TRES PASOS DE BAILE

VIVIANA CORDERO

HOY

ESTAR EN UNA CASA VACÍA INVITA A PENSAR. EL SONIDO

de la madera que cruje, el silencio de los objetos que espanta, el miedo que se trata de apaciguar sintiendo que el corazón no le responde a la cabeza y se desboca. El alivio de estar sola sin él (no lo digas). Sentir casi un éxtasis frente a su muerte (calla). La extraña tranquilidad de saber que ya no será parte de tu vida. Sensaciones que ni siquiera te las puedes susurrar a ti misma por el pavor de reconocerlas.

Jacinta recorre las habitaciones de su departamento. Ya la noche ha caído. Se escucha el chisporroteo de la lluvia y el frío le penetra los huesos a través de los huecos del tejido de su sacón negro de lana. Sientes náuseas y te agarras el estómago para aplacarlas. Vas de la cocina a la sala, de la sala al comedor, del comedor al dormito- rio, del dormitorio al despacho de Aníbal. No quieres entrar a ese cuarto, apenas lo miras en la oscuridad. No quieres encender la luz. Te pegas a la pared y tratas de respirar para no vomitar. Piensas que tu vida ha sido un desperdicio.

Hacía un par de horas había regresado de la sala de cremación donde se quedó el cadáver de su segundo es- poso. Cuánta gente había ido a darle el pésame. Se encontraba cansada, pero no lograba ponerse el camisón de dormir y meterse a la cama. Por eso seguía dando vueltas dentro de la casa, como mosca que no descansa. Pensaba en las cenizas de Aníbal que las iría a recoger al día siguiente. Por suerte no las tenía en casa esa noche. No lo hubiera podido soportar. Los hijos de él querían llevarlas al Pichincha y botarlas desde la cima como homenaje a la ciudad que tanto amó. A ella le daba igual. Se dirigió a la cocina. Junto a la puerta de la pequeña despensa, donde se esconde el tanque de agua, hay una botella de jerez  Tío Pepe. La lleva a la mesa del comedor, la abre y se sirve una copa. Bebe un sorbo. El sabor salado le atravie- sa la garganta y se siente reconfortada. Luego se dirige a la cómoda que está en el corredor que conduce a los dormitorios. En uno de los cajones, en el que se guardan los envoltorios de almohadas, busca la cajetilla de ciga- rrillos para ocasiones especiales. La abre. Aliviada, com- prueba que está casi llena. Extrae uno y lo enciende. Mientras toma el jerez, aspira el humo y se siente acom- pañada. No hay nadie en casa.

 

 

 

CÓMO EMPIEZAN LAS COSAS

 

LO QUE RECUERDA ES EL POLVO…

Han pasado veinte años y no ha ido a visitar su tumba. No logra hacer las paces con él. Esta mañana, mientras doblaba el mantel de lino blanco que heredó de su madre, pensaba que esa era la imagen. Hacía tiempo que no lo veía, ya lo había olvidado. Pero hoy, al decidir ordenar el armario que se encuentra en el corredor del fondo del apartamento, tratando de deshacerte de Aníbal, lo reencontraste y lo recordaste, siempre colocado sobre la mesa de diario de la hacienda. Lo acercaste a tu nariz y volvió a ti el olor desagradable del polvo. Pequeñita, montada sobre el caballo alazán. Eros se llamaba. Dos veces por semana te tocaba.

—Jacinta, no olvides revisar no una, sino varias veces, que la sopa de tu padre esté lo suficientemente caliente. Él detesta tomarla fría.

—Sí, mamá —respondías.

—Pones más leña al fogón si hace falta.

—Sí, mamá —contestabas y te persignabas al salir porque tenías miedo de hacerlo mal.

Tenías ocho años, tu hermana Josefina, doce, y las dos debían turnarse para acompañarlo los días que iba a La Felicia. Tu madre se quedaba en casa con los demás niños.

—Para que vayan haciéndose mujercitas —decía—. Tienen que aprender. Si no, quién va a querer casarse con ustedes.

Cuando preparabas la comida en La Felicia tú sola, sentías miedo. Don Aurelio salía a revisar que todo mar- chara bien, que en el establo las vacas respiraran en or- den, que los potreros se mantuvieran bien cuidados, y tú te quedabas en esa mediagua cocinando. Y la ansiedad te oprimía. Sentías la soledad. Oías los pájaros y temías que alguno se metiera por las rendijas. Les tenías pavor. Te asustabas hasta de los pollos, pero eso no se lo podías decir porque no lo aceptaría. No lo iba a entender. Él era duro, cruel a veces. Nada cariñoso con sus hijos. En esa época tampoco se estilaba ser afectuoso con los niños.  No recuerdas un abrazo suyo. Por eso te asustaba salir en compañía de ese señor tan serio que no te dirigía la pala- bra sino para lo estrictamente necesario. En silencio re- corrían el camino que distaba de la casa grande de una de las haciendas hacia la otra que ni siquiera tenía casa, solo esa mediagua. Alguna vez se me quemó la sopa y él afirmó: «Eres una carishina». Y la echó a los perros. Sentí en ese momento un hormigueo en las manos, un dolor en el pecho y un ardor en la garganta. No sé cómologré tragarme las lágrimas. A ti no te gustaba el llanto y las mujeres «lloronas»; lo único que te provocaban era rabia.

