Carta 108 - Teatro de los Monstruos

November 19, 2019

 

NOTA DE MILENA

 

Quito, 24 de octubre de 1999

 

Hoy se cumplen cinco años. Cinco años de lo que abrió esta historia, y casi cuatro del suceso que la cerró para siempre.

Porque nosotros, todos, creímos que habíamos tomado una autopista a la Luna, cuando no era más que un callejón sin salida.

Entonces, quizá, era lógico. A los veinte años todavía no se hacen cosas.

Se sueña nomás.

Hoy, cinco años después del final de estas viñetas, no importa qué rumbo ha tomado mi vida pues, finalmente, es ya sin ti, sin ellos...

Hace cinco años escondí estas páginas por cobardía. Ahora las saco y me atrevo a exponerlas a la luz, aunque, por el paso del tiempo, se verán como a través del espejo... Unas figuran tal y como me las entregaron; otras, tal y como las escribí yo misma hace cinco años.

Luego del final de estos escritos, nada volvió a ser igual que antes. Mi inocencia se perdió y he aceptado mi condena. No he vuelto a verme con ninguno de los partícipes en esta historia. A unos, la muerte me los arrebató, a otros...

Pero, no hace falta explicar nada. Para eso están estos papeles. En realidad, todos se fueron quedando en las diferentes estaciones en las que nos dejó el tren. Algunos terminamos en la de Chimbacalle, de donde ya no parte tren alguno.

Y nos quedamos sentados. Esperando. Esperando a que pasara algo; pero, lo único que nos pasó, fue el tiempo. De manera que aquí está. Todo. Y que sea lo que la vida quiera.

 

 

CINCO AÑOS ANTES

 

 

 

MILENA

 

Esta mañana murió Raúl. Se mató en un barranco en la montaña. En el fondo, a nadie le extrañó lo ocurrido. Todos lo veíamos venir. Se iba a matar de alguna manera, porque él era así, jugaba con la muerte. Pero, el hecho de palpar el suceso concreto, irreversible, lo hace más duro e inaceptable. Raúl significó tanto en mi vida. Esta tarde, al volver de su funeral, he sentido frío. He llegado al final de una etapa. Me siento vacía y él me hace

falta.

Estoy cansada. Siento que mi cuerpo ya no es capaz de rendir a plenitud.

Luego de tantos años de haber vivido envueltos en una nube de fantasía, de habernos enrumbado por el carril de la velocidad vertiginosa... Creo que, al estar acercándonos a los treinta años, todos nos hemos ido desquiciando. La mente es un torbellino de recuerdos y el presente es una constante decepción. Bueno, eso no lo pensaba ayer. Es hoy, cuando el pasado ha venido a martillar mi puerta, que siento un remezón que me aturde.

Dejar de pensar... Dejar de sufrir... Dejar de vivir.

Sí, esta tarde he visto a todos: a Roberto Sánchez, alias el Galgo, en una época, mi mejor amigo y luego, quizá por una bruma, mi amante.

A Gabriel, mi querido Castor, que tanto soñó con ser el manager de Raúl, con lanzarlo a la fama. Vivía con la certeza de que los cuadros de Raúl serían un éxito en el extranjero. Soñaba con tal intensidad que llegó a convencernos, pero cada vez que tenía una cita con algún posible comprador o dueño de galería, fallaba, unas porque se encontraba demasiado chuchaqui y otras porque todavía estaba ebrio.

Volví a ver a Armando, el gran Sinatra. Sus gafas disimulaban su ojo chueco y su boca estaba más deforme que nunca por la mueca de dolor. Su guapísimo primo Juan Camilo también estaba presente. Los dos siempre han conformado el dúo más sui géneris de la ciudad.

Casi al final, entró Electra, pálida y con la cara tiesa. Parece que ella presenció su muerte. Raúl y ella habían farreado la víspera y luego habían decidido ir a recibir el amanecer en alguna montaña.

