Carta 7 - Papá, Quito y un último viaje


Viviana Cordero. Escritora, directora teatral y de cine ecuatoriano.

Tengo diecisiete años y le escribo a mi padre que los abuelos llegarán al día siguiente. Es una carta que nunca arribará a su destino pues Papá ha muerto. Falleció tres meses después de haber llegado a París. Tuvo un accidente de tránsito y murió de contado. Fue a su regreso a Quito, a donde sólo iba para verificar algunas cosas que estaban pendientes. Debía volver en cuestión de días. Es un sábado la tarde anterior al hecho. Nosotros fuimos al cine. Presentan una película de Walt Disney y la pasamos tan bien que por momentos Ariana olvida su clase de matemáticas, ésa a la que le teme tanto. Juan Ricardo también olvida su frustración de no haber ingresado al conservatorio. Va a ser el mejor pianista, eso lo sabe. De alguna manera esa tarde los niños y la madre se sienten tranquilos. Como que gozan de una libertad que les anima.


El padre suele ser en ocasiones autoritario. Cuando acaba la función, están tan bien que no quieren regresar a casa. Recorren la ciudad que está muy bonita y cada uno conversa de lo suyo. Llegan tarde y alegres se van a acostar. Fuerzo mi memoria tratando de recordar si hubo algo que me hiciera presentir lo que iba a ocurrir, pero no, nada. Tuve sueños acerca de faraones egipcios, nada relacionado con el hecho en sí. Mamá recuerda haber escuchado un silbido que se parecía mucho al de Papá, y que por eso se dio la vuelta extrañada cuando volvíamos a casa, pero que al hacerlo se dijo a sí misma que era una tontería pues Alejandro estaba en Quito. Sólo por Papá pasaron sentimientos extraños que no se los podía explicar. Para comenzar, él, un hombre de negocios que pasaba la mitad de su vida sentado en un avión, no quería viajar.

Papá ha muerto. Falleció tres meses después de haber llegado a París. Tuvo un accidente de tránsito y murió de contado

La noche anterior a la partida se sentía como un niño pequeño asustado ante su primer día de escuela. Estos tres meses no habían sido fáciles para él. Si bien había tomado la decisión de ir a vivir a París, no lo estaba disfrutando a cabalidad. Papá había decidido dedicarse a escribir, pero la inspiración no llegaba. Deambulaba por la ciudad. Lo recuerdo comentándonos que se iba a la Santa Chapelle. Se sentaba y regresaba sin encontrarse a sí mismo. Una persona tan activa como él, tan fuerte, que no paraba, a la que nadie rechazaba, ni presidentes ni ministros, ahora deambulaba decaído. Estoy viviendo en París, se decía, pero estoy triste. Qué me pasa. Por otro lado le acosaban las pesadillas cuando lograba dormir. Y cuando no, que era lo usual, salía a caminar a la madrugada. Eso ocurrió también la noche anterior a su partida; se despertó a las tres de la mañana y se fue a caminar hasta que amaneció por los jardines del Campo de Marte. No sabía lo que estaba ocurriendo.


El día del viaje la pasa angustiado y a las siete de la noche destapa una botella de champagne. Quiere brindar con la familia. Qué todo salga bien, les dice, casi con lágrimas en los ojos. Qué extraño, pienso, si va a estar de vuelta en cinco días. Como a las siete y treinta de la noche se despide de nosotros y sale a tomar un taxi en la plaza de Trocadero en compañía de Juan Ricardo y Jerónimo. Caminan en silencio hasta que llegan a la parada de taxis. Una vez allí abraza a Juan Ricardo y le dice: Ahora tú estás a cargo de todo. Eres el hombre de la casa. Qué extraño, piensa Juan Ricardo, si va a estar de vuelta en cinco días. Juan Ricardo al momento tiene trece años.