 

* * *

 

Me pregunto, ¿fui una niña feliz? Me lo vuelvo a cuestionar: ¿existen niños felices? Se predica que la niñez es la mejor etapa de la vida, pero ahora piensas que ese es uno de los tantos mitos que se propagan. Te recuerdas a los cuatro años, con miedo. Te despertabas a medianoche y veías los gigantes. No sabías qué era eso, pero desde la puerta de tu cuarto podías otear el pasillo que conducía al cuarto de tus padres. Una claraboya producía sombras. La niña Jacinta las observaba, desvelada  y aterrorizada. Las veía acercarse. Quería gritar para que su madre viniera a salvarla, pero tenía miedo de hacerlo, pues los gigantes podrían llegar más rápido y arrastrarla lejos. Por obligación, se callaba. Permanecía rígida y silenciosa, esperando que ellos también se quedaran en su sitio y no se percataran de que se había despertado. Alguna vez, fue su madre quien atravesó el corredor, pasando junto a los gigantes, sin siquiera tomarlos en cuenta, para venir a acostarse en su cama. Nunca pensaste en el motivo. Ahora te das cuenta de que probablemente se debía a que tu madre no soportaba a tu padre. Pero, en ese instante, lo único que me provocaba su presencia era felicidad. Me decía: «Vengo a acompañarte, ¿quieres?». Y yo, pequeñita, asentía. Me quedan pocas y borrosas memorias de mi niñez. Tengo que hacer un gran esfuerzo para recordarlo todo y ya ni sé si vale la pena. Solo me pregunto si fui una niña feliz.

 

* * *

 

A los nueve años adoraba a Ermelina. Ella tenía dieciséis cuando llegó. Era de Chone. Todos decían que era muy agraciada. Los ojos verdes, la piel aceituna y el pelo crespo, además, una sonrisa cautivante. Desde que llegó, te sentiste acompañada. La muchacha había sido contratada para cuidarlos. Jugábamos y conversábamos. Ermelina te hablaba de un novio en su pueblo. Te contaba cómo era la vida allá. Te describía el mar en el que se había zambullido un par de veces. También te confesaba que, con su primer sueldo, se compraría un par de zapatos de taco aguja.

—Serán blancos —soñaba.

Tú también querías usar tacones, como dictaba la moda, pero eras muy chica. Hubieras querido tener dinero para regalárselos a Ermelina, pero no sabías cómo conseguirlo. Le pregunté un día a mamá si podría comprarle un par de zapatos y ella me miró como si le hubiera propuesto un viaje a la luna. Ermelina a veces te ignoraba y eso te enloquecía. La perseguías para preguntarle el porqué. Ella no respondía. Tú quedabas desconcertada. Por todos los medios tratabas de tenerla contenta. En ocasiones se sumía en largos silencios. Se desquitaba, como si supiera de la obsesión que yo sentía por ella. Pero cuando estaba de humor reíamos mucho. Era mi mejor amiga. Me enseñaba a bailar mambo y chachachá. Sin embargo, una tarde, todo cambió. Habíamos ido a tomar el té en casa de la tía Inés, hermana de mamá. Era un domingo. Te aburrías. Deambulabas de un lado a otro y, de pronto, pensaste en regresar. Tu casa quedaba apenas a tres cuadras. Me divertiría más con Ermelina, pensabas. Sin la presencia de tus hermanos, podrían dedicarse a bailar. Me acerqué a mi madre. Le dije que me dolía la cabeza y que quería recostarme en mi cama. Mamá no se opuso. Me despedí  y marché en dirección a casa. Llegué y entré quedita. Te dirigías al baño cuando notaste entreabierta la puerta del cuarto de tu padre. Escuchaste gemidos. Asustada, te acercaste. No se percataron de tu presencia. Ahí estaban. Él, acostado con los pantalones abajo, y Ermelina encima suyo, sin interiores y con la falda levantada.

 

* * *

 

Muchas veces he reflexionado sobre lo que observé esa tarde. La escena me impactó con tal magnitud que pasé enferma una semana. No le conté a nadie. No entendía lo que había visto porque de sexo no conocía, pero, en mi interior, algo se rompió. Ya no quise ser amiga de Ermelina. Te parecía sucia. Cuando ella se acercaba, ahora tú la rechazabas. Una vez la encontraste llorando. Murmulló que tenía que marcharse. No le preguntaste por qué. Observaste que vomitaba. Ahora entiendo, y sospecho que en algún barrio de Chone vive un medio hermano mío. No quiero creer que mi padre la violó, pero tampoco puedo aceptar que ella se le ofreció. Ermelina tenía un novio y decía que lo quería. Supongo que la muchacha tuvo miedo y acabó accediendo. Todavía siento quemazón en la mitad del vientre cuando lo imagino acercándose a la sirvienta. Él me quitó muchas cosas: la seguridad económica, la tranquilidad, la inocencia. Me arrebató a Ermelina.

 

* * *

Hay tanto que una desconoce de sus padres, pero puedo imaginar el miedo de mamá. La casaron a los quince años. Me adoctrinaron que mis abuelos eran de abolengo. Ellos fallecieron aún jóvenes, cuando mamá tenía catorce. Era la intermedia de diez hermanos. Los mayores se dedicaron con brío a despilfarrar su fortuna en espléndidas fiestas. La gente de la época recuerda que las recepciones de los Ante eran un derroche. Cuando el dinero se acabó, los hermanos de mamá recordaron casarla con un hombre adinerado que ya tenía treinta y siete años a quien su padre la había prometido siendo niña. Me enteré gracias a un escrito de mi madre, un pedazo de papel escondido en una caja de sombreros que me saltó al azar, porque se zafó el forro y, de pronto, cayeron en mis manos unas hojas ya amarillentas, con letra patoja, un relato de ciertos eventos. Eventos cotidianos y normales para la época.

