Carta 18 - SKIPPY

October 14, 2014

 
 
Pensando en el gato Lotus de Morgana recordé un cuento que escribí a los 18 años y que después formó parte del Paraíso de Ariana.  Lo incluyo ahora en homenaje a nuestro nuevo compañerito: LOTUS.
 
 
SKIPPY

 

 

Quien más me acompañó durante aquellos momentos de des­­concierto fue el Skippy, mi gato negro. Cuando sentía que ya no tenía fuerzas para matar el aburrimiento en el que había caído des­de que la Abuelijita enfermó, corría a buscarlo por los jar­di­nes y me lanzaba al césped, abrazándolo con fuerza, tratando de ma­tar mi ansiedad así, ahogando en su cuello tibio mi rabia de no poder cambiar el destino.

Su piel era suave como el más fino de los terciopelos. Vi­vía en La Morita y lo conocí un día mientras paseaba. Se me acer­có despacio, sigiloso. Cuando caí en cuenta de su presencia, se quedó inmóvil, mirándome fijamente. Me acerqué con cuida­do. Él se dejó acariciar. Como no sabía de dónde había apa­re­ci­do, le pregunté a Juan Ricardo si él lo había visto antes.

—Sí —me contestó—. Es el Skippy y vive aquí.

—¿Y quién es el dueño?

—Yo. Es mi gato.

—Vamos a darle un poco de leche —propuse—. Apuesto a que tú nunca le das de comer.

A mi hermano aquello le pareció una gran idea. Lo lle­va­mos a la cocina y mientras le servía un tazón con leche, le pre­gun­té si él le había puesto ese nombre.

—Sí. Le puse Skippy, como el canguro de la televisión.

—¿Y no te da miedo de que sea completamente negro?

—No —replicó Juan Ricardo con pasión—. Es mi gato y a mí me gusta así.

Yo había escuchado que los gatos negros traían mala suer­te, pero este animalito parecía amigable, así que decidí dejar de la­do aquel pensamiento y también lo adopté.

Le di la leche y se la acabó tan rápido que tuve que ser­vir­le unos cuantos tazones más. Lo observábamos mientras devora­ba su comida con avidez, protegiéndolo de los perros del guar­dián que gruñían saboreando de antemano el plato del Skippy. En eso estábamos cuando entró la Lucrecia. Al ver lo que ha­cía­mos se puso furiosa y estalló. Empezó a vociferar para que nos ale­járamos.

—¡La leche es para la casa! —nos gritó—. Si no se van de aquí con ese gato negro, le aviso a la señora Carmen.

                                                                                                                                                     

La Lucrecia siempre se ponía así, gritaba por todo y de­tes­ta­ba que entráramos a su cocina, peor si era para tomar algo de co­mer. Nosotros le temíamos muchísimo, pero ese día nos dio tan­ta rabia que los dos nos rebelamos y le gritamos al mismo tiem­po:

—¡Déjanos, longa metiche, es nuestro gato y queremos dar­le de comer!

—¡Qué va a ser gato de ustedes! Ese horrible gato negro es del don Pablo. Ya le voy a decir para que se venga a llevar y le mate, mejores.

—¡No te atrevas! —le grité. 

Cargué rápidamente al Skippy y pedí a Juan Ricardo que aga­rrara el tazón de leche para que no se lo quitara. Huimos de su alcance a toda carrera y volamos a escondernos en el sitio más alejado de la quinta.

Pusimos el tazón de leche en el muro y trepamos al Skippy pa­ra que pudiera comer tranquilo. Estaba furiosa. Pensaba en to­do lo que me había dicho. Así que el Skippy era del Pablo. El Pa­blo era el cuidador de la quinta y yo le odiaba porque tenía a to­dos sus animales muy flacos. Le pedía que les diera de comer pe­ro él sólo se reía. 

—Sí les doy pero ellos acaso que comen, ca —me dijo un día con tono seco.

Decidimos pactar con la Lucrecia porque cuando ella se eno­jaba con nosotros, era capaz de todo; nos encaminamos hacia la casa. Cuando entramos a la cocina notamos que ya se encon­tra­ba de mejor humor, pues no nos echó como acostumbraba ha­cer­lo. La primera reacción de mi hermano fue tratar de disuadirle para que no hiciera daño al Skippy. Ella se rió burlonamente y yo hice una señal a Juan Ricardo para que se callara. Sabía que si continuábamos hablándole de eso, iba a pasárselas amenazán­do­nos con deshacerse de nuestro gato.  

Cuando llegó la noche me fui a acostar un poco nerviosa.  Al día siguiente comprobé con alegría que el Skippy seguía allí y que la misma Lucrecia le había puesto un tazoncito con leche. Pa­samos todo el día con él y desde ese fin de semana se convirtió en nuestro amigo.

Apenas llegábamos a La Morita corría hacia nosotros, des­de donde estuviera. Nos seguía a toda velocidad hasta que el auto se estacionaba y entonces se sentaba a mirarnos fijamente.  No­sotros nos bajábamos y tan rápido como podíamos íbamos a sa­ludarlo. 