 

Electra... La querida «Che», con su acento cuasi argentino, aspirando a porteño. Tan repleta de talento y a quien todos auguraban éxito, quedó achicada a una constante raya de cocaína. Me acerqué a abrazarla. La pobre ya no tenía voz para llorar.

Detrás, casi en la puerta, se encontraban, entre otros panas, el Arlequín y Rodrigo, mi ex marido. Siempre lo miro con cariño, a pesar del dolor, de los sueños marchitos, de la culpa y del rencor. También divisé a Serge, sus cuarenta años eran visibles por primera vez.

A la salida nos abrazamos todos quienes, en algún momento, formamos parte de El Círculo. Al poco rato, nos separamos con frialdad; cada uno con premura para ir a cumplir con sus múltiples ocupaciones o, más probable, para evitar que el nudo en la garganta abriera sus compuertas y dejara libre curso al llanto. El Círculo, la banda... aquella que juró ser siempre diferente a los demás y que pactó solemnemente nunca desprenderse. Si un iluminado nos hubiera dibujado, cuando nos conocimos a comienzos de los ochenta, los caminos que recorreríamos, nos hubiéramos reído, incrédulos. Pero, el tiempo es un enemigo de cuidado, liquida y borra las pasiones más intensas y los amores más sinceros. Salvo por Electra, Sinatra y Raúl, al resto ya poco los veía. Algunos se han tornado adultos serios: con esposas, hijos y horarios pantuflescos. Otros, como el Galgo, siguen rebeldes; pero su rebeldía ya perdió su virginidad. Para ser rebelde e inconforme hay que ser muy joven, después se vuelve trillado. O triste. O sórdido. Por eso prefiero recordarlos sin un ápice de vejez; hermosos, nobles, ingenuos. Por eso, en cierta forma, me alegro de que te hayas ido, Raúl. Ya cumpliste tu misión en la tierra. Dijiste todo lo que tenías que decir.

Ahora que ya no estás, has resucitado en mi interior algo de aquel fuego

que existía en nuestros sueños. En aquella época, cuando el sol golpeaba con descaro a la ventana y nosotros recibíamos sus rayos a manos llenas, no podíamos imaginarnos que, en algún momento, podría acabarse.

Éramos puros. La contaminación todavía no había hecho su efecto en nosotros. Éramos audaces. Queríamos probarlo todo y no nos limitábamos ante nada.

 

Ay, Raúl, si supieras, los años de esa irresponsabilidad tan fascinante y de esa amistad a toda prueba se esfumaron y ya nada volvió a ser lo mismo de antes. Preferí alejarme de ellos para no toparme, día a día, con almas desconocidas, pero poseídas por rostros que evocaban recuerdos. Solo espero que la edad siga marcando sus huellas, que las arrugas y las manchas transformen esos rostros tal como se han transformado sus espíritus.

 

 

***

 

 

Electra pasó más tarde por la casa. Me entregó una caja de cartón acuchillada y envuelta en un lienzo de buen lino. Dentro, muchos escritos y bocetos de Raúl.

—Guardálo vos, Milena —pidió con su típico hablado argentino, acentuando la penúltima sílaba.

—Lo saqué antes de que revisaran el apartamento. Total, a ti siempre te ha gustado vivir de recuerdos y supongo que les darás mejor destino que cualquiera de los miembros de su familia. ¿Hice bien? Vos sabés, o tal vez no sabés, que yo tenía la llave del depa de Raúl para entrar cada que me agarraba la raya. Ya sabés como son mis locuras.

Claro que Electra tenía llave de la casa de Raúl. Él me lo contó una vez y me picaron unos celos de esposa abandonada, como si yo alguna vez hubiera podido tener algo en serio con Raúl. Pero no, yo soy demasiado práctica, demasiado centrada para Raúl. Pero qué estúpida, cómo sigo hablando en presente. Si Raúl ya no es de este mundo, si Raúl y yo nunca fuimos pareja, al menos no en esta vida. Yo era su amiga, su confidente, la aspiradora de sus problemas.