Los cadáveres salían a diario de la casa. Noemí, mi madre, sentada en un rincón de la sala, veía desfilar los ataúdes, ya sin fuerzas para nada. Primero marchó su padre. Le habían diagnosticado fiebre escarlatina. Empeoró sin remedio y una mañana lo llevaron a enterrar en el monte de La Esperanza. Curioso nombre para una hacienda donde ahora había tantas muertes. Para cuando enterraron a don Amable Ante, el pequeño Emilio José, su hermano menor de dos años, ya volaba en fiebre. Paños fríos y baños en agua helada, de nada sirvieron, era una fiebre maldita. En dos días, el niño ya estaba muerto. Su pequeño ataúd salió de la casa, también rumbo al monte de La Esperanza, cuando ya la esperanza no era ni una semilla. Su madre no pudo acompañarlos al entierro porque ya estaba afiebrada y aparecían los primeros síntomas. Sin embargo, demoró más que los otros en fallecer, como si hubiese dudado entre quedarse con sus hijos vivos o partir tras los muertos. La siguiente fue Asunción, la lavandera, y luego la pequeña Rosita, su hermana menor. El ataúd de Asunción era de madera barata, sin pintar ni lacar; el de Rosita, blanco, pequeño, lleno de flores. Ya fallecida Rosita, Noemí no se afligió más. Intuyó, sin proponérselo, que a lo mejor su destino podía cambiar. Cerró los ojos, apretó la mandíbula y sintió rabia hacia su padre. Mejor que estuviera muerto. No lo lloró.

Años atrás, al son de un juego de cartas, don Amable Ante había dado su palabra de que su hija Noemí, a la época de ocho años, se casaría con don Aurelio al cumplir dieciséis. Sus haciendas eran contiguas y ambos pensaban que, con ese matrimonio, sus propiedades se agrandarían. Pasaron los años y Noemí se enamoró de Joaquín Pérez Izurieta, el joven heredero de la hacienda que colindaba por el norte. Se conocieron en un baile que don Amable dio para su hermana mayor. Fue amor a primera vista. El uno para el otro. No podían separarse. Él tenía quince años, ella trece, apenas si había comenzado a menstruar, pero se enamoró perdidamente, tal como Julieta a los catorce de Romeo. Comenzaron a verse a escondidas, algo que luego fue ya vox populi. «Las cosas nunca se pueden esconder», escribió Noemí. Su padre la encaró una noche que ella volvía de un encuentro con su amante. Entraba a escondidas a su cuarto, los ojos brillantes, el pelo en desorden, la ropa descuidada. Su padre la esperaba sentado en el sillón de su dormitorio. La miró con expresión dura. Ella sonrió levemente.

—Papá.

Una sonora bofetada que la tumbó en su cama acalló cualquier petición. Al día siguiente, su madre le informó que la fecha de la boda ya había sido fijada, cuestión de pocas semanas. Noemí se encogió. Sintió que sus piernas flaqueaban. Brotaron sus lágrimas. Imploró silenciosamente a su madre, pero ella se alejó sin darle tiempo a más. Su padre estaba instalado en el estudio. Noemí se acercó. Desesperada, se arrodilló abrazando sus piernas e intentando tomar su mano. Don Amable Ante mantuvo su mirada fija en el cuadro religioso que tenía al frente.

—Papá, no puedo, no me obligues. Amo a Joaquín. En un inicio, él calló. Mientras aguardaba el veredicto paterno, Noemí se sentía desfallecer. Luego de unos minutos, que para ella fueron una eternidad, Don Amable pronunció su sentencia con voz fría, sin volverse a mirarla.

—Un Ante jamás rompe su palabra.

Poco después, don Amable falleció y Noemí creyó que se había librado de esa maldición. Los meses siguientes fueron los más dichosos de su vida, conspirando con Joaquín, pensando en casarse con él. Sus hermanos mayores, los gemelos, habían regresado de París a poco del entierro del padre, prestos a despilfarrar la fortuna heredada. Parecían haber olvidado que don Amable prometió su mano y, por un tiempo, la dejaron tranquila. Pero, agotados sus fondos, no les quedó nada más para vender que su hermana de ojos celestes. Joaquín se marchó a Europa. ¿Qué habrá sido de él?, te preguntas. Eso ya no importa, lo que importa es que esa fue su vida, la vida de Noemí, la madre de Jacinta, nada rara en esos tiempos. Muchos morían aún jóvenes. Quedarse huérfano era una situación rutinaria. Enamorarse de un hombre y ser obligada a casarse con otro, una cotidianidad más.

Y así se convirtió Noemí en la esposa de su padre. Ella, una niña; él, un adulto complicado. Sientes escalofríos cuando piensas en eso. Qué soledad y qué miedo debió haber sentido tu madre en esa época. La angustia constante la habrá acechado. Pero de eso no se habla. Ahora la imaginas de la edad de tus nietas, cargando a cuestas un matrimonio, y te da ternura. Pero tu madre ya no es de este mundo. Sobresalen en tu vitrina las copas de champagne de su matrimonio. Son de plata. Queda también una vajilla. Las copas, al igual que la vajilla, te han acompañado desde el día de su muerte. Es lo más cercano a ella.

¿Cómo puede una adolescente enfrentar la convivencia con un hombre maduro?, te preguntas. Muchas cosas quedan en secreto. Soportar el matrimonio, aun cuando el cónyuge es coetáneo, resulta todo un desafío. Recuerdas, cuando joven, que tratabas a tu madre con cierto menosprecio. Te parecía una mujer débil. Mi madre quedó encinta casi de inmediato y siguió teniendo hijos, año tras año. No sé si en algún momento me llegó a amar. Probablemente, no. Como fue una mujer tan silenciosa, casi no la conocí. Luego de tu matrimonio con Julio, a poco de la muerte de su marido, ella se fue a vivir en Ambato con tu hermana Celia. Venía poco a Quito y, cuando ibas a verla, la conversación giraba siempre alrededor de la vida familiar de tu hermana, de su esposo y de sus hijos. Pensabas que tu madre ya había sufrido demasiado con todo lo que le arrojó el destino como para atormentarla con tus problemas. Así que, a la pregunta de

