Carta 6 - Un solitario sueño de pianista


Viviana Cordero. Escritora, directora teatral y de cine ecuatoriano.

Juan Ricardo se convirtió en mi amigo poco antes de cumplir dieciocho años. Hasta ese momento yo le tenía una admiración sincera pero le sentía lejano. Era como un ser de otro mundo, lleno de temas y tarantas. Con una disciplina de hierro y una fuerza de carácter que a mí me faltaba por completo.


Ahora tengo 49 años y no sé cómo he vivido todos estos años sin ti. Las horas que siguieron al entierro me mostraron que la vida dolía. Me dolían los tobillos, me dolía el pecho, me dolía la tristeza. Te habías ido para siempre y no lo podía aceptar. Durante los últimos ocho años de tu vida te habías convertido en mi compañero inseparable. No eras sólo mi hermano, eras mi mejor amigo, mi maestro. Te consultaba todo, no me creía nada sin tu aprobación. Es extraño. Nunca más me ha vuelto a ocurrir. Y ahora no entiendo el motivo de tu vida tan corta. Dicen que eras un ser de luz, pero no te dejaron iluminar el mundo. He escrito y reescrito esta historia y siempre la he tirado a la basura. A lo mejor esta vez tampoco la termine.


Te recuerdo practicando el piano durante todo el día y por la tarde educándote a ti mismo. Abandonaste el colegio a la edad de trece años y lo seguías por correspondencia. Lo decidiste para dedicarte al piano ante la angustia de Mamá y de los abuelos. Tú no tenías miedo. Creo que nunca tuviste miedo. Estabas decidido a ser pianista y para eso no necesitabas estudios secundarios. Pero nunca conocí a nadie con más cultura que la tuya. No tenías amigos, tus únicas relaciones éramos nosotros, es decir tu familia y el único contacto que tenías con el mundo eran las noticias que traíamos de fuera. Por eso, apenas Mamá nos llamaba para el almuerzo, corrías a la mesa, obligando a todos a participar de la comida. Era como un rito sagrado en el que los extraños estaban excluidos. Si algún amigo de Mamá, de mis hermanos o mío era convidado, se hacía un silencio sepulcral y el pobre individuo se sentía siempre de más.


Te gustaba acaparar toda nuestra atención, querías tenernos para ti solo. Recuerdo una ocasión. Estábamos pasando el verano en Quito. Se había decidido que antes de regresar a París pasaríamos por Disney World (tu paraíso en aquella época). A último momento yo cambié de opinión y opté por quedarme en Quito. Para mí en ese entonces lo que contaba eran mis amigos. Apenas expuse mi deseos, me amarraste a la puerta de entrada con una cuerda y me tapaste la boca con varias capas de cinta masking para no tener ni siquiera la opción de protestar.


Dicen que eras un ser de luz, pero no te dejaron iluminar el mundo.


— Te soltaré sólo cuando me hagas un gesto afirmativo con la cabeza en señal de que vienes con nosotros — me dijiste.


Yo no sé qué veías en mí, pero mi presencia era vital en tu vida. Fuiste la primera persona que creyó que yo tenía talento, que pensó que yo era especial. Me necesitabas para todo y ahora me hace falta esa necesidad. No sé de verdad qué veías en mí, pero al escucharte hasta yo creía que era especial. El mundo se volvió duro y en blanco y negro cuando tú te fuiste. Tuve que empezar a creer yo sola en mí misma y eso ha llevado mucho tiempo, probablemente muera en la lucha.


Testaruda como era, me aguanté más de dos horas en esa posición, las muñecas me dolían, la cuerda tosca las iba marcando con lentitud y firmeza. El Castor, quien luego se convertiría en tu gran amigo, vino a buscarme para salir. Casi se cae de espaldas al encontrarme colorada de rabia y con el cuerpo entumecido por la posición ridícula en la que me encontraba. Yo no tenía opinión cuando tú decidías algo, así que por supuesto te saliste con la tuya y me embarqué rumbo al "maravilloso" mundo mágico de Disney.


El mundo se volvió duro y en blanco y negro cuando tú te fuiste.


 

Desde que a Juan Ricardo le entró la manía del piano y decidió convertirse en concertista, todos pasamos a ocupar un segundo lugar.


— Es que hay una escala de valores — solía decir Mamá.


Juan Ricardo iba a llegar a ser un genio del piano, de eso no cabía la menor duda.

Estudiabas el piano con pasión, nadie lograría arrebatarte aquello, ni siquiera cuando te encontramos muerto, en el interior de la cascada, de la espantosa Chorrera. Tus manos estaban en posición de interpretación. Ahora donde quiera que te encuentres estarás tocando.


Recuerdo cuando te inscribieron en el Instituto de Música Sacra. Tenías cinco años y el niño rebelde y belicoso que eras se transformó en un ser angelical, etéreo. Supiste reconocer las notas antes de aprender a leer y a escribir. Todas las mañanas te escuchaba; me despertaba con los Tambores Indios o con la Sinfonía Sorpresa de Haydin. Al piano lo habían colocado frente a mi habitación y desde que te iniciaste en la música me acostumbré a escucharte sin escucharte. Era inconsciente, no me afectaba, la música pasaba de lado, sin toparme.


