Carta 61 - Aeropuertos

August 14, 2018

 

Foto: Nadia Acevedo

 

Puede ser el mejor lugar del mundo, un portal a los sueños o el sitio del dolor más fuerte. Somos miles y miles de seres anónimos que nos encontramos en las colas, nos sonreímos, nos miramos con empatía o, simplemente, nos ignoramos. Llegamos cargados de maletas, atrasados muchas veces, con ansias de embarcarnos. Aviones que aterrizan y despegan, llenos de gente. Pensamientos que van al universo. Un aeropuerto es el lugar más impersonal y, a la vez, donde se acumula todo el equipaje que el ser humano guarda, real, virtual y espiritual. Es como si las maletas simbolizaran los sueños, las angustias, todo lo que uno tiene archivado, lo más fuerte, lo más denso, lo más light, lo más intenso. Despedidas y llantos. En una época iba al aeropuerto a observar a nuestros emigrantes, buscando información para una obra que estaba preparando. También reencuentros. Y, lo más mágico de un aeropuerto, abrazos, risas y dicha. Esperar a que se abra el portón y aparezca nuestro ser querido, alguien que comienza siendo un tanto borroso hasta iluminarse por completo.

 

1974: Aeropuerto Mariscal Sucre, Quito. Primera vez que vamos a salir al exterior, al maravilloso mundo de Disney, a Miami, a New York. Nadie más feliz que yo en ese momento, mirando al avión de Braniff desde la terminal. Nos preguntamos de qué color será nuestro avión. Es verde. Ese avión es la puerta al sueño.

 

1981:  Aeropuerto Mariscal Sucre, Quito. El peor día de mi vida, hasta entonces. Viajaba a vivir en París, mas no quería. Me arrastraban. Tenía 16 años, un novio, muchos amigos y me obligaban a irme a otro país. Por más Francia y ciudad luz, tenía miedo. No lo deseaba. Recuerdo a mi padre molesto, pidiendo que entráramos, a mi madre que no alcanzó a despedirse de su padre; a ti, Juan, feliz porque te ibas a cumplir tu sueño de ser pianista. Ese aeropuerto, en ese momento, era un lugar que representaba para mí el dolor de la separación.

 

1981: Aeropuerto Roissy- Charles de Gaulle, París. Estamos en la terminal de Air France y nos acaban de informar que el avión está retrasado porque recibieron una amenaza de bomba. Mi padre ha fallecido, pero no lo sabemos. Nos dijeron que había tenido un accidente y, como Papá es Superman, muerto no puede estar. Yo me siento contenta porque, luego de tres meses de mucha soledad y pocos amigos, regreso por unos días a Quito.

 

1982: Aeropuerto Orly, París. Una chica de pelo cortado al ras y parado con gomina, con una cadena de perro color turquesa en el cuello, botas negras agresivas de punta dura, blazer oscuro y jean descolorido camina por el corredor del aeropuerto de Orly. Tiene 17 años y con paso rápido sonríe porque va rumbo a encontrarse con sus amigos. Soy yo, he optado por la moda punk. Vivo en París y estoy feliz de volver a ver mi cielo azul durante unos meses.

 

2013: Aeropuerto Mariscal Sucre, Quito. Muchos años más tarde y muchos aeropuertos después. Nadia y yo. La acompaño a instalarse en París, donde va a estudiar. Tengo ansiedad.

 

 

2014: Aeropuerto Logan, Boston: Tiag y yo esperamos a que nos llamen para abordar rumbo a Quito. Hemos dejado a Morgana. Ella se queda estudiando. Tengo miedo. Enfrento un dolor muy fuerte y no me siento capacitada para salir adelante. Pero, algo en el aeropuerto me da paz. Es difícil de explicar.

 

2016: Aeropuerto Mariscal Sucre, Quito. Regreso luego de cinco semanas de ausencia; salgo con las maletas y observo un rostro, una media sonrisa que me ilumina. El sol irrumpe, aunque sea de noche.