¿cómo estás?, seguía automática la sonrisa educada y el bien gracias. Eras buena para ocultar. Crees que poco supo tu madre acerca de ti, de las borracheras e infidelidades de Julio. La visualizas ya cansada de la vida, aterrada de tener que oír penas ajenas. Cuando ella falleció, tu hermana te despachó la caja de sombreros que no cabía en su casa. Al abrirla, encontraste un sombrero viejo y una mantilla. La tela que hacía de forro, se descosió. Pensabas coserla tú misma y la zafaste completa. Ahí estaba el diario de tu madre, escrito cuando joven. Ya ella no era de este mundo. Lo leíste con tristeza. Cuánto esconde un ser humano. Las mujeres contamos nuestras vidas a través de la pintura, las colchas para la cama, la escritura. Hubieras querido darle un abrazo. Ahora la entendías. Ya no vivía. Ya no te escuchaba. Ya no sufría.

* * *

Me pregunto el porqué de este ciclo que se ha repetido en mi familia. En ciertos años sobra dinero  y en otros abundan estrecheces. Recuerdo los sucesos posteriores a tu quiebra, padre. Mamá te había pedido que no confiaras en tu cuñado. Pero tú, subestimándola como siempre, respondiste que no sabía lo que estaba diciendo. Ella te suplicó. Le aclaraste que no se metiera en sus negocios, que tú velarías por los intereses de la familia. Y su madre tuvo la razón. El cuñado cerró su empresa y se fugó. Aurelio era el garante de sus deudas. Quebró. Recuerdo que mamá se encerró en el cuarto. Esa noche, ella se mudó de habitación. Nunca más volvieron a dormir juntos o a salir en pareja. Cuando los invitaban, uno de los hijos llevaba a la madre y otro se encargaba del padre. Dejaron de hablarse. Ella nunca lo perdonó. Un día, próxima su muerte, mamá nos convocó. Que nunca nos había dado una explicación, dijo, y que estábamos en nuestro derecho de preguntarle. Nadie abrió la boca. Ella siguió hablando.

—Yo se lo advertí y tuve razón. A sus ojos, yo era la niña, tontita, la que no entendía nada de nada. Fíjense que la niña intuyó. No pude perdonarlo. Ya me había hecho demasiado daño. Debió escuchar mis resquemores. Siempre dudó de mí cuando, después de todo, no resulté ser tan boba. Nunca fui feliz a su lado. Me obligaron a casarme con él.

Vuelvo a esa conversación con mamá. Revivo su dolor. Ella fue una mujer dulce. A pesar de todo, no vivía amargada. Era bonita, de rasgos finos. Y sonreía mucho. Solo se ponía seria cuando mi padre estaba cerca. Él jamás le pidió perdón. Era rígido, duro, incapaz de reconocer, y menos ante una mujer tan joven, que el equivocado había sido él. Supongo que, también para mi padre, su vida fue un infierno luego de la quiebra.

Regresa la tarde en que te enteraste. Llegabas de la escuela y, de pronto, sentiste que la oscuridad había entrado para quedarse. Siempre caminabas de la escuela a casa, en el Belén. Quedaba cerca y, en esa época, Quito era una ciudad segura. Venías en compañía de tus hermanas menores, Celia y Estela, y tu hermana mayor, Josefina. Tenías trece años. Entraste con ganas de tomar leche con chocolate. El salón estaba iluminado, pero percibiste la oscuridad. Las empleadas las miraron y no dijeron nada.

—¿Qué pasa?

Luisa, la sirvienta, bajó la cabeza. De pronto, entró el tío Asdrúbal, hermano de tu padre. Te acercaste a saludar. Pero algo... No podías explicarlo. Encontré a mamá sentada en la sala de estar, acompañada de la tía Adela. Las dos hablaban bajo. Luego vi tu despacho con la puerta cerrada. Temí preguntar. Pero los adultos siempre han hablado como si los niños no existiéramos y escuché palabras extrañas. Acreedores, deudas, quiebra. Mis hermanos mayores caminaban inquietos. Subían y bajaban las escaleras. Hasta el día de hoy, cuando pasas por ciertas urbanizaciones, recuerdas que esas tierras fueron propiedad de tu padre.

* * *

El siguiente año me tocó ingresar a un colegio estatal. Quería seguir estudiando. Sin dinero, las opciones eran pocas. Tenía catorce años. Quería graduarme. El primer día fue amargo. Lo recuerdo frío y nublado. Las otras chicas me hicieron el vacío. Sentían que yo tenía glamour y ellas no. Todas de origen humilde. Ninguna quería ser mi amiga. Comencé a comprender que existía un mundo diferente al que estaba acostumbrada. La rica, me llamaban. La blanquita. Ellas eran morenas. Mi tez es clara y tengo tus ojos verdes. Varias veces estuve a punto de abandonar el colegio. Hay un evento, sobre todo, que hasta el día de hoy me frustra, me carcome. Se me presenta en ocasiones. La imagen de aquella aula grande, fría y pintada toda de blanco. En las esquinas del techo a veces descansaban tandacuchas, que se habían colado por las rendijas de las ventanas rotas. A pesar de las burlas de las compañeras, a pesar de las miradas reacias de las profesoras, yo había logrado ser una de las mejores alumnas. Su profesora de segundo curso, la licenciada Beatriz Cosíos, había decidido que, en el tercer trimestre, debían pasar a la pizarra a escribir un dictado.

—Si es perfecto, van con veinte a la libreta —les

había dicho—. Y si no, cero.

Jacinta se preparaba para sacar veinte porque era aplicada, aunque miedosa. Una falta, una sola falta y se quedaría con cero. Llegó el día, pasó a la pizarra, comenzó el dictado, y se le nubló la vista. Terminó.

