Carta 26 - Mágica y blanca Eslovaquia

May 6, 2015

Ya no sé cuánto tiempo atrás.  Lo bonito de los recuerdos es que se pueden quedar ahí, estancados en el tiempo. Era febrero. Habíamos dejado Estambul. Aterrizamos en Viena. El plan era alquilar un auto para manejar hasta Demänovská Dolina, lugar promocionado por el internet como sitio barato para esquiar. Cuando planificaba este viaje pensaba en que tanta antigüedad y museo iba a resultar aburrido para Tiag. Pero si estamos en invierno,¿por qué no nieve? ¿Por qué no volver a esquiar? Reflexionaba indecisa. Yo no había vuelto a esquiar desde los 21 años, es decir casi treinta años; por Dios, cómo vuela el tiempo. Siempre he sido torpe  corporalmente, esquiaba, pero no es que era espectacularmente dotada. Tengo una rodilla que suele dolerme cuando camino demasiado debido a una caída en esquís. La verdad  pensaba no volver a hacerlo, pero en un arranque de valentía, que no sé de dónde viene, decido que sí y empiezo a mirar los lugares donde esquiaba de joven y aquellos que recomienda el Trip advisor para familias. No puedo creer los precios, la verdad ya no es una opción. Desanimada pienso que no iba a ser posible, pero terca como suelo ser googleo, (maravillosa invención): “Sitios baratos donde esquiar en Europa”.  La respuesta: Eslovaquia. Miro fotos, no está mal. ¿Quépodemos perder? Reservo. Sebastián, que conoce tanto me recomienda llegar a Viena. Bratislava es a nada y Liptovski Mikulas, el pueblo más cercano figura a  tres horas y media de Bratislava. Pienso que no debe ser difícil tomar un tren o un bus. Listo Viena es.  Pensando en que todo esté listo para cuando lleguemos, escribo al hotel.¿Cómo hacemos para llegar? ¿Qué tren se debe tomar?¿Quién nos puede dar clases de ski? ¿Habrá un profesor lo suficientemente paciente para nosotros? Pocos días antes de Navidad llega la respuesta. Que no nos preocupemos por las clases de esquí y que para llegar lo mejor es que rentemos un auto en Viena, adjunto link. Wow, no he conducido en Europa desde hace casi treinta años. Así que el día en que aterrizamos estaba nerviosa, pues todo estaba a mi nombre. Sé que nos vamos a dividir con Hans, pero igual me asusta. A las dos de la tarde salimos del aeropuerto de Viena rumbo a Demänovská Dolina,. Hay momentos que son únicos en la vida y ése es uno de ellos. Estoy conduciendo. Salimos de Austria, entramos a Eslovaquia, parece mentira. La pregunta ahora es habránieve. Todo se ve verde, ya empiezo a dudar. Nada nos prepara para lo que viene a continuación. Para Tiag y para Hans es la primera vez de dejarse llevar por el blanco total y para mí volver a un pasado que ya no sabía dónde lo tenía guardado. Es extraño, cuantas cosas tiene uno que parece que ya no son de esta vida y de pronto esas montañas blancas, blancas, blancas me llevaron a mis 18 años. Tiag quiere bajarse a jugar con la nieve. Paramos en una gasolinera y no puede esperar, no le importa el frío. Para él es demasiado. La noche ha caído. Llegamos cerca de las 9. Había olvidado cuán resbaloso puede ser caminar en la nieve. En la recepción nos espera un señor que no habla más que eslovaco y un chico de apenas dieciséis años, Peter, aquel con quien me he estado escribiendo los emails; habla inglés y parece mentira que él era quien nos aconsejaba todo. Si estamos interesados, por 5 euros la hora puede ser nuestro profesor de esquí. Definitivamente estamos interesados y le agradezco de corazón el que nos haya sugerido el auto; no hay buses cerca, y trenes menos. Cargados de maletas, con una alfombra turca y una lámpara al hombro, no quiero imaginar lo que hubiera sido. Tenemos hambre, vamos a un albergue muy cerca, la pizza familiar nos cuesta 5 euros. Claramente, es cierto, estamos en un lugar tan económico que parece mentira. Regresamos y Tiag no puede aguantarse. No importa el que sea ya tarde, salir a revolcarse en el blanco es su más grande ilusión. Y así termina nuestro primer día en esta cabaña que parece sacada de un cuento: nítida, dos cuartos, comedor, baño, 5 días: 180 euros.  Al dormir Tiag mira un cuadro que cuelga lateral a su cama. Es una foto de una chica, no se ve el rostro, sólo el perfil, parece Nadia. Tiag la mira, me dice que extraña a su hermana, pero que siente que ella lo acompaña a través de esa foto. Yo duermo nerviosa, ¿cómo miércoles era que se esquiaba?¿Y si me rompo un hueso?