Estoy viviendo en París, se decía, pero estoy triste. Qué me pasa

Ya en el avión una señora que está sentada junto a él le observa. Es un hombre guapo, pero pálido, demasiado pálido. Lo mira asombrada como se le van un par de lágrimas. Alejandro aterriza en Quito y no puede explicar sus sentimientos. Debería estar tranquilo, contento de ver a sus padres, a sus hermanos, pero no, se siente tremendamente acongojado. Va a la casa, ésa que sólo cerraron pues íbamos a habitarla cuando viniéramos por vacaciones y allí está Juana, la empleada de toda la vida. Ella se asombra de ver que los ojos se le humedecen cuando la ve y se echa a llorar con desesperación en su pecho. Tranquila, hija le dice para ocultar que él está peor que ella. Mi padre tiene algunos encargos, entre esos llamar a mi amigo, el Gordito Andrés para entregarle unos regalos que yo he mandado para todo mi grupo. Son unos pines de grupos de rock que venden en el metro de París. (AC DC, Rolling Stones, Genesis, Led Zeppelin) nuestros ídolos.


El Gordito Andrés se encuentra con mi padre. Eso me lo cuenta ahora. Han pasado más de treinta años y recuerda a mi padre con gran cariño. Tu papá me llamó apenas llegó y yo le fui a ver y conversamos. Y me habló de ti. Estaba preocupado por ti. Tu papá te quería mucho, Ariana. Y yo ya no puedo hacer nada porque han pasado treinta años y él está muerto. Y yo también le quiero, pero ya no está. Papá va a un almuerzo y siente que las lágrimas le brotan a cada instante. Por la noche se acuesta en la cama de sus padres. Ha quedado en visitar a un amigo, pero dice que quisiera quedarse durmiendo con ellos, como cuando era chiquito. Sus padres se enternecen, pero se asombran.


Alejandro es un superhombre, no le teme a nada. Alejandro es aquél que una vez detuvo un avión con su cuerpo, piensa su padre. Finalmente Alejandro se levanta y se va donde su amigo. Lo lleva su hermano Leonardo y le dice que si lo necesita le puede venir a recoger, que lo llame. Alejandro llega donde su mejor amigo, se siente cansado y triste. Eso lo percibe su amigo y nos lo cuenta después en una carta. Alejandro le habla sobre lo que han sido los tres meses que acaban de transcurrir. Le dice que le cuesta acostumbrarse. Añora su vida pasada, tan llena de ocupaciones. Pero parece que ahora todo va a ser mejor pues hay la posibilidad de que lo nombren Embajador y eso lo motiva. No cree que se queden más de dos años, le dice a su amigo. Está bien alejarse por un tiempo, pero su vida es en Quito, le aclara convencido. Terminan de comer. Su amigo lo ve cansado. Alejandro recuerda que puede llamar a su hermano para que pase a buscarlo, pero al ver la hora y sintiendo pesar de hacerlo levantarse a recogerlo pues se encuentra en las afueras de Quito, acepta la propuesta de usar el auto de su amigo. Y ésas son las decisiones que le llevan a uno a lo definitivo. Porque si no hubiera aceptado usar el auto de su amigo, o si se hubiera excusado para no ir a cenar esa noche, o si hubiera llamado a su hermano, tal vez seguiría con vida, pero no, aceptó el auto y casi llegando al peaje se durmió y se dio de frente contra el concreto del puente.


Murió de contado. En París, a la hora en que ocurrió todo esto, la familia duerme. A las seis de la mañana suena el teléfono. Nadie sospecha nada, simplemente se asombran de la hora, pero tanto Carmen como los chicos corren creyendo que se trata de su padre. Estaba segura de que eras tú. Pensé que llamabas para avisarnos que habías llegado con bien, que las cosas en Quito seguían su curso normal y que muy pronto estarías de vuelta. Por eso me sorprendí tanto cuando al otro lado del auricular se escuchó la voz del abuelo Víctor Manuel. Los teléfonos en Francia en esa época tenían un aparatito adicional por el que se podía escuchar la conversación. Cuando Mamá dijo: "¡Papito, qué pasa!" me quedé perpleja y alcé el aparatito para averiguar lo que había sucedido.