—Revísalo —dijo la licenciada Cosíos.

Jacinta revisó.

—¿Estás segura? —preguntó su maestra.

Jacinta no estaba segura, pero finalmente asintió. Sacó cero. Se equivocó con la expresión a través; puso, a travez. Hasta el día de hoy titubea a la hora de escribir a través. En esa época la mujer no tenía presión para estudiar. Pero yo sí quería. Me gustaba. Siempre había sido buena alumna. Por eso soporté las burlas, las risitas, las bromas. Aguanté con valor. Aprendí.

* * *

Así que ya ves, padre, no te puedo visitar porque se me revuelve el estómago y, la verdad, ni siquiera hubiera pensado en ti de no ser por este mantel que, además, tiene una mancha de café que también me recuerda a ti. Jacinta lo dobla, camina a la cocina y lo arroja a la basura. ¿Será por eso que detesta tomar café?

HOY

 

SON TRES DÍAS DESDE QUE MURIÓ SU MARIDO. CON LA

excusa de distraerse, Jacinta limpia la casa y saca cajas con la ropa de Aníbal. Le produce una molestia en el bajo vientre mirar sus camisas, sus ternos, ni se diga su ropa interior. Siente odio. No sabe si hacia él o hacia ella misma por tantos años infelices, cuando pudo haberlo dejado mucho tiempo antes.

—Llévalas a la iglesia —ordena a su empleada.

Cuando Margarita sale, Jacinta limpia con vinagre para ahuyentar su olor, su presencia, en todo lugar donde perdura un recuerdo suyo.

Considera mandar a lavar las cortinas. Desde que le diagnosticaron mal de Parkinson a su marido, dejó de lado esos detalles, pero ahora al mirarlas... ¡Sí! Agarra un banco, sube y comienza a descolgarlas. De pronto, se sorprende a sí misma sonriendo. Se examina. Millonaria no es, pero tiene suficiente para vivir con holgura. A pesar de todo lo que perdió por culpa de Álvaro. Álvaro... el hijo al que todavía no quiere recordar.

Quisiera viajar al exterior, a lo mejor... Le han pasado tantas cosas, pero ahora está dentro de este espacio que es solo suyo. Todos asumen que está triste. Por momentos, llegan sentimientos de culpa. ¿Será que la tristeza vendrá luego? ¿En qué momento convivir con Aníbal se volvió una tortura? Un día, él se tornó insoportable. Luego, su enfermedad. Ella no es de esta generación. Las mujeres actuales, algunas, saben decir no. Ella, en cambio, pertenece a la época en que la mujer tenía que aguantar. Ahora dicen que hay demasiados divorcios, pero es que antes se toleraba todo. No había otra opción. Ella soportó a su primer marido por muchos años, hasta que un día... Ya no pudo más... Lo echó de la casa. Por eso la miraron mal. Sus hermanas menores la criticaron, ni se diga sus dos hermanos y sus esposas. Solo Josefina fue solidaria. Algunas conocidas dejaron de saludarla. Tuvo que cambiar de amistades. En cambio, La Residencia progresaba y abrió una pastelería exitosa. Muchas señoras entraban a comprar pan y tortas. Ya no eran sus amigas, pero igual compraban.

Termina con las cortinas. Se ha puesto contenta. Su casa comienza a oler a limpio. Y ahora es exclusivamente suya. Esta noche ocupará la cama entera y verá las películas que le dé la gana.

Por la tarde va al supermercado. Allí, menos mal, nadie preguntará por qué está en la calle cuando su marido acaba de fallecer. Comer es impostergable, aun viviendo la mayor desgracia. Empero, ella no está sufriendo dolor alguno. Más bien, siente alivio. Siempre le ha gustado ir de compras. La relaja. Disfruta paseando por los diversos pasillos, notando los nuevos productos, constatando los precios.

Te diriges a tu auto. ¿Cuándo vas a dejar de conducir? Ojalá nunca. Te aterra la idea de un chofer o de tomar un taxi. Te gusta manejar. La primera vez fue a los doce años: el tractor de la hacienda. Luego, la camioneta Ford pickup del 35. Y después, manejaste y manejaste porque te hacía sentir libre y poderosa. Tal vez no deberías seguir conduciendo en carretera a tus setenta y dos años, pero todavía te crees capaz. Confías en que tus reflejos aún son buenos. Estacionas tu viejo Chevette celeste del 82 en el parqueadero del centro comercial. Caminas pausada.

Al regresar a casa, Margarita ya se ha marchado. Las ventanas sin cortinas llenan de claridad los espacios. Respiras profundamente.

Dejas las bolsas en la cocina y vas al comedor con el cuaderno que acabas de comprar para anotar tus re- cuerdos. Pegarás al pie una fotografía asociada a cada memoria.

 

 

 

FRANCISCO

 

