar con mi hermana Lorena o con mi hija Nadia, cuando ellas disponen de tiempo. Ellas dos son las únicas que me permiten hablar y hablar y hablar sin límite de tiempo, para que así las horas transcurran de prisa. No sé si acaso ellas, al notar mi llamada, digan: “Ay no, la latosa de mi hermana”. O, tal vez, “Mi mamá otra vez, qué problema”.  A mi Bogie no le puedo torturar así. Aunque hace todos los esfuerzos por escucharme, llega un momento que me dice, se acabó el tiempo (lo que realmente quiere comunicarme es que se agotó su paciencia…). Entiendo que así es porque las mujeres somos incansables a la hora de hablar. Qué vamos a hacer.

 

 

9.- Editar las fotos en el celular. Una buena opción es repasar las fotos acumuladas y borrar las que ya no sirven. Cuando sé de antemano que el tiempo va a pasar lento, puedo dedicarme, entre comillas, a perder el tiempo revisando todas las fotos de los años anteriores. Siempre borro algunas porque, si hay algo que todavía no concibo, es la facilidad con que acumulamos montones de fotografías.

 

10.- Chequear los Airbnb’s. Muchas veces, las ilusiones de paseos no se cumplen. Viajes pensados se quedan truncos. Pero, revisar apartamentos en París, Nueva York, Boston o Los Ángeles, por donde me ha tocado pasar últimamente gracias a mis hijas, es un bálsamo que calma mi ansiedad cuando estoy esperando noticias.

 

Como dije al inicio, las esperas también se dan para abordar aviones, ser atendida en el banco, cancelar alguna cuenta que no tiene débito digital, realizar algún trámite que obligan que sea en persona. En esos casos, generalmente me pongo a garabatear ideas para una futura novela, así que siempre llevo con qué tomar notas. También me ocupo con mi iPad, mirando el siguiente episodio de una teleserie de Netflix. Y, por supuesto, con mi infaltable Kindle para leer distraídamente uno de esos libros light que son lo idóneo para esas circunstancias.

 

¿Qué he hecho cuando he estado esperando noticias de un examen médico o que salga algún ser querido de una operación? No me gusta estar sola. Y si lo estoy, prendo un cigarrillo, eso que yo no fumo. Extraño que el fumar, que no es parte de mi vida, me calme en esos momentos.

 

En fin, son cosas sencillas, pero que a mí me sirven. Cada ser humano es un mundo y cada uno lo maneja a su manera. Todo esto funciona para mí cuando no estoy muy desesperada con la espera. Porque, si hay algo que es verdad, es que la espera, desespera. 

 

Casi me olvido la más importante distracción de todas: acudir al Instagram o al Facebook. Me he convertido en una verdadera adicta y soy capaz de pasar horas y horas y horas mirando la pantalla. A veces me asusto, pues me he repetido las mismas historias un sinnúmero de veces.

 

 

Ahora bien, todos nacimos sabiendo que nos vamos a ir. No sabemos en qué momento. Algunos se quedan largo, largo, mientras que otros se van muy pronto. No sé hasta ahora cómo manejamos esa incógnita. Tal vez, porque no pensamos que vamos a morir, aunque intelectualmente lo entendamos. ¿Y qué hacemos hasta que llegue ese momento? Supongo que todo lo anterior, más lo que trae la vida. Esperamos crecer, esperamos culminar nuestros estudios, esperamos trabajos, esperamos maridos, esperamos hijos. En fin, nos pasamos la vida esperando, y de ahí nace la frase: Cuando sea grande. O sea, algún día. Es decir, seguimos esperando.

 

Por eso supongo que debemos regresar al momento actual, a lo que tenemos, a tratar de vivir el presente en medio del camino. No es fácil. Uno siempre tiende a vivir el mañana. Estoy en el proceso de enfocarme más en el presente porque, como decía mi madre, enervada ante mi impaciencia de niña: “Por Dios, Viviana, ya no te soporto. Siempre has sido tan impaciente, desde chiquita, era recién julio y ya te sentabas todas las tardes con la misma preguntadera, ¿Mami, cuando es Navidad?”.  Pero, la verdad es la que dice una hermosa canción country titulada Carolina: “Christmas always seemed so far away.” (La Navidad siempre parecía tan lejana.)

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