Lo lleva su hermano Leonardo y le dice que si lo necesita le puede venir a recoger, que lo llame

 

Todo es bastante confuso y no recuerdo bien cómo fue que el abuelo Víctor Manuel nos explicó que no se trataba de mi tío Joaquín, como temía Mamá, sino de ti. Tampoco entiendo cómo fue que en el momento en que nos dijo que tú habías tenido un accidente, todos sin excepción nos encontramos casi abrazados del teléfono. Creo que al principio nadie se lo creyó y por eso cuando mi abuelo, para tranquilizarnos, dijo que no era fatal, todos nos repetimos interiormente: Claro, cómo iba a ser fatal. Sin embargo cuando se cerró el teléfono nos regresamos a ver y nadie supo qué decir. Nos dirigimos a la mesa del comedor porque obviamente ya nadie podía regresar a la cama y a los pocos minutos recibimos la llamada del embajador ofreciéndose a acompañar a Mamá a comprar los tickets para el vuelo de esa noche. El abuelo había dicho que teníamos que viajar todos y eso es lo que a Mamá le tenía completamente desesperada.


Cuenta que cuando llegó a la oficina de Air France le flaquearon las piernas y estuvo a punto de desmayarse. Mientras tanto nosotros nos quedamos en el departamento preparando las mudadas para el viaje. Cuando subí a mi cuarto para organizar mis cosas traté de encender la radio, pero fui incapaz; me fumé un cigarrillo y sintiéndome culpable por ello me puse a pensar en lo que nos estaba sucediendo. Nadie nos había dicho que estabas muerto, al contrario, hubieron varias llamadas en la mañana y todas nos aseguraron que no era fatal. Sin embargo había algo macabro en todos esos telefonazos y presentía que la situación era terrible aunque no sabía en qué sentido. Bajé a reunirme con Juan Ricardo, Jerónimo y Valeria. No teníamos mucho que decirnos y a pesar de que sabíamos que debíamos sentir tristeza en ese momento estábamos de alguna extraña manera que no puedo entender ahora, emocionados de vivir algo importante. Para nosotros era una aventura.

De pronto nos habíamos convertido en el centro de atracción. Y de mí lo único que puedo decir es que sentía una ilusión enorme de volver a Quito al cabo de estos tres meses pasados en París. Los había pasado mal. No me acostumbraba por muy ciudad luz que fuera. Pero además no creíamos que podía tratarse de nada terrible, tú eras invencible, de seguro lo ibas a superar.

 

Cuando volvió Mamá, quiso que fuéramos a misa y que nos confesáramos. Caminando fuimos hacia la iglesia española. El cura nos recibió molesto y no nos quiso confesar, eso como anécdota. Al final lo hizo sintiéndose culpable porque mi mamá le explicó la situación. Al salir de misa me encontré con una compañera del Liceo Español, colegio en el que me encontraba por ese entonces. Me acerqué a pedirle que explicara a los profesores que no iría en algunos días y le conté lo que me estaba sucediendo. A pesar de que no éramos amigas me abrazó ofreciéndome su comprensión y yo, sin poder evitarlo, me eché a llorar. Regresamos a la casa y otra vez nos quedamos mirando las maletas sin saber qué meter. No podíamos empacar sólo ropa negra porque eso era asumir algo que no estábamos dispuestos a aceptar. Tampoco podíamos aparecer de colorado. Como nadie nos había dicho nada la situación era bien confusa. Le sugerí a Mamá que llamara a Quito; allá eran más o menos las cinco de la mañana pero pensábamos que si la cosa era grave debía haber alguien despierto en la casa de tus padres. Y en efecto, apenas comenzó a timbrar contestó tu hermano Marcelo. "¡Marcelo!, ¿Es fatal?" y él no respondía nada, solamente: " Ya le paso a tu papá". Mamá no entendía qué hacía el abuelo Víctor Manuel en casa del abuelo Tomás pero por suerte su firmeza nos tranquilizó. Le dijo muy seguro: "Hijita, no es irremediable, pero tienen que venir”.