A LOS SETENTA Y DOS, HAY CIERTAS COSAS QUE UNA NO hace. Y sin embargo… Cinco días después de haber enterrado a su esposo, se dirige por la avenida Seis de Diciembre y toma la calle Checoslovaquia. Te estás comportando como si tuvieras quince, Jacinta. Estaciona diagonal al edificio. Unas gafas enormes esconden su rostro. Observa. Su palpitar está acelerado, pero persiste. Dispone del día entero. Ayer se demoró buscando en la guía telefónica. Francisco Enríquez. Había algunos. Titubeó, pero luego se decidió. ¿Qué podía perder? Llamó a todos. Alegó que necesitaba enviar una invitación. Indagó si era un señor maduro, de unos setenta y cinco años. En algunos casos colgaron. En otros, su descripción de Francisco no coincidía. Hasta que una empleada, a regañadientes, confirmó el perfil. Ella supo que, por fin, lo había encontrado. Una hora más tarde, a eso de las ocho y media de la mañana, a  través del parabrisas del auto, lo vio llegar. Vestía un pantalón deportivo. Había estado caminando, probablemente haciendo ejercicio. Ligeramente encorvado, pero todavía fuerte. Jacinta lo observó con detenimiento. Él no se fijó en ella, nuevamente. La vez anterior fue hacía pocos meses, a la entrada de un restaurante. El pelo blanco, viejo. Sí, ya todos estamos viejos, se dijo al reconocerlo. Lo más triste de haber pasado los setenta es que ya se esfumó la opción de decir «algún día», porque «algún día» es hoy y no mañana. Porque, quién sabe, mañana una ya no se despierta. O se resbala en la bañera. O de pronto va al médico para un simple chequeo y él anuncia, como quien lee una noticia del periódico, que tiene cáncer. Y lo peor es que a esta edad los días son cortos. Cuando era niña, entonces sí que duraban. Ahora, en cambio, por más temprano que despierte, de repente ya es mediodía. ¿Cuándo se toma conciencia de la edad? Porque existe y es como un zarpazo, no hay nada que hacer. La primera vez que Jacinta tomó conciencia del paso del tiempo fue a los nueve años. Estaba sentada en la sala de su casa, en El Belén. Por la ventana miraba la iglesia. Escuchaba a Sarita Montiel cantando en la radio. Niña Isabel. Que cante niña Isabel, grita la marinería. Y canta la flor morena. Casi muerta y casi fría. Ay niña Isabel. Que tienes ojos de noche cubana. Ay, niña Isabel. Que tiene los labios con miel de banana. El día anterior había sido su cumpleaños y, de pronto, sintió que era grande. Grande de nueve años. Jacinta percibió algo, no puede explicar qué exactamente, pero sintió que estaba creciendo. Y fue muy agradable. La segunda vez que lo sintió ya no fue agradable. Tenía treinta años y el zarpazo fue una enfermedad habitual que no sanó con la rapidez de antes. De pronto una debilidad, de pronto un miedo, de pronto ya no era la joven fuerte que solía ser. El tiempo había pasado y ella no se había percatado.

Eran las ocho y treinta y uno cuando lo vio entrar al edificio, saludar con el guardia y desaparecer. Su corazón seguía a mil. No podía creer lo que estaba haciendo. Las lágrimas comenzaron a correr. La nostalgia. Salir del carro. Preguntar al guardia por Francisco Enríquez. Que lo llame por el intercomunicador.

—Doctor Enríquez, le busca una señora. Dice que se llama Jacinta Izquierdo. Sí, aquí abajo, no estoy inventando nada. ¿Cómo? Claro, doctor Enríquez. Dice el doctor que suba, señora, es el tercer piso a la derecha.

Y Jacinta, nerviosa, toma el ascensor y sale en el tercer piso. La puerta está abierta. Igual timbra antes de entrar, titubeante. Francisco la mira.

—No lo puedo creer, Jacinta. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos?

—Treinta años. Fue en una boda.

—Estabas muy guapa, Jacinta. Te observé. Ella sonríe.

—Tenía cuarenta y dos. Supongo que todavía era joven.

—¿Quieres un café?

—No tomo café, pero me encantaría un té.

—Siéntate, Jacinta. Estoy maravillado con tu visita.

—Pero sorprendido. ¿Me crees loca?

—¡Qué va! Me entusiasma tu iniciativa.

Jacinta enciende el auto. Tonta, Jacinta. ¿Qué estás haciendo? Mientras maneja, reflexiona que esta fantasía es una barbaridad. ¡Cómo se le ocurre! Y pensar que llegó hasta el departamento de Francisco. Que siguió sus pasos como una adolescente. Y su corazón late acelerado, como una quinceañera del siglo pasado. De una época en que no se perseguía a los hombres. Ahora es diferente. Ella lo ve en sus nietas. No se hacen problemas. Mandan mensajes por celular a los chicos. Los llaman. Se comunican por Facebook. Les dicen de frente lo que quieren. Las chicas visitan a los chicos y es normal. Pero, ¿hacerlo ella? ¿Tocar a su puerta? A lo mejor hasta tiene novia. Supo que había enviudado algunos años atrás. Lo más probable es que ya tenga pareja. Y, por último, así estuviera solo, ¿qué le diría?

—Francisco, fuimos novios. Éramos muy jóvenes. Ahora me doy cuenta de lo tonta que fui cuando te dejé. Creo que hubiera sido muy feliz contigo. Fíjate que todavía no es demasiado tarde. Muchos de nuestros amigos, conocidos y familiares han muerto, pero nosotros seguimos vivos. Propongo que debemos aprovechar este pequeño regalo.

Y seguro que él contesta: «Faltaba más, Jacinta. Si tú no me lo decías, lo hacía yo».

Por Dios, Jacinta, pero, ¿dónde tienes la cabeza? ¿No te estarás volviendo loca? Recorre la Seis de Diciembre, toma la Naciones Unidas, luego la Brasil, y se encamina hacia el antiguo Tenis Club, rumbo a casa. A prepararse un té. Se seca las lágrimas y se muerde los labios. La rabia, la frustración y el dolor brotan por todos los poros de su piel.

 

 

 

JULIO

 

LO QUE RECUERDA CON TRISTEZA, MIENTRAS PEGA LA FOTO de su matrimonio en la quinta página de su cuaderno espiral de líneas, es que rechazó a Francisco por aburrido y aceptó a Julio por apasionado y divertido. ¡Qué arrepentimiento!

Cuando estaba a punto de casarme me sentía feliz. Fueron momentos hermosos. Lo anotas en tu cuaderno. Estás contenta de haberlo comprado. Escribes con letra pequeña, clara, inclinada hacia la derecha, como te enseñaron de niña en los cuadernos Kapeluz de caligrafía. Cuando me iba a casar estaba entusiasmada. Me convertí en la protagonista de la historia. La ciudad era pequeña en esos tiempos y, de todo lado, llovían las felicitaciones. Entraba a un almacén y yo era «la novia».