Electra estaba por salir cuando se volteó a mirarme y, con sus habituales ojos de angustia, desorbitados y bailarines que nunca podían quedarse fijos en ningún punto, me contó la verdad que ella imaginaba desconocida: el profundo drama de amor de Raúl, la hermosa Isabeau. —Es que, Mile, en el velorio, en la casa de la vieja de Raúl, yo me escapé al apartamento, aprovechando que nadie iría todavía para allá. Me metí en su cama, que todavía estaba deshecha, con las sábanas que aún olían a Raúl.

Kouros, pensé yo. El perfume de Raúl, ese que para mí huele a motos, a barrancos, a libertad, a día de sol. Pero también pensé, con más celos, que su cama estaría saturada de su olor tan clásico, mezcla de óleos, aceite y removedor, de su sudor tan suave, ligeramente salado. Electra seguía hablando.

—Me quedé dormida, acunada en sus cobijas. Vos sabés, como Linus, Raúl siempre fue mi manta de seguridad. Sentí paz y soñé que estábamos en un páramo desierto, por ahí, por el cerro del Puntas, ese al que fuimos a acampar hace tiempo con vos y con el Sinatra y con el Serge, que tiritaba de frío y clamaba que no era para esas andanzas, porque muy delicado y demás... y yo que quería callarlo porque parecía un dandy, bueno, él siempre tan sangre azul. ¿Te acordás que se cayó y comenzó a sangrar y, haciendo chiste, nos dijo que, qué extraño, que acababa de comprobar que su sangre era roja? Mientras que Raúl enfrentaba el frío y su pelo volaba al viento. ¿Te acordás, Mile?.

Cómo no acordarme si yo esa noche deseé a Raúl con todas mis fuerzas y la que se acurrucó junto a él en su bolsa de dormir fue Electra y yo, por hacerme la dura, la fuerte, la independiente, la pasé en vela, imaginando lo que sería convivir con Raúl, con mi Raúl. Me faltaron agallas para decírselo, pero quizás fue mejor así para no romper la magia que nos circundaba siempre. Seguro habría sido otra relación más que terminaba decayendo en la monotonía, en ese diario vivir donde el dinero, mejor dicho, la falta de, y los problemas domésticos pendejos acechan y se meten por las rendijas y terminan por joderlo todo.

—Mile, soñé que estaba sola, en el páramo. La bruma nublaba la vista, es que no se distinguía nada y yo me había perdido. De pronto, el rostro de Raúl y yo que le gritaba que me iba a desbarrancar, que no podía, que me diera la mano y él que me sonreía, alentándome a que siguiera adelante, y yo dale gritando que no podía y él, sonriendo, me susurraba que sí, que yo siempre podía. Me desperté palpando su presencia, pero el impacto de no hallarlo fue como una borrasca en plena cara. Me escondí debajo de la cama, chupándome el dedo, en posición fetal, como cuando era chiquita... Y me topé con todos sus lienzos. Es que, Milena, vos no sabés, los saqué como poseída, sintiéndome profanadora de tumbas, pero había una fuerza que me obligaba a hacerlo. Yo había visto los cuadros de Raúl, pero los que cuelgan de sus paredes, los que se llevó a La Cueva, los de la casa de la vieja, pero estos, y son una cantidad, estos no los había visto nunca y vienen desde la época cuando volvió de Francia. Él regresó y fue como una brisa fresca en mi vida. Raúl, siempre mi brisa fresca.

Electra se echó a llorar y yo ya sentía mi vientre carcomido por los celos, horadado por aquellos gusanos que debían estar a esas horas devorando las entrañas inertes de Raúl. Tenía aprensión de escuchar lo que ella me iba a contar, lo que yo ya sabía.