Y de mí lo único que puedo decir es que sentía una ilusión enorme de volver a Quito

Fue tan reconfortante escuchar la voz del abuelo que nos olvidamos de todas la preocupaciones y empacamos cosas discretas pero no negras. En ese instante habíamos resuelto no llevar luto si es que de verdad te habías ido porque no creíamos que el color de la ropa tuviera importancia. Uno está triste de negro o de azul. Lo exterior siempre da lo mismo. El avión salía a la 1:00 de la mañana y la espera se nos hizo bastante larga. La tarde la pasamos arreglando la casa, conversando, haciendo elucubraciones fantasiosas para tranquilizarnos, en fin... Cuando cayó la noche, todos nos cambiamos y nos arreglamos para salir. El embajador se había ofrecido a llevarnos al aeropuerto así que nos sentamos a esperarlo. Cuando llegó actuó como si él tampoco conociera la realidad, pero en el camino nos dijo que era mejor que estuvieses muerto a vivo e inválido. Esto me marcó pues yo te consideraba invencible y no creía que pudieses estar ni siquiera herido. Cuando uno es joven cree ciegamente que todo el mundo es inmortal. El primero que se va rompiendo con este esquema acaba con toda la magia de la vida.


¿Sabes? Yo tenía mucho de niña y aunque trataba de estar constantemente pendiente de Mamá, no podía sentir la angustia de ella. Parecía tan desesperada y sin embargo lograba dominarse. Nosotros, en cambio, estábamos bastante excitados y noveleros con el viaje. Cuando me hacía algún comentario yo le insistía que de seguro estabas vivo y que no había de qué preocuparse. Inclusive el hecho de que no nos dejasen embarcar porque había amenaza de bomba nos pareció de aventura. Cómo explicarte, ni yo lo entiendo. Sólo sé que era algo diferente en nuestras vidas y eso lo hacía menos triste. El viaje fue bastante largo a pesar de que sí logré dormir. No entiendo cómo logró mantenerse tranquila Mamá. En algún momento me dijo: Si es fatal nos vamos a pasar Navidad en Miami y en Disney World. Necesitamos calor y alegrarnos un poco. Y yo pensé, cómo puede sentir ánimos para organizar viajes, pero le agradecí tanto porque no permitía que la vida acabara. Y eso hace que la admire y la extrañe ahora. No es algo que yo podría hacer ahora a mis 49 años. No podría.


Cuando tú te fuiste, Juan Ricardo, yo me desmoroné y otra vez fue Mamá quien me levantó. Supongo que ella fue siempre una guerrera a la que la vida probó demasiado. Cuando llegamos a Bogotá le llamaron a Mamá por el alto parlante del avión. Nos acercamos temblando, pero lo único que nos dijeron fue que desde Quito habían llamado para averiguar si estábamos embarcados; nada más. Nadie sabía nada. En esa época no había celulares. ¿Cómo vivíamos sin ellos? Y luego nos comunicaron que estábamos próximos a aterrizar y aquello me produjo un hormigueo en el estómago. Mientras descendíamos por el cielo algodonoso reviví en dos segundos los tres meses pasados en París; mi sufrimiento y mi angustia y di gracias de volver a Quito aunque sea debido a esta situación. Así aterrizamos. Y luego vino la película porque todo fue como una película. Nos hicieron salir primeros y cuando llegamos a la puerta del avión , vi con una mezcla de espanto y emoción, que al pie de la escalera se encontraba una cantidad enorme de gente vestida de negro.


Los miré fijamente y con terror empecé a reconocerlos; el abuelo Víctor Manuel, el tío Isaac que había vuelto a los tiempos de los Estados Unidos, la tía Nora que por lo visto también había viajado desde Washington, el tío Leonardo con su botiquín de primeros auxilios, Joaquín, la tía Alejandra, todos, todos estaban ahí excepto tus padres que seguramente se habían quedado llorando frente a tu ataúd. Y yo todavía quería preguntar: ¿Está vivo? Como si el negro de las ropas no fuese respuesta suficiente. Lo único que sentía mientras caminábamos hacia el terminal es que no era real. Recordaba las hermosas nubes blancas de hacía unos minutos y en el terrible nubarrón negro que nos esperaba en tierra. Tuve miedo. No pasamos aduana, entramos por la puerta presidencial, el abuelo Tomás era hombre demasiado importante en el país y todo estaba listo para que nosotros pasáramos VIP así que en un dos por tres estábamos Juan Ricardo, Valeria, Jerónimo, Mami y yo embarcados en el Mercedes del abuelo. La pesadilla comenzaba pero creo que solamente Mamá se daba cuenta.