Todos los tés, almuerzos y despedidas para ti. Julio era un personaje espléndido, lleno de detalles. Aparecía por la tarde y con su simpatía hacía las delicias en casa. Te acostabas sintiéndote especial y te levantabas de igual forma. Todas las tías se metieron a preparar los bocaditos que servirían en el desayuno. Porque así se estilaba después de la misa que se celebraría a las diez de la mañana. Un desayuno tardío. Las tías de Julio preparaban alfajores, receta de tradición de las Flores.

—Por eso son famosas nuestras voluminosas caderas —decían ellas, todas riendo mientras mecían, amasaban, removían.

Jacinta, mientras, seguía bordando el ajuar. Tu familia ya no tenía dinero, pero, de alguna manera, cuando una boda se aproxima, eso es lo de menos. Viajaste a Buenos Aires a comprar la tela del vestido con tu madre  y tu hermana Josefina. Una modista, amiga de tu madre, te confeccionó un precioso modelo. El velo era de encaje, en forma de mantilla española. El vestido, de satén. Jacinta, alta y espigada como lo es hasta el día de hoy, lucía estupendamente distinguida. Momentos felices.

Momentos tristes: la luna de miel, escribe. Le cuesta. Viajamos  a  la  playa.  Julio  manejaba  el flamante Chrysler negro con guardachoques cromados que nos prestaron para el viaje de bodas. La primera noche, Julio bajó al bar del hotel y no regresó hasta las cuatro de la mañana. Todo amores y zalamerías, pero completamente borracho. Y esa fue la primera de tantas borracheras que tuve que soportar. Comprendí que todo es hermoso hasta el día del matrimonio. Los sueños, las expectativas, la ilusión de la noche de bodas que no fue consumada en ese momento; todo se fue trizando como se han ido rompiendo las copas que fueron regalo de boda de los primos. Ahora me quedan solo cuatro: dos de agua y dos de vino tinto. Cincuenta años más tarde, eso es lo que resta de mi primer matrimonio.

Marido: amigo, enemigo. Ya estás muerto. Terminaste mal. En un asilo de ancianos. Seguiste bebiendo a escondidas. Ninguno de tus hijos quiso hacerse cargo. Finalmente, te dejaron en ese cuarto oscuro y triste donde viviste tus últimos días. Marisela, Carlos y yo pagamos la mensualidad. Hasta el final, te seguí cuidando. En ese momento, a pesar de lo que había sufrido, sentí ternura.

No se puede discutir con un borracho, anota Jacinta con letra apretada en su cuaderno. Pasada la borrachera, me pedía perdón, llorando. Juraba que nunca más. Por muchos años le creí. Cada vez ansiaba que fuera la última. Años más tarde, leí que locura es repetir lo mismo y esperar un resultado distinto. Un día me contaron que Julio había estado apostando con nuestra plata, así como con la de su madre y hermanas. Que había perdido la  casa de la hacienda.  Esa casa, un antiguo convento de  los jesuitas, se esfumó, de la noche a la mañana. Hasta ahora no entiendes de dónde mismo sacaste los bríos para no claudicar. Para seguir adelante. Un dolor tan agudo recorría todo tu cuerpo en esos días. Tenías miedo de que ese dolor te cortara la leche o la volviera amarga. Tus cuñadas llegaban, llorando sin consuelo. Habían logrado remover, a escondidas, todas las reliquias y obras de arte a fin de evitar que un señor equis de Esmeraldas se apropiase de ellas junto con la casa. Como esta estaba situada en medio de la hacienda, fueron obligadas a vender regalado treinta por ciento del predio. Les quedaron las tierras restantes. Esas también las perdería Julio. Cuando recuerdas esos momentos, regresa un dolor en tu pecho. Perdonaste a Julio. Pero ese dolor siempre estará latente.

Le cuesta imaginar una vida más  decepcionante que la de aquellos años. Recuerda una recepción a la que asistieron, al poco tiempo de casados. Todos bailaban. Ella se sintió cansada y se sentó. Julio se acercó a una de sus primas, Angelita, y la sacó a bailar. Jacinta, al verlos, se sintió incómoda. Siempre ha podido percibir cosas. You were always on my mind. Una melodía lenta que se bailaba cheek to cheek. Julio cada vez más pegado a Angelita. Jacinta notó cómo acariciaba su espalda y besaba su pelo. Sintió algo parecido a un puñetazo en el bajo vientre. Luego, Angelita se fue al baño. Julio la siguió. A su regreso, se sentó junto a Jacinta, fresco, como si nada. Ella, seca, le dijo en tono cortante: «Me quiero ir a casa». Él se portó duro e indiferente. Y tan pronto llegaron a casa… Ella: «Me alteró lo que vi». A los gritos, respondió que él no estaba para escuchar tonterías y que entonces dormiría en la sala. Ella se desveló, repitiéndose ansiosa que seguramente se había equivocado. Le pidió perdón la mañana siguiente. Porque debía ser ella quien estaba mal; quien tenía que cambiar; quien no debía ser tan celosa. Cuarenta años más tarde, antes de fallecer, Angelita pidió verte para confesar que no podía morirse en paz sin tu perdón. Que se arrepentía con toda su alma, que había sido un arranque de pasión, un error de juventud… Es que el Julio era irresistible, tan guapo. Y que sí, que tuvo un desliz, recién al mes de lo que ellos se habían casado.