         Duermo intranquila, ya no queda más que lanzarse. Ocho en punto estamos en pie, vamos a tomar el desayuno en la casa principal de las cabañas.  Pan delicioso, queso, mermelada, yogurt. Comemos hasta saciarnos y luego el decidido Peter que con 16 años tiene una voz tan gruesa que parece de 30 nos dice que nos espera en la montaña para llevarnos a alquilar el equipo. Y así me encuentro vestida para la montaña, pantalón fucsia, mi color, carísimo, lo único caro de Demänovská Dolina, y gracias a Dios, un casco, que en mi época no se usaba, pero que me salva de quedar tarada para siempre por la cantidad de golpes que me doy en la cabeza con los esquís que cargo torpemente al hombre. Cómo duele caminar con esas botas, ya no quiero, ¿de dónde saqué esta peregrina idea? Tiag no resulta muy dotado, a los pocos minutos se sienta desanimado y Hans, persevera, pero no lo logra. Yo, algo, algo. Terminamos agotados trepando a pie hasta un punto para intentar descender. Ya no tengo edad, no me gusta, ya no quiero seguir. Decido retirarme sin avisar a nadie. A Tiag le matriculo en la escuela de niños. No está muy convencido. Estoy segura de que he gastado en vano, por suerte es el lugar más barato para esquiar en Europa, igual plata botada y yo con un pantalón fucsia carísimo que no volveré a ponerme jamás. Para cambiar los ánimos vamos a comer deliciosa comida eslovaca, una preparación en base a queso frito. Como somos vegetarianos,\ nos sentimos más que satisfechos y la verdad es que verdaderamente es una delicia. Así que cansados y con todos los músculos adoloridos vamos a pasear sin rumbo fijo. Hemos escuchado que hay un parque de agua, lo promocionan en el internet y en todos los lugares cercanos: Tatralandia.  ¿Un parque de agua en Eslovaquia? Hasta mi hermano Sebastián se rió burlón. “No caerás en la ingenuidad, pensando que es Disney.” Me repitió.  Pero Tiag que ya no tuvo su “Hamam” insiste. “Seguro ya estácerrado”, le repetimos. Pone en el GPS y nos lleva. La ropa de baño está en el hotel. No creemos que va a estar abierto, son ya pasadas las cuatro de la tarde, pero oh sorpresa, abren hasta las diez de la noche y no sé cómo acepto ir a lo que me imagino será un abombe completo. Nada que ver, es espectacular, las tardes y los fines de semana me sorprenden pensando en Tatralandia y en Giro, otro parque igual de bueno y que vamos al día siguiente. Piscinas con aroma a eucalipto, varias piscinas con diferentes aromas, jacuzzis,  una piscina con olas, saunas para adultos al que vamos una noche; piscinas al aire libre, toboganes. Nos bañamos con la nieve al lado. Parece mentira. Cafés junto a las piscinas. Gente espectacularmente bella, hombres y mujeres. Educación total por parte de los niños. Vestidores mixtos, hombres y mujeres; nadie se hace lío. Parece que es otro mundo. Todas las tardes pasaremos en eso. Limpieza total, que lejano a las piscinas del Tingo. Toda la gente va después de esquiar al parque de agua, es lo usual. Y se lo toman como algo maravilloso. De verdad nunca he visto algo tan limpio, tan tranquilo, tan pero tan relajante. Así que dormimos y al día siguiente voy a la pista de ski decidida a ser una mera observadora. Hans la pelea con el profesor, tampoco estáanimado y Tiag entra con el peor humor a la escuela de niños, repitiéndoles a los profesores amenazante en inglés que si no quitan esa música boba que ponen. él se va. Peter me insiste en que intente, trepo un poco y wow, desciendo. No sé cómo ni en qué momento decidimos que vamos a tomar el lift y magia; subir la montaña con Hans que duda de que lo va a lograr. Me levanto y resbalo, comienzo a recordar. Desciendo, pienso en ti, Juan, lo hago por ti. La sensación es maravillosa. No me duele la rodilla, no me duele nada. Hans me mira asombrado, él también lo está logrando. Vuelvo a tener 20. Nada ha cambiado. Soy feliz. Al llegar a la escuela, miro a Tiag. Está descendiendo, está esquiando, sin palos. Le grito. Me mira emocionado.“Mami, puedo esquiar.” Otra vez soy feliz.  Así pasan los días. Lo hemos logrado, somos unos campeones.  Pero como nada es perfecto, el último día en que queremos ir los tres con Peter por varias montañas, cae una ventisca brutal y nos quedamos con los churos hechos, malgenios y desanimados; ese día lo borramos de nuestras mentes. Mejor recordar la tarde en que fuimos a La Cueva de la Libertad, espectacular y único lugar. Es una de las maravillas del mundo dicen. Estalactitas, estalagmitas, construcciones naturales fabulosas que nos dejan con la boca abierta.

         Supongo que nunca más volveré a DemänovskáDolina, es de esos lugares que pasan por uno una sola vez en la vida, Supongo que será sin embargo uno de los recuerdos más fuertes de mi vida. Supongo que en mis sueños volverá a aparecer. Supongo que será el escondite secreto de mi espíritu cuando me encuentre de bajón. Supongo que Tiag, Hans y yo sonreiremos cada vez que miremos una fotografía, o nos acordemos del queso frito, de Tatralandia o de Peter. Será nuestra memoria común cuando las situaciones de la vida nos distancien o nos enfrenten porque siempre la vida trae vicisitudes. Allápodremos ir los tres para reencontrarnos; volar con nuestra imaginación, para soñar que bajamos la montaña y somos felices, que logramos algo que nunca imaginamos que seríamos capaces de hacerlo. Cuando recordamos esos días, los tres soñamos con volver a esquiar. Nos preparamos para ir a otro hermoso lugar el próximo año, esperemos que se dé. Mientras tanto cierro los ojos y desciendo la montaña sin miedo. Respiro, sonrío, me siento ligera. Soy feliz por unos segundos, completamente, y me dejo llevar por el blanco y el aire puro; por la velocidad, por la majestuosidad de las montañas y por el azul del cielo. Recuerdo el sueño que tuve cuando estuvimos en la morgue contigo esperando por el ataúd y me dormí. Soñéque estábamos en una montaña tú y yo esquiando y la neblina me cegaba como alguna vez nos pasó en España. Y en el sueño yo te grité: “¡No puedo, Juan!” Y en ese momento tú te regresaste y yo pude ver tu rostro. Sonriente me decías: “Sí puedes, claro que puedes.”

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