Y así era nuestra vida. Cada uno por su lado. Te quería como se quiere a cualquier hermano, pero la verdad es que te considerada egoísta y prepotente.

Empezamos a ser amigos cuando murió Papá. Fue ahí cuando me diste tu primera prueba de nobleza. Volvimos a Quito para el funeral y una noche, cuando terminábamos de cenar en casa de la abuela Marieta, me llamaste, junto con Mamá y me dijiste:


— Yo sé que nunca te preguntamos sobre la ida a París pero ahora te lo dejo a ti. ¿Quieres que volvamos o nos quedamos? Cualquier decisión está bien.


No me esperaba aquello, me cayó tan de sorpresa que no dudé, sólo balbuceé:


— Creo que es obvio que tenemos que regresar. ¿Qué vamos a hacer aquí si tu maestro se encuentra allá?

— ¿Estás segura? — me volvió a insistir Juan Ricardo.

— Sí — repetí con firmeza.


Nadie lograría arrebatarte aquello, ni siquiera cuando te encontramos muerto, en el interior de la cascada, de la espantosa Chorrera.


La verdad, ni siquiera me di el tiempo de considerarlo, me parecía tan lógico pensar primero en Juan Ricardo que eso fue lo que hice. Quizás hubiera gozado más quedándome en Quito pero ni siquiera permití que esa fuera una opción para mí. Deseché la idea como quien bota a la basura un papel inservible y de esa decisión no me arrepentí. Siempre sentí que tú debías estar en primer lugar. Lo que yo sentía no era importante. Fue mi primer regalo a Juan Ricardo, el primero de los muchos que le obsequiaría a lo largo de nuestra vida y me sentí feliz de dárselo.

Regresamos a París y ya no volví a quejarme. Traté por el contrario de acercarme a ese jovencito fuerte y decidido, de comprender su sueño y de ayudarle.


Juan Ricardo escondía una gran sensibilidad. Detrás de su máscara de hierro había tanta dulzura que no fue difícil volcar todo mi cariño hacia él. Supo hacerse querer y en muchas ocasiones para mí su palabra fue ley. En momentos podía ser una pequeño tirano. Toda la familia debía asistir con él a los conciertos clásicos, nos llevaba a comer donde a él le placía, casi siempre uno de nosotros lo acompañaba al conservatorio y por regla general hacíamos lo que él deseaba. Era motivo de gran resentimiento si en algún momento alguien se atrevía a revelarse.


Tenía varias manías; una de ellas consistía en una total aversión hacia la saliva humana. Si alguno de nosotros se chupaba un dedo luego de comer algo o simplemente se mordía una uña era enviado de inmediato a lavarse las manos y si nos atrevíamos a negarnos pues él en persona se encargaba de llevarnos y enjabonar nuestras manos. Otra de sus tarantas era su repulsión al mar. Consideraba que todas las personas que salían a broncear su piel eran vulgares hormigas tostándose en una gran sartén. Cuando mamá, a fuerza de ruegos, nos llevaba a la Normandía en la época del verano, Juan Ricardo salía del auto vestido de pies a cabeza del azul más oscuro con su peinado lamido con raya a un lado, una sombrilla, una silla y cara de perro feroz. No se movía en todo el día. Nos observaba chapotear con un desprecio inalcanzable y no nos dirigía la palabra hasta que no estuviéramos bañados, limpios y vestidos.


Juan Ricardo era un ser solitario. Nosotros éramos su vida, su mundo. Soñaba con que continuáramos viviendo juntos a lo largo de toda nuestra vida, no podía aceptar que con el pasar de los años tendríamos que separarnos. En su imaginación edificó una hermosísima mansión donde moraríamos todos con nuestros respectivos esposos. La única condición que nos puso Juan Ricardo fue que todos aquellos que entraran a formar parte de la familia política debían ser huérfanos. Porque los suegros siempre estorban y era mejor ahorrarse complicaciones.


Traté por el contrario de acercarme a ese jovencito fuerte y decidido, de comprender su sueño y de ayudarle.


— La gente extraña jamás nos entenderá — pensaba en alta voz.


Curiosamente toda esta visión del mundo llegó a parecerme tan natural que actuar de otra manera me habría parecido un absurdo.


La familia era el centro. Como en la mafia siciliana no se podía confiar en nadie más y lo cierto es que muy pocas veces nos aburrimos cuando estuvimos juntos.


Durante la noche podíamos conversar horas y horas, luego de la cena. Nuestras famosas tertulias como solíamos llamar a esas veladas en las que cada uno botaba todo lo que tenía adentro, desahogando sus miedos, temores, angustias o alegrías.


Fueron épocas extrañas, años de reclusión. Formábamos un grupo tan cerrado que a veces me asustaba. Nadie era a nuestros ojos lo suficientemente inteligente como para romper la barrera y entrar a formar parte de nuestro círculo. Mamá y los cuatro hermanos, "La Nube". Así nos llamábamos y recorríamos las calles del viejo París unidos por una fuerza invencible.


Fue Juan Ricardo quien me enseñó a soñar. Él tenía grandes ambiciones y su desprecio era brutal a todo aquel que se quedaba en la mediocridad. Había que ser el mejor y aquello era simple. Uno estaba en este mundo para superarse. Yo empecé a escribir gracias a él, me impulsaba con una fuerza superior. Creía en m