* * *

En el funeral de Julio, Jacinta fue increpada. El cura decidió nombrar a la viuda, es decir a ella. Viuda... A pesar de que se habían divorciado y de que ella se había vuelto a casar. Jacinta percibió las miradas de todos. Se ruborizó y sintió vergüenza. El cura, lejos de alabarla como la mujer sola que sacó adelante a sus hijos, la criticó veladamente por no haber sido tolerante ante la vida que le correspondía vivir junto a su marido. Jacinta captó que el cura la recriminaba por su divorcio, aduciendo que ella optó por el camino más fácil. Insinuaciones sutiles, pero cristalinas.

—Si Dios nos pone una prueba, debemos sobrellevarla con entereza. Nos corresponde aceptar lo que el Señor nos impone y no escapar por la primera puerta que encontramos —sermoneó.

Dio a entender que Julio había sido abandonado en un asilo, lo cual era falso. Fue debido a su alcoholismo. Ella, aún divorciada, siguió cuidándolo. Jacinta fue educada dentro de la iglesia católica como toda su generación. Pero hay cosas que no tolera. Tiene su propia manera de ver la vida. Cree en los espíritus que la acompañan. Cree en los ángeles, a quienes pide ayuda. Cree en las energías del universo. Cree en lo que muchos hombres llaman con burla «supersticiones femeninas». Cree en los astros. Un par de veces ordenó su carta astral. En ambas lecturas le mostraron que Marte y Venus estaban juntos y que, por esa razón, no podía ser feliz en el amor.

¿Por qué el cura se atrevió a predicar sin ningún asomo de misericordia? ¿Acaso no se enteró de todo lo que sufrí por culpa de Julio? Me siento orgullosa de haberme divorciado. Es una de las mejores decisiones que he tomado. ¿Por qué vivir con un hombre que te hace infeliz? ¿Por los hijos? Claro que, por ellos, una se sacrifica muchos años, pero un día caes en cuenta de que los niños también sufren con el conflicto y el rencor que transmiten sus padres. También sus vidas se convierten en un infierno. A la larga, preferible una existencia estable y tranquila. ¿No divorciarse por el qué dirán? Eso es una tontería. Al final, a nadie le importa. Quizás la gente murmure un rato, pero, en el fondo, todos cargan sus propias cruces, algunas más pesadas que otras, pero todos las cargan. Hace algún tiempo, Jacinta se encontró con una pareja de conocidos. Caminaban sonriendo. Ella suspiró: qué suerte tienen de ser tan felices. A los dos años, él se fugó con su secretaria y la esposa quedó destrozada.

 

* * *

 

Julio murió hace cinco años. Ya no existía rabia, se había desvanecido. Sentí pena. No por mí. Ni porque lo amaba. Eso terminó hace tiempo. Sino porque constaté que él fue un hombre infeliz que hizo sufrir a muchas personas, incluyendo a sus hijos. La gente es tonta.

Recuerda cuando doña Gertrudis, su suegra, entregó a Julio su abrigo de piel y sus joyas para que viajara a los Estados Unidos a hacer grandes negocios. Es que doña Gertrudis amaba con locura a su Julio. Al cabo de unos meses, terminó limpiando inodoros, tras haberse bebido hasta la última joya. Su familia lo trajo de vuelta y, cuando Jacinta se negó a recibirlo en su casa, le cortaron el saludo. Todos perdieron con los sueños mercantiles de Julio. Doña Gertrudis tuvo que acoger a su hija y yerno para que ellos, a su vez, le ayudaran a mantener la gran casa familiar. Jacinta ya había vivido la quiebra de su padre. Sabía lo que era perder todo de un día al otro.

Un par de veces fue a visitar a Julio en el asilo. Lo encontró destrozado. Un hombre tan guapo convertido en una piltrafa. Temblaba. Casi no reconocía a nadie. Vivía en su mundo aislado, desesperado por un trago. Ella sabía que le pasaban bebida a escondidas. Total, a su edad no cabía rehabilitación. Mejor que siguiera con lo suyo.

Una mañana, la llamaron para informarle que amaneció muerto. Un paro respiratorio. Jacinta organizó con sus hijos todo lo necesario para el funeral. Sintió tristeza por él; por ella; por sus vidas; por el fracaso de su relación. Porque nunca logré rehabilitarlo..., como si una fuese capaz. Al final del día, es mucha suerte encontrar una persona compatible. Yo no la tuve. Quizás sí estaba a mi alcance, pero escogí mal. Hoy compruebo, una vez más, que toda decisión conlleva sus propias consecuencias.

 

* * *

 

Regreso en el tiempo. Volvemos de la luna de miel. Julio sale por las mañanas a trabajar, bueno... trabajar es un decir porque Julio nunca lo hizo, verdaderamente, pero alardeaba. Caminaba al bufete y allí se acomodaba todo el día, tomando café y otras cosas. Charlando y armando grandes proyectos que jamás funcionarían. Yo me quedo sola, en mi casa hermosa y grande, con muchas habitaciones… Me gusta cocinar. Me gusta mi soledad. Recorro las piezas y no me canso de arreglarlas, limpiarlas y llenarlas de detalles. Si llega una visita, la sorprendo con algún bocadillo especial. Soy feliz como ama de casa. Pero eso se acabó. Jacinta desecha el recuerdo de ese penoso desenlace y se centra de nuevo en sus actividades diurnas durante los primeros meses de casada. No lo malo. Lo bueno. Esos sentimientos de bienestar cuando paseaba de arriba abajo por toda la propiedad. Cuando todavía la casa no se llenaba de niños. Cuando aún no se convertía en La Residencia. No me aburría. Por las tardes invitaba a mis hermanas o a mis amigas también recién casadas a tomar el té. Era dichosa. Me visualizo de veinte. Bordo manteles. Cocino. Arreglo flores en las jarras de cristal. Doy tres pasos de baile. No tengo la menor sospecha de por qué caminos me conducirá la vida.

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