 

2018: Aeropuerto Logan, Boston. Nos alejamos de esta ciudad, supongo que ya no volveremos en mucho tiempo. Se convirtió en mi ciudad por casi cuatro años, gracias a la universidad de Morgana. Vine una y otra vez, llegué a conocerla y a quererla. Ahora vamos a Los Ángeles, su nueva residencia. ¿Nos gustará? ¿La amaremos igual?
 

 

Recuerdo el aeropuerto Mariscal Sucre cuando podíamos subir a la terraza para mirar a los pasajeros que llegaban. Observaba a mi papá descender por las escaleras del avión con su nuevo corte de pelo y siempre sonreído. Recuerdo una ocasión que fue toda la familia, como se solía a la época en que la ciudad era pequeña y los viajes, verdaderos eventos. Llegaba la hermana de mi tía Lupe, luego de vivir en Francia. Una gran recepción nos esperaba para recibirla. Todos esperábamos en la terraza. Se abrió la puerta del avión. Ella, espigada y elegante, descendió por las escaleras, parecía una modelo. Todos comentaban: Llegó vistiendo la “midi”, le dernier cride la moda, faldas hasta el tobillo, acabadas de lanzar en París en los años 70. Yo la miré embelesada y soñé que, algún día, cuando creciera, me bajaría del avión vestida con una “midi”. Recuerdo todavía pequeña, haber ido de la mano de mi madre a esperar a mi tío Rubén, quien llegaba de Estados Unidos a pasar vacaciones con nosotros, ceremonia repetida años después, yo con mis hijas. Rubén era alguien muy importante, que tenía un trabajo secreto que no nos podía revelar, pero que era muy, muy serio. En la familia nos habían explicado que era un genio.

 

 

Recuerdo que tenía tres años y ojeaba las ilustraciones de la Selecciones del Reader’s Digest. Mi abuela me mostraba una en especial, era una niña de la mano de sus padres, lista para viajar, con sus maletas y su abrigo a la mano. Toda sonrisas.

 

Mi recuerdo también alcanza a Aeropuerto 75, la película. Me pareció uno de los mejores filmes, a mis diez años. Se desarrollaba en un Jumbo 747, ya casi obsoleto hoy. La volví a ver hace poco porque actuaba Charlton Heston, actor que me enloquece por razones propias. La película me sigue fascinando. Hay una larguísima escena de Karen Black caminando por la terminal para encontrarse con Charlton, su galán. Vale toda la película. La música de los setentas me traslada a otras épocas y el sentimiento de evasión me transporta.

 

En los aeropuertos se viven cuántas historias, unos corren a encontrarse con sus amantes, otros sólo viajan por cansancio, por rutina y lo odian. Algunos pasan por los peores momentos. Otros viajan a descubrir un mundo de oportunidades. Se podrían escribir tantas historias. Lo que sí es cierto es que, en los aeropuertos, el mundo se detiene. Una hace un alto, como pausa en una película, una se cuestiona y se vuelve a cuestionar ciertas cosas. Mi padre vivía viajando, no sé si le gustaba, supongo que sí, salía de su rutina y su vida diaria, iba a lugares exóticos. Yo, durante muchos años, temí a los aeropuertos. Ahora, los amo, porque son la antesala para encontrarme otra vez con mis seres queridos. Ya son dos que viven fuera.  


 

 

En este momento, Tiag y yo estamos esperando que despegue Alaska Airlines rumbo a Los Ángeles. Partimos en busca de los nuevos proyectos de Morgana, de sus nuevos sueños. Pienso, mientras dura la espera para abordar, que ojalá siempre existan muchos aeropuertos en mi vida próxima. Viajaré siempre con las maletas llenas, con sobrepeso de sueños, sueños no comprados en outlets, sino en mi gran mall interior.

 

 

 

 

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