Cuando llegaba el domingo, Juan Ricardo y yo tratábamos de llevárnoslo a Quito, pero mami nunca lo permitía. Tanto ella co­mo papá sentían total desprecio hacia los animales y la sola idea de tener uno en casa les espeluznaba. Cuando llegaba a Qui­to me carcomía imaginando su soledad, su hambre.

Con el pasar del tiempo, hasta papá y mamá tuvieron que acos­tumbrarse a la presencia del Skippy en La Morita. Ya no de­cían nada cuando lo veían dentro de la casa. El acompañarme a mi­rar televisión se convirtió, para él y para mí, en una agradable ru­tina y muchas veces se quedaba durmiendo conmigo en la ha­bi­tación.

Una mañana lo saqué temprano para que se paseara, mien­tras yo me vestía. Cuando terminé de desayunar, salí pensando que lo iba a encontrar esperándome en la puerta de la cocina, co­mo siempre hacía. Al abrir la puerta me llevé la gran sorpresa.  No estaba. Lo busqué y lo llamé durante un buen rato y nada.  Preo­cupada fui a preguntar a mi hermano si lo había visto.

—Sí —me contestó de lo más tranquilo—. Está en la lagu­na comiéndose un pájaro.

Su respuesta me dejó fría. No lo podía creer. Pensando que todo era un invento de Juan Ricardo, me dirigí hacia la la­gu­na para ver si lo encontraba, pero al llegar, observé con horror que lo que me había dicho no era mentira. Ahí está, un montón de plumas yacen a su lado, y entre las patas delanteras reposa el pá­jaro pequeño, desgarrado ya.

 

                                                                                                                                                     

Apenas me ve, deja su presa y se acerca a toda carrera.  Lan­zo un alarido de asco y de espanto. Corro alejándome de él, pi­diéndole a todo pulmón que no se aproxime. El Skippy se de­tie­ne en seco y se sienta a mirarme. Sin poder reprimir una sen­sa­ción de malestar, lo insulto, lo echo. Lanzo patadas al aire pa­ra que no se atreva a volver. Ya en casa siento que lo que ha he­cho es algo demasiado cruel. Durante todo el día recuerdo con ho­rror la imagen de la mañana y no puedo comer nada. Siento ga­nas de vomitar.

Yo la veo desde aquí, como no he dejado de verla dentro del armario. Ariana sentada a la puerta de la cocina, cabizbaja, con su camiseta sucia, su overol, su flequillo y sus dos trenzas. Ha estado tanto tiempo en silencio que quiere contárselo todo a al­guien. La Lucrecia se le acerca. Le describe todo sin ahorrar los detalles sórdidos. Cuando termina, es decepción y dolor lo que se enreda en su garganta.

—Pero y qué espera, pues, niña Ariana —me dice la Lu­cre­cia con su tono algo seco—. Cuando los animales no tienen quién les dé de comer, aprenden a arreglárselas solos. Como al don Pablo ni le importa que el gato viva o se muera, su Skippy ha aprendido a sobrevivir solo, cazando lo que puede. Pero us­ted, ¿de qué se queja? ¿Acaso cree que el pollo que usted come to­dos los días no fue antes un animal vivo? ¿Dónde vive usted?

—Pero no tenía que matarle a ese pajarito, yo siempre le doy leche —respondí tragándome las lágrimas.

—Vea, niña Ariana, el Skippy ya está acostumbrado a ca­zar —me contesta entre malhumorada y dulce—. Él no diferen­cia los días normales de los fines de semana. Lo único que él sa­be es que si no caza se puede estar muriendo de hambre. ¡Y ya no me moleste más que tengo que hacer!

Sigue Ariana sentada en la grada. Lucrecia entra a la co­ci­na. Poco a poco empieza a comprenderlo todo. Siente como si al­guien le hubiera quitado una venda que le impedía entender el mun­do. ¿Entonces la vida no era tan linda como se empeñaba en sos­tener  Abuelijita? ¿Era tal vez a ese tipo de cosas tan duras, co­mo las que le tocaba hacer al Skippy para no morirse de ham­bre, que aludía la abuela Marieta cuando decía «la vida es un valle de lágrimas»?

Lo llamé a gritos. El Skippy no se hizo esperar. Apenas es­cuchó mi voz, vino corriendo y como si nada hubiera pasado, se sentó en mi falda. Lo estuve acariciando un buen rato y luego lo llevé a la cocina para que comiera repetidas veces su tazón de leche con pan. Mientras lo observaba devorar su plato pensaba, con un nudo en la garganta, que mis cuidados de fin de semana eran casi nada comparados con los largos días que tenía que pa­sar comiendo desperdicios y migajas.

 

 

Supe y acepté su necesidad de cazar y a partir de ese día, to­das las noches, en mis plegarias nocturnas, le pedía al Niño Je­sús que no olvidara dar al Skippy muchos pajaritos.

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