—Esos lienzos son todos paisajes del Ecuador: Atacames, los páramos, las iglesias quiteñas, pero en todos, Mile, en todos, hay una mujer de largos cabellos oscuros y lisos, una mujer vestida con jeans, muy sencilla, pero con un abrigo tipo impermeable militar, azul oscuro y que vuela, se levanta como si una ráfaga de viento hubiera atravesado en ese momento sus piernas. Lo más extraño es que se integra, ¡cómo se integra! Vos no sabés.

Sí, yo sí sabía... Isabeau, la bella Isabeau. Electra nunca la conoció porque se había ido a la Argentina cuando Raúl llegó a presentar su exposición, acompañado de Isabeau. Con Electra sí se ahorró los detalles... Porque conmigo fuiste implacable, Raúl. A mí sí me tuviste que contar todo, con punto y coma, todo tu desgarramiento. Claro que sabía que tu obsesión llegaba a esos límites, y de pronto me posesionó el miedo. Por primera vez comprendí y me sentí dueña de mi segundo nombre, aquel que me puso mi madre por su amor a la mitología, pero el que nadie conoce, que ni siquiera yo uso porque me turba, que ni siquiera consta en mi cédula de identidad porque se olvidaron de inscribirlo: Casandra.

 

Casandra, la que predice, pero a quien nadie cree, porque esa es su maldición. Como un sino fatal, yo también he podido predecir cosas y nunca me han creído. Vislumbré hace tiempo la desintegración del grupo, de El Círculo. No sabía cómo, pero sí sabía que estábamos malditos. Siempre sentí que Raúl y Electra eran almas gemelas, pero eso, ni como psicóloga profesional que soy, lo quise creer porque me atacaron los ovarios. Pensaba que se destruirían mutuamente y, sin embargo, ahora lo comprendía, justo cuando la vida estaba a punto de florecer otra vez para estos dos seres perdidos, la muerte había irrumpido. Raúl nos mostraba sus otros cuadros, pero atesoró los de Isabeau. Por eso me quedé de una pieza al escuchar a Electra. Es que, hace poco más de un mes, Raúl se apareció con un lienzo para que lo guardara, por un tiempo. Era la playa de Atacames, otra vez la playa de Atacames, solo que esta vez quien estaba sobrevolando aquel paraje era una pelirroja ensortijada con mirada perdida, es decir, Electra. Raúl me habló de una exposición que no comprendí y de un regalo. Ahora sí que lo comprendo. Su fijación tenía otro nombre y, tal vez, si la vida no hubiese sido tan cruel, ellos hubieran podido encontrar eso que los demás llaman felicidad. Y, tal vez, solo tal vez, al pensar en ello ya no me invaden los celos, sino una profunda tristeza por lo que pudo haber sido y no fue.

Electra me miró, aguardando mi típica frase de psicóloga. Por una vez, me callé. Yo que siempre hablo demás. No me atreví a contarle que yo tenía el cuadro donde ella, Electra, era la protagonista de la vida de Raúl. Solamente la abracé y lloramos juntas un rato por Raúl. Las dos le quisimos tanto y sí, para las dos, durante un tiempo, ya cuando él se había vuelto Zen, fue nuestra manta de seguridad y nuestro sorbo diario de energía.

Me pregunto, ¿qué voy a hacer con sus escritos? Me siento una intrusa y la verdad es que no me atrevo ni a tocarlos. Electra me confesó que no había tenido ánimo de leerlos, que al tocarlos como que se le quemaban los dedos. Lavó su responsabilidad en mí.

Yo no sabía que Raúl escribiera. Cuántas cosas esconde un ser humano. Perdóname por entrar en tu mundo, Raúl, pero eras demasiado especial para enterrar también tus sueños, anhelos, frustraciones, amarguras, en fin, para enterrarte a ti, Raúl.

Raúl...

 

 

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